Puno

Diario de viaje: Puno y el Lago Titicaca

14 de junio – Conociendo el Lago Titicaca

Nos levantamos relativamente temprano para aprovechar el día, pero como en Perú amanece tan pronto siempre nos daba la sensación de haber remoloneado más de la cuenta. Bajamos a desayunar y para nuestro asombro en el comedor hacia un frío increíble, no había calefacción y no habían encendido las estufas. A pesar de que el desayuno era variado y rico solamente teníamos ganas de regresar a la habitación para entrar en calor.
Salimos a la ciudad con destino al lago navegable más alto del mundo, el lago Titicaca, pero primero hicimos parada en la Plaza de Armas donde se alza imponente la catedral barroca de la ciudad. Entramos a dar una vuelta por el interior y de nuevo nos encontramos con las típicas imágenes de santos con trajes recargados y pelo con tirabuzones. A mi personalmente, la parte que más me gustó de esta iglesia es la fachada.

Lago Titicaca, Puno

Para llegar hasta el muelle del lago Titicaca donde teníamos que coger el barco a los Uros podíamos hacerlo en taxi o andando, y aunque nos dijeron que estaba lejos teníamos ganas de caminar y descubrir la ciudad, de modo que emprendimos paseo por la calle que nos llevaría hasta el borde del lago.
De camino tuvimos la suerte de cruzarnos con el mercado semanal de la ciudad. En mitad de la calle cantidad de puestos de frutas, verduras y otros productos se situaban unos al lado del otro. Incluso había grupos de mujeres sentadas unas juntos a otras con su mercancía delante. Nos llamó la atención que todas estas mujeres vendían lo mismo: patatas. Eso si, no solamente la que podemos conocer en España, si no diferentes variedades de este tubérculo. Nos dijeron los nombres de varias de ellas e incluso nos explicaron como se procede al secado y salado de algunas, pero palabra que ahora no sería capaz de repetir nada de todo eso.

Lago Titicaca

Entre puestos de comida situados junto a unas inutilizadas vías del tren, continuamos nuestro camino. Nos llamaron la atención unos carteles colocados en diferentes fachadas en las que se denunciaba la inseguridad y los robos. No se si fue solamente sensación mía, pero yo creo que inconscientemente aceleramos un poco el paso, pero poco, porque en Puno no se puede hacer nada deprisa, te agotas sin darte ni cuenta.
Un poco más adelante llegamos al lago Titicaca y nos dirigimos al muelle para comprar nuestros tickets, pero antes paramos para observar la ciudad, y aunque en la foto que pongo aquí parece bonita, de verdad que a nosotros no nos lo pareció en absoluto. La vista la formaba una montaña por la que descendían casas que parecían sin acabar en la mayoría de los casos, de un color tierra que contrastaba con el increíble color azul del cielo. Eso unido a lo poco agradable que nos pareció la ciudad durante el paseo previo hizo que cambiase nuestra opinión formada la noche anterior a la luz de la luna. Y es que como decimos en España, de noche, todos los gatos son pardos.

Lago Titicaca

Al organizar el tiempo en Puno decidí que el primer día visitaríamos las más famosas de las islas del lago Titicaca: los Uros y por la tarde iríamos a otros lugares cercanos a la ciudad, para el segundo día llegar a la Península de Capachica desde donde había leído que las vistas del lago eran tan bonitas como desde Taquile con la ventaja de que no había turistas. Después de haber hecho esto puedo recomendar que si alguien tiene dos días en Puno, que el primero lo dedique a Uros-Taquile y el segundo, si no pernocta en una isla, a Capachica y Sillustani. El resto de sitios que visitamos creo que son totalmente prescindibles.
Al llegar al embarcadero directamente fuimos a comprar el ticket exclusivamente para los Uros (el barco sale con mucha frecuencia, basta que tenga a bordo un mínimo número de pasajeros), y además tuvimos que pagar un ticket para poder entrar a las islas, algo que nos contaron era para ayuda de la población de esas islas uno de cuyos medios de vida era el turismo. Nos dijeron que se visitaban dos islas de forma aleatoria pues de ese modo los turistas llegaban a todas ellas y todos los habitantes se podían beneficiar de nuestra visita. Algo más tarde nos enteramos en el barco que aproximadamente la mitad de las islas no permiten el acceso a turistas, mantienen su modo de vida ajenos a los curiosos que pasamos por allí cada día.
Subimos al barco y empezamos alejarnos de la ciudad aunque nunca llegamos a salir realmente a “lago abierto” por llamarlo de algún modo. Fuimos cruzando por zonas abiertas entre la totora hasta que llegamos a la entrada a las islas donde hubo que entregar los tickets que mostraban que habíamos pagado los 5 soles de rigor.

