Vilnius

Vilnius. Día 1: la ciudad desde las Tres Cruces

Domingo 6 de Diciembre – Vilnius

Cuatro horas duró nuestro vuelo entre Madrid y Vilnius. Volamos con Ryanair y no hubo ni retrasos ni ningún problema durante el vuelo, de modo que aterrizamos a la hora esperada (12:15 del mediodía) en la capital lituana.

Abandonamos el avión y cruzamos caminando un pequeño tramo de pista para entrar en el aeropuerto, pequeño pero sin duda uno de los más bonitos que he visto, pues su zona de llegadas parece un verdadero palacio con columnas, paredes de color pastel y bonitas lámparas. Incluso su puerta luce como un verdadero templo griego con su fachada decorada con esculturas. En fin, que parece que no pueda haber mejor modo de entrar en un país desconocido.

Vilnius AeropuertoHabíamos acordado con el hotel que nos mandaba un taxi que nos llevaría de “puerta a puerta” por diez euros, algo que nos pareció barato y cómodo, aunque más tarde nos dimos cuenta de que era algo caro… pero eso forma parte de otro capítulo.
Nuestro hotel estaba muy ubicado, a escasos metros de la Puerta del Alba, principal entrada al casco antiguo de la ciudad. El Moon Garden es un hotel boutique con un puñado de habitaciones de diferentes tamaños, pero todas amplias, con baño privado y alguna incluso con una pequeña cocina. La recepción del hotel ya estaba decorada para la inminente Navidad, y todo resultaba acogedor… excepto el recepcionista que creo que era el hombre más serio y frío con el que me he cruzado. Nos entregó la llave de la habitación, nos indicó los horarios y el lugar del desayuno y nos comentó que había que pagar por adelantado. A mi me daba igual, total, de un modo u otro tengo que pagar, pero sigo sin entender que algunos alojamientos procedan de este modo… parece que creen que te vas a marchar sin pagar.
Una vez acomodados en la que sería nuestra habitación durante las siguientes tres noches nos abrigamos bien (muy bien) y salimos a descubrir la ciudad que puede presumir de tener el mayor casco histórico barroco de Europa del Este. Ahí es nada…
Accedimos a la ciudad por la Puerta del Alba sobre la que se encuentra la Capilla de María Bendecida, uno de los lugares de peregrinación más importantes del Este de Europa y en la cual se venera por ortodoxos y católicos una pintura a la que se atribuyen milagros.

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Sabíamos que no teníamos muchas horas de sol por delante, que la luz duraría hasta poco más de las cuatro de la tarde, de modo que al abandonar la capilla sobre la Puerta del Alba dirigimos nuestro pasos hacia la Plaza de la Catedral, pues nuestra intención era llegar a la Colina de las Tres Cruces para ver el atardecer. Enseguida nos encontramos ante la entrada a la Iglesia ortodoxa del Espíritu Santo, y nos pillaba tan a mano que hicimos un nuevo alto en el camino. Sus cúpulas rosas la identifican sin problema y una vez en el interior los iconos, las lámparas de las velas o los trajes de los sacerdotes nos recordaron a esas iglesias que habíamos visitado en Rusia. Lo más llamativo de este templo para nosotros fue la urna dentro de la cual reposan los restos de tres santos (Antonio, Iván y Eustaquio), lo cuales están cubiertos desde la cabeza a los tobillos, de modo que sus pequeños pies se ven enfundados en unas delicadas zapatillas. No dejan hacer fotos, y si alguien toca el cristal que les cubre enseguida aparece alguien para quitar cualquier huella que haya podido quedar marcada.

Vilnius, Iglesia ortodoxa del Espíritu Santo Avanzamos por Ausros Vartu, Didzioji y PIlies gatve, las tres calles que cruzan el casco histórico de Vilnius y unen la Puerta del Alba con la Plaza de la Catedral. Por el camino dejamos atrás sin apenas prestarles atención a las Puertas Basilianas, la Iglesia de San Casimiro o la Plaza de la Catedral. Y es que aunque yo quería pararme en cada lugar sabíamos que había que entretenerse lo menos posible si no queríamos que se hiciera de noche antes de llegar a la colina.

