Anuradhapura

Diario de viaje Sri Lanka: Anuradhapura

10 de Marzo – Anuradhapura

Hemos dormido de un tirón. No hemos extrañado la cama, el jet lag ha debido pasar la noche con otros viajeros,… estábamos tan cansados después de la visita a Mihintale que hemos dormido como dos bebés así que no nos ha costado levantarnos temprano, darnos una ducha y bajar a disfrutar de nuestro primer desayuno en Anuradhapura. Y ha sido un buen desayuno: huevos, bacon, tostadas, pero sobre todo, ese té y ese zumo. Ambos deliciosos, y solamente eran el preludio de los muchos buenos momentos que no esperaban durante el viaje antes una humeante taza de té o frente a un sabroso zumo.

Anuradhapura Desayuno en el hotel

A la hora acordada hemos salido en busca de nuestro coche, notando ya como el calor y la humedad comenzaban a aumentar a pesar de ser temprano. Y es que como amanece tan temprano por esos lares, pues a las ocho de la mañana el sol ya está mostrando toda su potencia. Hablamos con el conductor para ver el orden de las visitas, y acordamos que lo primero que haremos será visitar el Sri Maha Bodhi de Anurdhapura (durante el viaje veremos muchos, uno en cada pueblo o ciudad). Llegamos hasta allí y tras abandonar el frescor del coche nos acercamos a comprar unas flores para depositar en el templo. Es nuestra primera visita a un lugar budista en Anuradhapura, y además a uno de los más venerados ya que este árbol ha crecido desde un esquejo del aquel bajo el que Buda alcanzó la iluminación en India, así que pensamos que es un pequeño detalle para pedir suerte en nuestro viaje por la isla.

Un poco más adelante se encuentra el acceso al recinto, y tras descalzarnos y pasar el control de seguridad nos acercamos junto a los fieles al árbol en el que ellos rezarán y todos depositaremos nuestras flores. Podemos subir las escaleras y acercarnos a la base del árbol, rodear por fuera el recinto y ver las ramas del árbol sobre nuestras cabezas. Pero lo que ni nosotros ni nadie (excepto los monjes encargados de su custodia) podemos hacer es entrar en la zona cerrada que rodea el bodhi tree que luce lleno de banderas de oración.AnuradhapuraAl salir del recinto tenemos un momento de duda sobre donde acudir, ya que el conductor insiste en irnos a por las entradas para el recinto arqueológico de la ciudad, pero yo insisto en ver el Palacio de Bronce y una dogaba que veo no muy lejos de donde estamos. Él parece querer quitarnos la idea de la cabeza, nos dice que tenemos que ir hasta allí descalzos y a mi me parece muy raro. Así que nos calzamos y cuando vamos hacia el  coche veo que hay un camino que atraviesa unos jardines ¡¡¡en dirección a esa dagoba!!! Como a Arturo también le motiva ir hasta allí decidimos caminar (con zapatos) y quedamos con el chofer más tarde. Al emprender el camino primero pasamos junto a un recinto cerrado lleno de columnas que resultó ser el Palacio de Bronce de Anuradhapura. Puede que fuera un edificio muy importante en la ciudad, pero a nosotros nos dejó ni fríos ni calientes, de esas cosas que por mucho que leas te da igual haber visto que no, y es que no nos transmitió ninguna emoción, la verdad sea dicha.

El paseo nos llevo cruzando una zona muy cuidada de jardines y llena de monos hasta la dagoba Ruvanvelisaya. De nuevo fuera zapatos, tapar hombros, otro control de seguridad, y estábamos dentro. No se si es por la actividad del lugar, por el cielo de ese azul intenso tras la gran dagoba blanca, por los elefantes de piedra que rodeaban la construcción en toda su perímetro o por poder pasear descalzos primero por el cesped y luego sobre la piedra del lugar, pero este sitio nos gustó muchísimos a Arturo y a mi. El olor a incienso era delicioso, la gente poca y todo el mundo nos ignoraba por lo que podíamos caminar como uno más por todas partes.