Lago Titicaca

Un poco más adelante se abría ante nosotros un gran espacio del lago Titicaca en torno al cual flotaban todas las islas de los Uros. Seguimos navegando hasta que llegamos a la que nos había tocado, y empezamos a bajar y pisar ese suelo lleno de largas cañas con las que los habitantes de las islas mantienen sus islas flotantes, hacen sus casa e incluso sus barcas.
Nos invitaron a todos a sentarnos en el suelo y uno de los habitantes comenzó a explicar su modo de vida, como las islas se mantienen ancladas e incluso demostrar lo que iba contando con una especie de teatrito que representaba una isla en miniatura. Y luego nos invitó a ver la artesanía que vendían en la isla.
Tengo que decir que todo lo que nos contaron me pareció curioso e interesante y que no dudo que en su momento todas esas islas estuviesen realmente habitadas. Pero la sensación que tuve en la islita que nosotros visitamos era de que allí no vivía nadie, que sencillamente llegaban cada día para contar su historia y ya está. No había comida, ni ropa tendida, ni sensación de que aquello fuese más que una representación para los turistas. Vi otras islas que justamente son las que no se pueden visitar donde las mujeres lavaban la ropa, la tendían, cocinaban… Igual me equivoco, y desde luego con mis palabras no quiero quitar mérito al trabajo, pero no puedo terminar de creer lo que me dijeron.
Aparte de esta apreciación personal, hubo una cosa que me sentó terriblemente mal. Nos contaron que tenían una barca de totora y que a quien quisiera nos llevaban a otra isla mucho más grande, con restaurantes y un mirador desde donde ver las islas desde arriba. Claro que eso era previo pago de otros 10 soles, pero bueno, pues ya que estábamos allí, pues venga, a la barca. Para empezar vimos otras a remo, pero esta iba con motor (realmente para que esforzarse si nosotros íbamos a pagar de todos modos), y segundo, la isla a la que nos llevaron me pareció una tomadura de pelo: pequeña, fea y si, con un mirador, pero desde le cual solamente se veía la propia isla. Nos tocó pasar allí además casi una hora porque unas personas del grupo que iba en nuestra barca decidieron comer y hubo que esperarlas.
Al montar de nuevo en nuestro barco le dije al capitán (no se si ese nombre es correcto para quien maneja un barco pequeño, pero no conozco otro…) que al comprar el ticket nos dijeron que nos llevarían a dos islas y solamente nos había llevado uno. Por supuesto hubo una pequeña discusión porque él decía que ya habíamos estado en dos islas, cosa que era cierto, pero no nos había llevado él. Así que como todos empezaron a unirse a lo que yo reclamaba, se desplazó unos metros y nos dejó bajar en otra isla donde solamente había ya dos mujeres y no nos hicieron ni caso.
Así que bueno, es algo que hay que conocer, pero sinceramente entre unas cosas y otras para mi fue un poco decepcionante todo el tema de las islas de los Uros.

Lago Titicaca

De nuevo en tierra firme paseamos hacia la carretera pasando por los puestos de artesanía atendidos siempre por mujeres de hablar pausado y difícil sonrisa. Compramos unos imanes para la nevera y nos fuimos en busca de Freddy, el taxista con el que habíamos contratado la visita de la tarde a Ichu y Chucuito. Y la verdad es que lo parecía interesante no lo fue tanto, fue un final decepcionante para un día que habíamos empezado con ilusión.
En primer lugar fuimos a Ichu para subir a unas pocas visitadas ruinas. Ahora sabemos que la razón de que vaya poca gente es que está muy mal señalizado todo y que no merece la pena. O al menos la increíble vista que esperábamos ver no llegó, pues se había nublado y el lago se veía de un tono oscuro y opaco.

