Nuwara Eliya

Diario de viaje Sri Lanka: descubriendo Nuwara Eliya

17 de marzo – Nuwara Eliya

Nos hemos despertado bajo ese agradable y cómodo edredón y tras una ducha bien caliente para entonar el cuerpo hemos salido al comedor de la casa. Allí estaban las mesas listas, y de verdad que si alguien nos dice en ese momento que estamos en la campiña inglesa nos los habríamos creído, pues hasta la suave música clásica que sonaba de fondo parecía querer decir que estábamos lejos de Asia. Y el desayuno, bueno, que os voy a decir. Huevos, salchichas, bacon, zumo, té, pan, bollos…. Sin duda todo lo necesario para enfrentarnos a un día que empezó luminoso y fresco en Nuwara Eliya.

Nuwara Eliya
A la hora acordada el taxi con el que habíamos quedado para hacer un recorrido por las plantaciones estaba en la puerta del hotel y juntos nos fuimos en busca de unas mujeres que eran una de esas imágenes que no quería perderme en Sri Lanka: las tea pluckers. Ellas son las encargadas cada día de recorrer los campos para ir cortando con sus hábiles manos las mejores hojas de cada matorral para ir poniéndolas en esas bolsas que cuelgan de sus cabezas. Y la verdad es que no tardamos mucho en empezar a distinguir sus figuras. El taxista paró para que yo hiciera algunas fotos, y poco a poco me fui metiendo por los caminos que ladera arriba me llevaban hasta ellas, para charlar y hacerlas algunas fotos más.

Nuwara Eliya
Todas fueron encantadoras, me explicaron en que consistía su trabajo y como recolectar las mejores hojas. Eran madres trabajadoras que por pocos euros pasaban varias horas cada día en las plantaciones de alguna gran factoría que más tarde nos venderá ese delicioso té a altos precios. Pero como esto es un diario de viaje, no vamos a entrar en esas cosas… qué ya llegarán en otro momento. Así que sigamos con ellas, una de esas imágenes típicas de la pequeña isla de Indico. Después de un buen rato subiendo y bajando para acercarme a todas estas mujeres y no hacer el feo a ninguna de no retratarla, regresé al coche donde me esperaba Arturo desde hacía rato, pues aunque él subió para hacerme alguna foto a mi, aguantó menos caminando por los complicados caminos entre las plantas del té.

Nuwara Eliya
Continuamos camino hacia una de las factorías más conocidas de Nuwara Eliya: Mackwoods. En el camino la carretera nos llevaba a través de colinas teñidas de ese verde intenso del té, paramos en algunos puntos para hacer fotos y también en el lugar donde las tea pluckers acuden a pesar su carga. Todo muy rudimentario. No tardamos mucho en llegar a la fábrica del té, donde nos dijeron que la visita era guiada y gratuita, que la haríamos con un grupo alemán y que podían hablarnos en italiano pues la persona que hablaba español estaba ocupada. Así que nada, entramos al lugar donde “se cuece” todo para descubrir como se seleccionan las hojas, se tuestan y se envasan para ser exportadas a todo el mundo. Aunque todo estaba parado había algo que seguro permanece siempre allí: el intenso olor a té. La última sala de la visita nos ayudó a entender como diferenciar las diferentes calidades de esta deliciosa bebida. Nos indicaron que a continuación podíamos acudir a la cafetería donde se nos iba a invitar a una taza del mejor té cingalés, así que tras dar una propina a la guía dirigimos nuestros pasos hacía la terraza con fantásticas vistas donde no tardaron en traernos un servicio de té al más puro estilo británico, tetera de porcelana incluida.

Nuwara Eliya
Cuando nos bebimos el té tocaba regresar al coche para volver hacia Nuwara Eliya atravesando de nuevo los campos de té. La verdad es que tampoco había mucho más que ver en ese aspecto: vista una factoría, a las tea pluckers y los campos parecía que el lugar había dado de si todo lo que podía. Aún así le pedí al conductor que nos parase en un par de lugares más y de nuevo me metí por los caminos para acercarme a otro grupo de trabajadoras, aunque esta vez una arroyo más grande de lo esperado me impidió llegar hasta donde estaban ellas.

Nuwara Eliya
Poco más de tres horas después de nuestra salida del hotel, estábamos de nuevo en él. Pagamos al conductor y fuimos a la habitación a por la Lonely Planet para salir a dar una vuelta por la ciudad. Éramos conscientes de que el mayor atractivo de Nuwara Eliya son sus alrededores, pero aún así nos apetecía conocer un poco lo que la pequeña ciudad ofrecía. Le preguntamos a Mikel, el “mayordomo” del hotel el camino más corto para llegar a la iglesia pues yo estaba un poco despistada y no terminaba de ubicarme correctamente en el mapa. Con las indicaciones de Mikel, salimos del hotel notando un intenso calor en un camino en el que no había una sola sombra. Tardamos apenas diez minutos en estar frente a la iglesia a la que rodea un cementerio de buenas dimensiones. No tuvimos problema en acceder al recinto donde nos recibieron un montón de sepulturas de los antiguos colonos que residieron y murieron en la ciudad. Al igual que en el cementerio de Kandy nos llamó de nuevo la atención lo jóvenes que morían en aquella época.