Anuradhapura dagoba Ruvanvelisaya
Tras dedicar un buen rato a disfrutar del lugar emprendimos el regreso al parking donde estaba nuestro coche, y en el trayecto un par de monos nos dieron un pequeño susto. Uno intentó agarrar la pierna a Arturo pero yo creo que era para jugar, aunque nunca se sabe, claro está. Y el segundo vino de repente hacia nosotros con cara de pocos amigos; no se porque pero le miré y le gruñí más alto de lo que él lo estaba haciendo. El resultado: el mono se encogió como asustado y salió corriendo. Así que tomad nota por si alguna vez os veis en una situación similar (aunque no garantizo que tengáis la suerte que yo, que seguro hice lo menos indicado en esos casos).

Anuradhapura

Montamos en el coche y nos fuimos a por nuestras entradas. Caras carísimas. Se pueden pagar en dólares o rupias y tienen el detalle de regalarte un dvd de la ciudad, que oye, al final es un recuerdo que te llevas a casa. Desde allí había que recorrer un distancia grande para llegar a la zona donde está el recinto arqueológico que el por lo que se paga entrada, así que de nuevo al coche y a recorrer las preciosas carreteras de Anuradhapura siempre rodeadas de vegetación, cocoteros y lagos o estanques. ¿Y adivináis por donde pasamos en ese trayecto? Por la dagoba…. Nos sentó un poco mal que habiendo una carretera tan cerca el conductor no se hubiera dignado en decir “chicos, pasead hasta la daboga, que yo luego os espero a la salida”. Ese fue el momento en el que empezamos a darnos cuenta que algo fallaba con ese hombre.

Pero bueno, nosotros a lo nuestro que era disfrutar, ver lugares únicos y aprender de la historia de esta ciudad y sus monumentos. La siguiente parada fue en una dagoba pequeñita, la más antigua de la Anuradhapura cuyo nombre es Thupurama. Lo más peculiar de ella son las columnas de piedra que la rodean, algunas tan torcidas que da la sensación de que se pueden caer en cualquier momento.

En esta pagoda ya empezamos a quemarnos un poco los pies al caminar descalzos sobre la piedra. Y es que no se nos había ocurrido llevar unos calcetines que nos protegieran un poco de ese calor que a lo largo del día llegaría a ser insoportable para las pobres plantas de nuestros pies.

Anuradhapura

De nuevo en el coche ya entramos en la zona de Anuradhapura donde si hay que tener la entrada para poder visitar los lugares de interés. No hay ninguna valla, tan solo un puesto de control donde mostrar los tickets y donde irán cortando cada una de las partes que lo componen. En dicha zona, lo primero que visitamos fue una dagoba TAN grande que parecía imposible que alguien hubiera tenido la paciencia de poner tantos ladrillos y hasta tan alto (casi 75 metros). Aquí no había nadie para recordarnos que debíamos dejar el calzado fuera y que yo tenía que taparme los hombros a pesar del calor que hacía. Pero como somos muy respetuosos (casi siempre) hicimos las cosas como está mandado y entramos al recinto de la daboga Abhayagiri. En su plataforma hay algún árbol, budas y una capilla. Pero realmente todo es similar. Eso si, para nosotros fue una grata sorpresa encontrar el lugar libre de andamios, pues había leído que la estaban restaurando, pero ya está perfecta.

Anuradhapura
No muy lejos de este lugar se encuentran las ruinas de un palacio de Anuradhapura entre las que destaca la piedra de luna más finamente tallada de Sri Lanka. Estas piedras se ven en todo el país al entrar a los templos y dagobas, y su apariencia es de una media luna tallada con figuras de los animales que marcan según alguna teoría de los arqueólogos los cuatro puntos cardinales: elefante, caballo, león y toro.

