
Llano del Jable – Foto de Mauxi Leal
“Érase una vez una isla verde rodeada por el azul intenso del océano. La Palma era tan bella que sus habitantes la llamaban “la Isla Bonita” y amaban con pasión su tierra, esa que les daba la comida más sabrosa y los vinos más dulces. La gente de la isla no añoraba nada, disfrutaba con los paseos por sus bosques, los baños en sus playas, las vistas de sus volcanes y las fiestas que los reunían a todos para celebrar en torno a una mesa acontecimientos de los más variado.
Pero un día, un pequeño grupo de aquellos isleños pensó que ya que su tierra era generosa con ellos dándoles tantos regalos, lo menos que podían hacer era mostrar en otros lugares aquello que ellos poseían y de ese modo descubrir a otras personas las maravillas que se encerraban en su singular y bella isla. De modo que ni cortos ni perezosos comenzaron a enviar misivas invitando a personas curiosas de reinos lejanos a conocer su Isla Bonita a través de los sentidos. Fueron muchos los interesados con aquella singular propuesta y eso satisfizo tanto a aquellos cuatro habitantes de la isla que no dudaron en cruzar mares y tierras cargados con sartenes, cazuelas y todo tipo de viandas que hicieran realidad el sueño de llevar el sabor de su tierra a lugares remotos.
Organizaron cada uno de aquellos eventos con mimo y les pusieron hasta un nombre: Saborea La Palma. Porque ese era el nombre de aquella Isla Bonita de la que tanto querían aprender aquellos extranjeros que habían contestado con ilusión a la que parecía sin duda una sabrosa invitación.Lo que no sabía ninguno de aquellos invitados es que los cuatro palmeros les iban a enseñar que la comida no solamente se saborea. En la Palma la comida se aprecia con los cinco sentidos y allí estaban Lady Mónica, los caballeros Galdón, Tejera y el chef Rodríguez para demostrarlo. Empezaron su periplo por una ciudad llamada Madrid en la que todo eran prisas y carreras, muy lejos de su tranquilo reino. Más ellos supieron encontrar el lugar perfecto para su evento: Cocinea. Se trataba de un gran espacio luminoso y cómodo donde hacer que aquellos desconocidos convertidos en sus invitados se sintieran como en casa para de ese modo poder estar todos relajados y listos para la magia que iban a obrar ante ellos.
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A la hora acordada todos estaban expectantes en el lugar que les habían citado y donde les recibieron con una bebida internacional, pero en este caso fabricada de forma artesanal en La Palma: la cerveza Gara. Así todos se fueron relajando y observando el despliegue de copas, platos, cazos y comida que había a su alrededor. Algunos comentaron que estaban deseando empezar a comer cuando de pronto se empezó a escuchar una dulce voz entonando un canción. No era otra que Lady Mónica cantando una folía, una canción y danza típica de las islas Canarias (por si alguien no lo sabía, la Isla Bonita está en ese archipiélago). Porque no hay mejor modo de cocinar que cantando, animando al oído a despertar y formar parte del festival culinario que a uno le está esperando.
Y con el oído ya activo, ¿qué tal empezar a comer con otros sentidos? Era el turno del gusto. Para ello se sirvieron croquetas de puchero, de esas con sabor a cocina de abuela, pero con un toque creativo a base de falso caviar hecho a partir de uva malvasía, cuyas cepas crecen en La Palma desde hace siglos y de las cuales ya habló Shakespeare en algunas de su obras.
Los convocados al evento ya habían descubierto que comer es oír y es saborear. Ahora había llegado el turno del olfato. Sin duda un sentido que se despertó en todos los presentes al oler el intenso cilantro con el que el chef Rodríguez comenzó a preparar un plato típico de la isla: el mojo. Aceite de girasol, ajo, sal y comino son los otros ingredientes que utilizó el hábil cocinero para crear una aromática salsa perfecta para aderezar una ensalada llena de color: tomate, aguacate, lechuga, plátano, corvina…. Lady Mónica creo una preciosa ensalada con aquellos ingredientes e invitó al resto a hacer la suya para demostrar que muchas veces también se come con los ojos. Ya habían puesto a prueba cuatro de los cinco sentidos implicados en el placer de comer.