Alcanzamos la inmensa plaza de la Catedral de Vilnius, un espacio inmenso en los que se encuentran el Palacio Real, la colina Gediminas y por supuesto, la iglesia que la nombre. Aunque había leído mucho sobre las calles de la ciudad y los lugares que iba a encontrar, tengo que decir que a cada paso Vilnius me sorprendía una y otra vez, todo era más hermoso y armónico de lo que esperaba, quizás la luz dorada del atardecer me estaba ofreciendo una imagen demasiado perfecta de la ciudad… pero mira, esa suerte que tuvimos la capital lituana y yo, porque creo que para mi fue un flechazo a primera vista.
Cómo el tiempo apremiaba y sabíamos que teníamos días por delante para volver a la imponte plaza, continuamos nuestro camino pasando por delante del árbol de Navidad de la plaza, del Museo Nacional de Lituania y de la estatua de Mindaugas, el primer y único rey que ha conocido el país.

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Cuando llegamos junto al río Neris giramos a la derecha y continuamos avanzando por Arsenalo gatve mientras sentíamos el débil sol a nuestra espalda. Pasamos junto a la entrada al funicular que sube a la Colina Gediminas y también junto a uno de los caminos que el plano que llevábamos parecía indicar que nos llevaría a las Tres Cruces, pero por la hora calculamos que aún nos daba tiempo a visitar un par de lugares que nos iban a pillar lejos el resto de días, de modo que continuamos el paseo hasta el final de la calle, lugar en el que nos encontramos frente a la Iglesia de San Pedro y San Pablo. Se trata de una de las joyas del barroco de Vilnius, y aunque el exterior es sencillo, su interior es un despliegue de esculturas que adornan cada rincón de paredes y techo del templo.

Vilnius, Iglesia de San Pedro y San PabloAl abandonar la iglesia de nuevo comprobamos la hora y calculamos. Sí, nos daba tiempo a buscar el antiguo cementerio judío antes de emprender la subida a la colina que era nuestro destino final en ese paseo. Caminamos unos metros por Olandugatve,  nuestro plano de Vilnius indicaba unos metros más allá el enclave de lo que fue el enclave judío de la Jerusalén del norte. Apenas queda nada que no sean los restos de alguna lápida, y es que los soviéticos destruyeron el lugar en la década de 1950 para construir un estadio, y las lápidas se reutilizaron como peldaños en la escalera que asciende por el monte Tauro hasta el palacio del Sindicato. En 1991, la comunidad judía pudo recuperar algunos de esos símbolos profanados y con ellos construyeron un monumento en el emplazamiento de su antiguo cementerio. Hicimos algunas fotos, curioseamos un poco por la colina y por fin nos fuimos a ver el atardecer a junto a las Tres Cruces.

Vilnius Cementerio judíoEn ese momento la confusión se unió a nosotros. El plano parecía indicar una cosa, pero la realidad no nos hacía creer que fuéramos por el camino correcto. Aún así y para evitar volver sobre nuestros pasos decidimos adentrarnos en Kalnu, parecía que si lo cruzábamos llegaríamos directamente a la colina que era nuestro destino. Pero los parques, ya sabéis, que si un sendero para acá, otro para allá, los árboles que parecen todos iguales, tan pronto estábamos subiendo como bajando… Había muy poca gente por allí, pero creíamos que lo mejor sería preguntar a alguien que al menos nos indicara que íbamos en buena dirección. Y por fortuna así fue, habíamos conseguido no perdernos y en pocos minutos, aún con el cielo de un azul intenso y el sol en el horizonte llegamos junto a las Tres Cruces.

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Lo primero que sentimos al llegar a lo alto fue el viento helado en nuestras caras. Tuvimos que ponernos los gorros y abrochar los abrigos hasta el último botón, estábamos helados, pero había que aguantar unos minutos para ver el atardecer con la ciudad de Vilnius a nuestros pies, así que aprovechamos para hacer algunas fotos, pero hacía tanto viento, la manos las teníamos tan heladas, que fue una tarea complicada conseguir alguna imagen medio en condiciones, y no os cuento ya sacar la guía para leer que estas tres cruces llevan en el mismo lugar desde el s.XVll, en memoria de tres monjes que fueron crucificados en la colina. Así que en vista de lo desapacible del lugar, en cuando el sol dijo adiós comenzamos a descender hacia la ciudad. En pocos minutos estábamos de nuevo en la plaza de la Catedral disfrutando de las luces del mercado de Navidad que cada año se monta allí.
Cierto que hacía mucho frío, pero sin embargo allí no soplaba el viento, lo cual permitía manejarse mejor con cámara de fotos, guía, guantes, gorro, bufanda… Bueno, con todo eso que hay que llevar cuando se viaja en invierno a un destino como Lituania. Dimos un paseo, curioseamos en los puestos de comida y recuerdos, hicimos algunas fotos, tomamos un vino caliente (raro) y una especie de empanadilla (mala) antes de decidir que siendo ya de noche lo mejor era buscar un lugar cálido donde tomar una cerveza y hacer tiempo hasta la hora de cenar.