Anuradhapura piedra de Luna
Continuamos siempre en coche por la ruinas de Anuradhapura, pasando por muchos lugares casi siempre alejados unos de otros. El entorno es realmente bello, pero nosotros agradecemos no haber caído en la tentación de alquilar unas bicicletas con ese calor y ese solazo sobre nosotros.
Visitamos los restos de un monasterio, algunas esculturas de Buda y Kuttam Pokuna, una especie de piscinas gemelas que seguramente utilizaron los monjes para sus baños. Yo pregunté a “Chami”, nuestro chofer por Lankarama, una capilla circular, y mientras no dejaba de hablar por el móvil me indicó un lugar entre la vegetación, así que nosotros fuimos hacia allí. Después de caminar bastante rato tuvimos la sensación de que no había nada más allá, no pasaba nadie y no veíamos nada entre los árboles, así que nos dimos la vuelta y al volver al preguntar nos señaló que era un lugar allí mismo. Error mío por no volver a leer la descripción del lugar pues me hubiera dado cuenta que no era lo que él decía, y en cualquier caso desde aquí agradecerle su ayuda pues gracias a él conseguimos quedarnos sin ver el Lankarama.
Ya no quedaba nada más que visitar con la entrada que habíamos comprado, el último lugar al que íbamos a ir con nuestro conductor era la dagoba Jetavanarama, y ya estaba fuera de esa zona. Así que tuvimos claro que en este caso el precio de la entrada no estaba justificado por los lugares que habíamos visto.

Llegamos a la última dagoba de la mañana, y si la Abhayagiri era grande… pues esta lo era más. Para que os hagáis una idea en el momento de su construcción fue el tercer edificio más grande del mundo tras las dos pirámides de Egipto (Keops y Kefren). Tocaba descalzarse de nuevo, pero cuando intentamos empezar a subir las escaleras no fuimos capaces. El suelo abrasaba y nosotros no podíamos soportarlo. Paseamos alrededor de la dagoba por la parte inferior que la rodea aprovechando que está cubierta de vegetación mientras observábamos como los cingaleses pasaban por arriba caminando descalzos como si tal cosa…. Arturo dice que tienen los pies abrasados desde pequeños y que han creado costra, pues es la única forma de que sean capaces de caminar por allí. En serio.

Anuradhapura

Una vez fuera vimos a un grupo de monos jugando bajo un árbol y aprovechamos para hacer algunas fotos (a cierta distancia) a los animalitos antes de regresar al hotel para descansar y así evitar las horas más calurosas del día.

Anuradhapura
El hotel en ese momento era un oasis. Ventiladores, espacio, sillones, cerveza fresca, algo para picar… por no hablar del aire acondicionado en la habitación. Una ducha se nos hacía indispensable antes de las horas de relax.

A las cuatro volvimos a salir del hotel para dar un corto paseo primero hasta una blanca dagoba Mirisavatiya muy cercana al hotel. Durante los pocos metros que tuvimos que caminar me convertí en el blanco de miradas masculinas, daba igual que llevaran un tuk tuk o estuvieran en un bus. Ellos me miraban y todo porque llevaba una camiseta de tirantes, estoy segura. Pero hacía tanto calor que me apetecía muy poco taparte constantemente los hombros a no se que entrara en un templo. Así que nada, que miraran lo que quisieran.

La dagoba era sencilla, sin turistas pero si con un señor al entrar metido en una caseta y contando por megafonía no sabemos el que, pero era sonido feria total. Dimos un paseo sin nuestros zapatos y con mis hombros cubiertos agradeciendo que el suelo ya tenía una temperatura que nos permitía caminar sin tener que salir corriendo en busca de una sombra.