Un poco de aromático cilantro

Con el oído, el gusto, el olfato y la vista puestos a prueba llegó el momento de volver a oler y degustar, pero esta vez un vino blanco, fresco, con aroma a frutas como el mango y con un sabor ligeramente dulzón. Sin decir nada, los anfitriones seguían demostrando que el sabor de las cosas no llega solamente por el paladar.
Pero… quedaba un sentido. El tacto. ¿Comer con el tacto? Por supuesto que sí. Y es que la comida hay que tocarla, sentirla entre los dedos, amasar sin temor aquello que más tarde formará parte de nuestro menú. Hay otro plato típico de la Isla Bonita que necesita ser acariciado para llegar a la mesa. Se trata del gofio, una comida elaborada tan solo con harina de trigo, agua y sal. Se mezcla, se amasa y se le da forma siempre con las manos antes de cortar y servir acompañando a platos como el cabrito, todo con una salsa en la que el mojo rojo es una parte importante en el intenso sabor resultante.
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Los anfitriones estaban felices, los invitados estaban disfrutando. La velada estaba siendo un éxito que había que celebrar con un buen tinto de la tierra (Vega Norte de Bodegas Listan Prieto) cuyo sabor a tierra volcánica indicaba sin duda su origen isleño. Y para terminar la cena, una dulce tentación hecha con marquesote (un bizcocho glaseado), sopa de piña (algo falló y la sopa de mango se perdió en el camino….), crema de yogurt de leche de cabra y crumble de almedras. Un fin de fiesta que regaron con ron miel para dejar el mejor sabor de boca a los curiosos invitados que semanas antes mostraron su interés por conocer los secretos mejor guardados de La Palma.

El chef también quiso llevarse una foto de su creación
Tan solo hicieron falta unas cuantas horas para que aquellos cuatro isleños que habían surcado mares y cruzado tierras descubrieran la magia de su isla a aquel puñado de curiosos ansiosos de saber y conocer el prometido Sabor de La Palma.
Escucharon, vieron, olieron, tocaron y saborearon la Isla Bonita a través de su comida. Todos salieron de allí soñando con ese lugar de verdes bosques y altos volcanes, llevando consigo en los cinco sentidos un trocito de La Palma”
Y colorín colorado… este cuento… Nooooooooooooo. Que no he terminado. Aún queda aclarar que en esta historia todo parecido con la realidad… es real. Y los personajes tienen poco de ficticios, aunque si son bastante mágicos.
Agradecer a Blog on Brands la labor de acercar a empresas y bloggers a través de proyectos como este que han permitido a un amplio grupo de estos últimos conocer el proyecto La Palma con Sabor.
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Curioseamos entre los bancos viendo los libros escritos en hebreo que descansaban en cada uno de ellos, los candelabros, los tapices, los textos en las paredes, observando la plataforma que hace de altar en las sinagogas y la Tora que contiene la ley de pueblo judío. Preguntamos por los dos niveles de la sinagoga, que aunque ya imaginábamos que eran las zonas de hombres (abajo) y mujeres (arriba), la respuesta de la mujer que nos había recibido nos confirmó que así era.
Habíamos cumplido el plan de visitas del día así que para aprovechar la poca luz que quedaba ese día pusimos rumbo a la Plaza de la Catedral. Aprovechamos que no estaba cerrada (casi nunca lo está, pero no quisimos dejar pasar la oportunidad de entrar en una iglesia abierta) y accedimos por una de las puertas laterales al inmenso templo que ocupa el mismo emplazamiento que tuvo en su día el lugar donde se rendía culto a Perkünas, el dios del trueno. Habíamos leído que lo más destacado del templo, que es bastante sobrio, era la capilla de San Casimiro. Sin duda ofrece un marcado contraste con el resto de la Catedral, pues en esta capilla todo es mármol y granito de colores, además de esculturas de estuco blanco y una cúpula barroca que se distingue sin problema desde el exterior.