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Nos adentramos de nuevo el casco antiguo de Vilnius y pasamos por la animada Pilies gatve, una calle por la antes o después todos los turistas pasan, ya sea por la cercanía a muchos de los lugares de interés como por las cafeterías, enotecas, tiendas de recuerdos y restaurantes que hay en ella. Al ir ya sin prisa, nos fuimos fijando en todos esos locales que a esa hora (alrededor de las seis de la tarde) estaban bastante concurridos, y es que en Lituania restaurantes y cafés tienen público todo el día, uno puede comer o cenar prácticamente a cualquier hora hasta las diez/once de la noche que es cuando casi todos echan el cierren.
Nosotros no paramos en esta calle, yo llevaba apuntada la primera cervecería que íbamos a visitar en la ciudad: Büsi Trecias. Estaba a poca distancia, pero yo cada vez estaba más helada, y eso que parecía una cebolla con la cantidad de capas que llevaba puestas. Cuando ya pensaba que me había equivocado de calle o que habían cerrado definitivamente, allí aparecía el lugar que buscábamos. Entramos y encontramos una gran sala de aspecto sencillo y rústico, con un puñado de mesas donde había desde alguna familia (con la madre tejiendo mientras se tomaba su cerveza) a grupos de amigos. Tomamos asiento y miramos la carta de cervezas. Por supuesto, había que elegir una del país ya que Lituania junto a la Rep. Checa pueden presumir de ser los países del mundo donde más cerveza se consume por habitante… Así que mala no puede ser cuando la beben tanto. Ante la amplia oferta nos dejamos aconsejar por la camarera, tan seria como la mayoría de los lituanos, y bebimos la que nos recomendó. Estaba buena, pero yo la verdad es que me hubiera tomado con más ganas un buen caldo caliente.

Se iba haciendo la hora de pensar en la cena, yo iba acusando el madrugón y puesto que poco quedaba por hacer ese día, mejor cenar y retirarnos pronto a descansar. Salimos de la cervecería para dirigirnos a Vokieciu gatve en busca de un par de restaurantes lituanos que yo tenía apuntados como recomendados, pero nuestro gozo en un pozo. Ambos habían desaparecido, así que tocaba buscar otra opción y viendo el plano y mis notas vi que estábamos cerca de Cozy, otro restaurante que hace a la vez de cafetería, bar de copas o restaurante con una cocina de inspiración asiática. Como no estaba lejos nos fuimos a buscarlo con la esperanza de que no hubiera desaparecido también. Tuvimos suerte ya que no solo sigue en su lugar, sino que también había un mesa libre donde pudimos sentarnos a probar algunos de sus deliciosos platos y beber más cerveza lituana.

Terminada la cena aún nos apetecía tomar un té y dar un paseo, el haber llenado la tripa y entrado en calor estaba claro que nos había animado, así que volvimos a Vokieciu gatve donde habíamos visto antes varias cafeterías con buen aspecto y entramos en una de ellas a pasar un ratito de charla comentando lo encantadora que no estaba pareciendo Vilnius.

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Sin duda ya había llegado la hora de retirarse y bien abrigados salimos de nuevo a las frías calles de Vilnius. Nos cruzamos con algún despistado, pero en general podemos decir que las calles estaban desiertas, aunque por las ventanas de cafés y cervecerías veíamos que dentro había ambiente. En pocos minutos llegamos a la arteria central del casco antiguo por la que lo único que se escuchaba eran nuestro pasos avanzando bajo la discreta decoración navideña de las farolas de esa parte de la ciudad (en otras partes no es que la decoración fuera discreta, es que era inexistente).
Pasamos de nuevo junto a las Puertas Basilianas a las que tan poco caso hicimos unas horas antes y pasamos bajo el arco de la Puerta del Alba para llegar a nuestro hotel en el que nos esperaba un cálida y cómoda habitación en la que descansar y coger fuerzas para seguir recorriendo a ciudad al día siguiente.

Vilnius, Navidad

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