lago Titicaca

La siguiente parada fue Chucuito, un pequeño pueblo con un templo inca a la fertilidad lleno de falos de piedra de diferentes tamaños y un par de iglesias coloniales, una de ellas con un cementerio alrededor, el cual entramos a curiosear y recibimos como regalo toparnos con un perro muerto sobre una losa… bastante desagradable, no voy a dar detalles. Grrrrrrrrrr…… Lo mejor que vimos en este pueblo fue la celebración de una boda, donde las mujeres llevaban sus mejores polleras (faldas con mucho vuelo y enaguas) y no paraban de bailar y beber cerveza. Y como cosa curiosa dos grandes cabezas de incas a las afueras del pueblo talladas en la roca.
En definitiva, que nadie cambie visitar las islas del lago por conocer estos lugares.

Lago Titicaca

Volvimos a Puno e hicimos lo mejor para intentar acabar el día mejor de lo que había sido hasta ese momento. Lo primero que hicimos fue acercarnos a La casa del corregidor, sin duda el edificio con más encanto de la ciudad. Actualmente en su interior hay tiendas y un café/restaurante con una terraza en el patio de la casa. Fue ahí donde nos sentamos a tomar nuestro primer pisco sour del viaje a Perú. Todo un descubrimiento, algo que no habíamos tomado nunca y que a partir de esa tarde bebimos cada día que podíamos como aperitivo.

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Antes de que anocheciera regresamos al hotel a terminar de abrigarnos y salir a dar una vuelta. Esa noche hizo tanto frío que me terminé comprado unos guantes en un puesto de la calle y mi única obsesión fue cenar en un sitio donde hiciera calor. Paseamos por la peatonal Jirón Lima arriba y abajo, y al final fuimos a la Plaza de Armas, donde subimos a cenar a Mojsa una de las mejores cenas del viaje. Descubrí el ají de gallina del que solo puedo decir que es un plato delicioso.
Y poco más hicimos, entre el frío y lo poco motivador de la ciudad terminamos pronto el día regresando al hotel donde me pasó algo curioso. Justo antes de dormirme sentí el corazón muy acelerado y al tomarme las pulsaciones estaban nada menos que a 110, pero lejos de quitarme el sueño pensé y razoné que aquello era sencillamente por la altura y la necesidad de mi cuerpo de llevar oxígeno a todos los órganos, así que me quedé dormida como si tal cosa, pensando en el lago Titicaca, en las islas y en el delicioso pisco sour que me había tomado un rato antes.

15 de junio

Nuevo día con un increíble cielo azul en Puno, donde después de un desayuno en el mismo comedor helado del día anterior, salimos del hotel a las 8 a.m. pues hemos quedado de nuevo con Freddy, nuestro taxista del día anterior para recorrerla Península de Capachica y los pueblos que en ella se asoman al lago Titicaca.
Salimos de Puno por calles estrechas donde asoman algunas casas que debieron ser bonitas en su día, pero que hoy están en un lamentable estado de deterioro. El resto, feo. Calles sin encanto que dan a plazas marrones que se abren a otras calles más anchas pero con casa iguales a las de cualquier otro lugar de la ciudad. Avanzamos por una carretera recta en mitad del altiplano, a un lado el lago, al otro alguna montaña. En un punto dado nos desviamos y el lago Titicaca empezó a compensarnos en este día las decepciones del día anterior.
La primera parada no programada es precisamente en la ciudad que da nombre a la Península, Capachica. Resultó que era día de mercado y no me pude resistir a bajar del taxi y pasear con Arturo para ver que se cocía a las afueras del pueblo. Vimos mujeres con trajes tradicionales y sombreros diferentes a los habíamos visto en otros sitios, los puestos estaban en el suelo y todo se coloca por zonas. Carnes, pescado, ropa… hasta hay una zona de trueque. La gente nos miraba con cierta curiosidad pero si hacer demostración de que no es habitual para ellos ver turistas en su mercado dominical. Este fue el primer regalo inesperado del día.