Nuwara Eliya
Lo que no pudimos ver fue el interior de la iglesia, pues tiene unos horarios de apertura muy concretos y quedaban horas para que fuera posible entrar. Así que con bastante calor nos fuimos hacia el centro de Nuwara Eliya, a la zona del mercado, donde encontramos una ciudad que poco tenía que ver con la bonita zona de las casas coloniales que habíamos conocido el día anterior. Aquí encontramos el mercado, paseamos entre bancos y tiendas y aprovechamos para tomarnos una cerveza que mitigara un poco el calor. Lo hicimos en un lugar llamado de Lion Pub en cuyo interior había un montón de hombres comiendo, bebiendo y viendo en la televisión uno de los partidos del mundial de críquet que estaba teniendo lugar en esas fechas. Nos sentamos en una de las mesas libres y pedimos la que fue la cerveza más barata que tomamos en un bar durante todo el viaje: 225 rupias la botella, casi el precio de la tiendas.
Al salir de allí decidimos regresar un rato al hotel para leer y descansar en el jardín, y para hacerlo intentamos cruzar el Victoria Park, lo cual nos ahorraba un buen paseo. Como el día anterior no nos cortaron la entrada, yo intenté volver a entrar con esas entradas, pero no hubo modo. Parece ser que cada día cambian el diseño de la entrada y el mio era distinto al que correspondía a ese día. Y como no parecían muy dispuestos a dejarnos pasar decidimos evitar el rato de explicaciones al respecto, así que nos fuimos rodeando el parque de Nuwara Eliya hasta nuestro coqueto alojamiento pasando por algunos puestos de venta de lotería, un juego al que son muy aficionados los cingaleses , y junto a un templo budista con una blanca dagoda.

A media tarde el sol fue desapareciendo tras las nubes y nosotros emprendimos camino para subir a Single Tree, un solitario árbol en lo alto de una colina rodeada de campos de té en la zona de las casas coloniales. Así que salimos paseando hacia el camino que habíamos hecho el día anterior y vimos de nuevo las bonitas casas coloniales antes de desviarnos en una de las calles que según indicaba el mapa de nuestra guía sería la que nos llevaría hasta el árbol que buscábamos. Hubo un momento en el que nos despistamos y no teníamos nada claro por donde seguir ya que la carretera terminaba en una casa y no parecía que hubiera salida. Gracias a una señora descubrimos que había un pequeño camino junto a la valla de una casa y que siguiendo por allí podríamos llegar a lo alto de la colina. La señora era amable, pero enseguida empezó a contar a Arturo sus penas consiguiendo que él la diera unas rupias. Visto está que el que no corre, vuela, pero la verdad es que gracias a ella pudimos subir hasta el árbol. Según íbamos subiendo colina arriba cada vez teníamos más calor. A pesar de que la temperatura era suave, el esfuerzo sumado a la ligera humedad del ambiente nos estaba haciendo sudar, y yo, inconsciente de mi, lo sé, me subí las mangas de la camisa y me la anudé para que me diera el aire fresco. Error y muy grave. Cuando llegamos junto al árbol corría una brisa que fue suficiente para conseguir en pocos segundos que cogiera frío y terminara con un resfriado que ya no conseguí quitarme de encima en todo el viaje. Aún así reconozco que el paseo fue chulo y las vistas desde arriba eran buenas, con el lago Gregory al fondo.

Nuwara Eliya

Era pronto para cenar y como yo me empecé a encontrar mal enseguida, decidimos volver a hotel para tomar un té calentito que me entonara el cuerpo y mientras decidir donde cenar esa noche. De modo que así lo hicimos pudiendo disfrutar de los últimos momentos de luz el día en el precioso y cuidado jardín del hotel.

Nuwera Eliya
Finalmente y con un paracetamol en el cuerpo salimos hacia el Grand Indian, el restaurante del Grand Hotel de Nuwara Eliya donde degustar comida india. Estaba tan lleno que durante un momento dudamos si quedarnos o no, pero yo estaba tan cansada que lo que menos me apetecía era ponerme otra vez a andar en busca de algún lugar para cenar que podríamos encontrar o no, así que aguantamos el tirón y finalmente cenamos allí bastante pero de lo que habíamos imaginado en vista de lo frecuentado del local. Entre sus clientes había muchas parejas de musulmanes, las mujeres cubiertas totalmente de negro, rostro incluido. Y claro, yo no podía dejar de mirar para intentar descubrir como harían ellas para poder comer y beber. Descubrí que era tan sencillo como levantar el velo de la cara un poco con una mano y con la otra llevar el cubierto a la boca. Todo sin que nadie las viera. Sin embargo en la mesa al lado de la nuestra había una pareja y ella se había descubierto el rostro aunque con el pañuelo de la cabeza se cubría todo lo que podía. Al ser yo la que estaba frente a ella se mostró tranquila, pero de repente vi como se volvía a cubrir y todo fue porque en la calle, delante de la ventana, se había parado un grupo de hombres… Yo pensaba todo el tiempo que para estar con esa movida del velo para arriba o para abajo o pendiente de quien me puede ver mejor me quedaba a cenar en mi casa, aunque sea pidiendo la comida para llevar en mi restaurante favorito.
Esta noche al volver al hotel teníamos claro que no queríamos regresar por ese camino oscuro como la noche anterior, así que con mucho gusto pagamos las 100 rupias que nos pidió el conductor del tuk tuk por dejarnos en la puerta del hotel donde dormimos como benditos nuestra última noche en Nuwara Eliya.

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