Ya que estábamos en Gedimino decidimos caminar un poco más para curiosear en uno de los centros comerciales más elegantes de la ciudad, Gedimino 9 (se llama así porque está en el número 9 de esa avenida, la verdad es que no se han complicado mucho con el nombre). Lo mejor de este lugar es que está ubicado en un antiguo edificio histórico de Vilnius, el cual ha sido restaurado con esmero, luciendo en el exterior tal y como fue en sus tiempos de gloria pero con un interior moderno donde encontrar tiendas de marcas internacionales y también locales donde comer, tomar un café o comprar chuches (algunas de las que tienen son españolas, como las bolsas de kilo de nubes).
Habíamos acordado con el hotel que nos mandaba un taxi que nos llevaría de “puerta a puerta” por diez euros, algo que nos pareció barato y cómodo, aunque más tarde nos dimos cuenta de que era algo caro… pero eso forma parte de otro capítulo.
Avanzamos por Ausros Vartu, Didzioji y PIlies gatve, las tres calles que cruzan el casco histórico de Vilnius y unen la Puerta del Alba con la Plaza de la Catedral. Por el camino dejamos atrás sin apenas prestarles atención a las Puertas Basilianas, la Iglesia de San Casimiro o la Plaza de la Catedral. Y es que aunque yo quería pararme en cada lugar sabíamos que había que entretenerse lo menos posible si no queríamos que se hiciera de noche antes de llegar a la colina.
Al abandonar la iglesia de nuevo comprobamos la hora y calculamos. Sí, nos daba tiempo a buscar el antiguo cementerio judío antes de emprender la subida a la colina que era nuestro destino final en ese paseo. Caminamos unos metros por Olandugatve, nuestro plano de Vilnius indicaba unos metros más allá el enclave de lo que fue el enclave judío de la Jerusalén del norte. Apenas queda nada que no sean los restos de alguna lápida, y es que los soviéticos destruyeron el lugar en la década de 1950 para construir un estadio, y las lápidas se reutilizaron como peldaños en la escalera que asciende por el monte Tauro hasta el palacio del Sindicato. En 1991, la comunidad judía pudo recuperar algunos de esos símbolos profanados y con ellos construyeron un monumento en el emplazamiento de su antiguo cementerio. Hicimos algunas fotos, curioseamos un poco por la colina y por fin nos fuimos a ver el atardecer a junto a las Tres Cruces.
En ese momento la confusión se unió a nosotros. El plano parecía indicar una cosa, pero la realidad no nos hacía creer que fuéramos por el camino correcto. Aún así y para evitar volver sobre nuestros pasos decidimos adentrarnos en Kalnu, parecía que si lo cruzábamos llegaríamos directamente a la colina que era nuestro destino. Pero los parques, ya sabéis, que si un sendero para acá, otro para allá, los árboles que parecen todos iguales, tan pronto estábamos subiendo como bajando… Había muy poca gente por allí, pero creíamos que lo mejor sería preguntar a alguien que al menos nos indicara que íbamos en buena dirección. Y por fortuna así fue, habíamos conseguido no perdernos y en pocos minutos, aún con el cielo de un azul intenso y el sol en el horizonte llegamos junto a las Tres Cruces.



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Ellas tienen una vida mucho más complicada que la nuestra, desde antes de nacer tienen que luchar para venir a este mundo, esperar que nadie decida que una hija es una lacra y no una alegría. Hay niñas que lo tienen más fácil, pero otras desde pequeñas tendrán que trabajar como lo hacen su madres, tendrán que cargar leña sobre sus cabezas mientras sus hermanos están en la escuela o jugando al cricket, cuidarán de los más pequeños de la casa esperando el día en el que su
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