lago Titicaca

Lago Titicaca mercado de Capachica

Avanzamos en nuestro recorrido hacia Llachón por una carreterita en obras al borde del lago. Las vistas eran increíbles, por lo que ir despacio era un verdadero regalo. En no mucho tiempo llegamos al pequeño pueblo que era nuestro destino, el cual está situado al final de la península. Paramos en la plaza donde había apenas un puñado de gente y acordamos con Freddy que nos esperase allí mientras nosotros subíamos por ladera de la montaña para disfrutar de las prometidas vistas del lago, y luego bajábamos hasta la playita al borde del lago.
Hacía sol y una temperatura muy agradable, pero con lo que cuesta moverse a esas alturas parecía a cada paso que se nos saldría el corazón por la boca (bueno, a mi, Arturo iba más fresco que una lechuga). Con más o menos esfuerzo llegamos a la cima…y confirmo que mereció la pena. Las vistas del lago Titicaca y los alrededores eran preciosas. Sin duda era el segundo regalo de este día que se iba perfilando perfecto.

Lago Titicaca

Después de bajar hasta la playa que tiene Llachón al borde del lago Titicaca (y posterior agotadora subida) nos marchamos de este encantador lugar hacia Chifrón, otro pequeño pueblo de la Península. Para ello pasamos de nuevo por Capachica y luego llegamos a otra playa del lago Titicaca en la que al ser domingo vimos a algunas familias pasando el día e incluso algún valiente que se atrevía a meterse al agua. Dimos un pequeño paseo y nos fuimos por esas largas carreteras hacia nuestro siguiente destino: Sillustani.

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En el camino paramos en algunas casa muy curiosas hechas de piedra y con formas de lo más peculiar, todas con las estancias alrededor de un patio. Fuera de la mayoría de ellas había algunas llamas o alpacas. Yo iba buscando una casa en concreto para entregar una foto de otra viajera que estuvo unos años antes por allí, así que nos tocó parar en varias de ellas hasta encontrar la correcta, pero tuve que dejar las fotos a una vecina, porque los dueños estaban de fiesta (o eso nos dijeron)
Llegamos alrededor de las dos de la tarde, buena hora ya que es más tarde cuando empiezan a ocupar el lugar los grupos de turistas. El coche nos dejó en un parking y paseamos hasta la entrada de la ruinas (hay que pagar para acceder a ellas) bajo un precioso cielo azul. Y para variar, tocaba subir por la ladera de una montaña hasta las chullpas, tumbas de la cultura Kolla. En la explanada superior pudimos ver varias de estas enormes sepulturas construidas con enormes rocas. Alguna de ellas mantiene abierto la pequeña apertura que daba acceso al interior donde se encontraban los restos momificados en posición fetal del difunto.
De camino vimos rebaños de alpacas (supongo que se denominan así, como los de ovejas…) y disfrutamos de la vista desde lo alto. Al fondo hay un lago con una curiosa isla, donde una vez más los colores de tierra, cielo y agua forman una estampa increíble.

Lago Titicaca, Puno y Sillustani

Lago Titicaca

Una vez visto todo regresamos al coche, donde pude entregar otra de las fotos de “Tengo una foto para ti“, esta vez al amigo del chico de la foto. Y luego otra vez carretera hasta Puno, que de nuevo me pareció una ciudad fea, desde que entramos de nuevo en ella intenté encontrar algo bonito en sus calles, pero de verdad que me resulto imposible. La salva sin duda el lago Titicaca y azul intenso de sus aguas.
Volvimos al hotel porque ya tocaba abrigarse bien, descansamos un rato y salimos a tomar un pisco sour, esta vez en un local de Jirón Lima que se llama Colors. Cuando el hambre empezó a dar señales de vida, nos fuimos a buscar restaurante y entramos en uno de menú que estaba bastante animado, y nos pedimos unas pizzas que no eran nada del otro mundo. De las cenas de Puno, esta sin duda fue la peor.
Poco más dio de si el día, como anochece tan pronto y hace tanto frío, no apetece mucho andar buscando algún local donde tomar algo más, así que nos fuimos a preparar equipaje para nuestra salida temprano la mañana siguiente hacia Cusco.

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