Anuradhapura
Lo último que queríamos conocer en Anuradhapura era la Isurumuniya vihara, un lugar que había leído era distinto a todos los demás lugares de la ciudad. Así que comenzamos a caminar en esa dirección, no era incómodo hacerlo porque el sol ya había bajado bastante y la distancia no parecía muy larga. Durante el trayecto de nuevo miradas constantes sobre mis torso y un tuk tuk tras otro parando para preguntar si queríamos subir. Arturo estaba empeñado en caminar, así que dijimos siempre que no, hasta un momento que con tal de no tener que seguir uno tras otro diciendo que no a todos, decidimos subir a uno de ellos. Acordamos un precio (muy bajo) por llegar a la vihara y llevarnos luego al hotel, así que subimos al tuk tuk y en dos minutos estábamos en nuestro destino.

Bajamos y el conductor se vino detrás de nosotros, a pesar de que insistimos en no querer guía ni explicaciones. Compramos nuestras entradas, nos quitamos los zapatos, me tapé los hombros y entramos en un precioso recinto con unas rocas sobre las que están construidos templos y pagodas. A un lado un estanque y en la parte trasera unos cocoteros y la subida a la roca. Justo cuando empezamos a subir, el conductor del tuk tuk se dio por cansado y dejó de insistir en acompañarnos.
A esa hora se empezaba a poner el sol, y todo lucía de un precioso color dorado. Las vistas desde lo alto de la roca eran muy bonitas, pudiendo ver a los lejos incluso la colina de Mihintale. Al bajar visitamos un pequeño museo con unas preciosas esculturas entre las que destaca Los amantes que aparece en muchos carteles del país. Entramos también en otra construcción al lado de la cual, en una oscura hendidura de la piedra vimos y escuchamos a multitud de pequeños murciélagos. En ese nuevo edificio nos encontramos con una sala llena de colores en paredes, techos y esculturas. Buda era el rey de ese espacio y su imagen estaba por todas partes. También había un cartel que decía claramente “prohibido fotografiar”, cosa que yo respeté… hasta que entraron un grupo de personas filmando, fotografiando y haciendo saltar el flash por todas partes. Así que me dije que yo no iba a ser la tonta y que también quería alguna foto.Anuradhapura Isurumuniya viharaEn la parte exterior nos fuimos a buscar dos tallas en la piedra que son las que dan especial fama a este lugar. Una es un elefante esparciendo agua con la trompa, y la otra un hombre con un caballo, imagen que casualmente identificaba también a nuestro hotel.
Cuando salimos del recinto lo hicimos a la vez que un gran grupo de franceses, y Arturo se acercó a por nuestros zapatos con ellos. Total, que no le pidieron nada por haberlos dejado en una especie de estantería metálica donde se supone están vigilados. Me calcé y justo en ese momento el señor del “negocio cuido sus zapatos” me mira y se acerca a preguntarme si vamos con el grupo…. yo le dije que si, y eso que nos ahorramos.

Que no fue lo único, porque cuando llegamos al parking ¡¡¡el tuk tuk había desaparecido!!! Supusimos que lo que le íbamos a pagar se le hizo poco para tener que estar esperando cuando vio que no iba a sacar nada más de nosotros. Así que en vista de que allí no había otro modo de moverse que uno pie tras otro, nos fuimos hacia el hotel andando. Fue un paseo agradable, hacia calor pero bastante soportable y no nos importaba caminar un rato. Pero lo mejor de todo fue que llegando al hotel…. tachán… aparece el conductor con una sonrisa y nos dice que venga, que montemos. Como supondréis, llegamos al hotel a pie y sin pagar nada por el primer transporte.

Yo estaba ya hambrienta, a nosotros el calor nos quita bastante el apetito, y al desayunar mucho más fuerte de lo que es habitual raramente tenemos hambre a mediodía. Por eso cuando llegan las seis nos comemos un elefante si nos lo ponen delante. Así que nos aseamos rápidamente y bajamos a cenar y disfrutar de la última noche en el hotel y en Anuradhapura. Al día siguiente Sigiriya nos esperaba.

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