Palacio de los vientos Jaipur

El palacio de los vientos

Jaipur, la ciudad de India cuyos edificios y murallas lucen pintados de rosa desde el año 1876, fecha en la que el príncipe Alberto visitó esta ciudad de Rajastán y el entonces maharajá Sawai Ram Singh ll decidió teñir todas las construcciones con el color que tradicionalmente representa la hospitalidad. Puertas, palacios y torres pasaron a tener sus fachadas teñidas del tono rosado que hoy sigue caracterizando a la ciudad, pero si de entre todos los edificios de Jaipur hay que destacar uno, este es el Hawa Mahal o Palacio de los vientos.
Realmente este lugar es solamente una fachada que forma parte del complejo del Palacio de la ciudad y que antiguamente se encontraba ligado a los aposentos de la zenana o harén. A él acudían las mujeres de palacio para tras sus celosías y pequeñas ventanas observar la vida pasar ante ellas sin ser vistas por nadie.

El mejor momento para visitarlo y disfrutar de la belleza de esa fachada que se alza junto a las polvorientas calles de la ciudad es a primera hora de la mañana. En ese momento el sol está saliendo frente a ella y ninguna sombra empaña la multitud de miradores con celosías que cubren todo el palacio.

Palacio de los vientos Jaipur

Lo habitual es verlo siempre desde el nivel de la calle, pero justo en la acera de enfrente, entre varias tiendas, hay una estrecha escalera que sube a una terraza. La vista desde ese punto mejora y se pueden conseguir preciosas fotos a cambio algunas veces de tener que dedicar unos minutos al dueño de la tienda sobre la que se encuentra esa azotea.

Generalmente los viajeros no acceden al interior de este palacio, pero es posible visitarlo y contemplar la ciudad como lo hacían las mujeres de la zenana. El acceso está justamente tras la fachada, por lo que hay que rodear la manzana hasta la primera calle y allí buscar la taquilla y la puerta que permite la entrada y subida por rampas a cada uno de los niveles del palacio.

Cuando se va subiendo por el Palacio de los vientos, piso tras piso es fácil imaginar allí a mujeres vestidas con vaporosas faldas y cubiertas con velos, riendo y disfrutando de la brisa en el único lugar de palacio al que se las permitía acceder para contemplar como era la vida de la ciudad, el único lugar donde curiosear y comentar los colores de la ropa de otras mujeres libres para caminar por la calles; un espacio donde observar a los vendedores ofrecer sus frutas, telas o baratijas. Un lugar donde sentir que formaban parte de aquello que tenían a sus piés pero que las estaba prohibido ver más cerca que la distancia desde esas ventanas.

Hay que tener precaución al caminar por los pasillos que llevan a cada mirador pues la barandilla que protege es demasiado baja y un tropiezo puede provocar un accidente. También hay que esquivar a los monos que han hecho del Palacio de los vientos su casa siendo ellos los que ahora aprovechan las celosías para contemplar lo que ocurre en las calles de la ciudad, justo bajo su pies.

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