Sri Lanka es un país que ocupa una isla no muy grande, poco más de 400 kilómetros de norte a sur y casi 250 en su parte más ancha. Viendo esto podría dar la sensación de que en tres semanas se podría recorrer entera, y seguro que es así si uno está dispuesto viajar a Sri Lanka y pasarse el día en unas carreteras que no son buenas donde recorrer 200 kilómetros puede llevar cinco horas. Así que teniendo esto en cuenta nosotros organizamos nuestro viaje con cierta calma, preferimos contar con tiempo para disfrutar de una cerveza, de un baño en la piscina del hotel o de alguna visita con la que no habíamos contado inicialmente.
Hay una pequeña ciudad en la ruta que une Agra con Delhi que se llama Mathura. A partir de datos en textos hindúes antiguos se ha identificado esta población como el donde vino al mundo el dios Krishna y donde pasó sus primeros años. Por sus calles se pueden ver infinidad de peregrinos, muchos de ellos occidentales vestidos de blanco y con la cabeza afeitada. Son seguidores del movimiento religioso Hare Krishna y acuden a la ciudad principalmente durante la celebración del cumpleaños de Krishna, el Janmastami, en agosto o septiembre de cada año.
Hace unos días aprovechamos una mañana de domingo para acercarnos al madrileño Museo del Romanticismo, un lugar que habíamos visitado hacía años pero por el que no habíamos pasado desde que, tras una reforma integral que duró 8 años, volvió a abrir sus puertas al público en el año 2009. La idea de volver al Museo del Romanticismo surgió cuando me enteré de que en sus salas había una exposición dedica a la moda romántica, aquella que hombres y mujeres lucieron en el siglo XIX. Me pareció interesante poder ver esas prendas precisamente en el marco de un edificio construido en 1776, cuyo interior ocupa un museo que acerca a los visitantes las costumbres de la alta burguesía en el siglo XIX. Sin duda me pareció un plan perfecto, descubrir el nuevo aspecto el museo y de paso curiosear como vestían en España hace poco más de un siglo.
El Museo del Romanticismo abrió sus puertas como tal en 1924 ocupando un palacete en el centro de Madrid. En sus salas se pueden ver obras pertenecientes a su fundador, una gran colección que fue creciendo gracias a donaciones y depósitos de personalidades del momento, desde objetos de literatos de la época como José de Larra o Juan Ramón Jiménez a cuadros que fueron propiedad del Marqués de Cerralbo. Esculturas, muebles, fotos o dibujos decoran paredes, suelos y estancias para que el visitante imagine como era vivir en una casa burguesa durante ese periodo denominado Romanticismo que en España se desarrolló entre los años 1833 y 1868.
Nada más entrar en el palacete se pueden ver los primeros objetos de la colección, dos grandes jarrones de porcelana convertidos en lámparas. Es también en ese hall del Museo donde se abre la puerta a una amplia sala que en el momento de nuestra visita estaba ocupada por la introducción a la exposición temporal de “La Moda Romántica”. Dos vestidos presiden el espacio y me hicieron ver que las mujeres burguesas del sigo XIX eran bastante bajitas y que lo debían pasar realmente mal enfundadas en esos corsés que convertían sus cinturas en la mínima expresión.

Tras dejar nuestras pertenencias en las taquillas ubicadas en la planta baja y recoger nuestra entrada (sin pagar, que los domingos el acceso al Museo del Romanticismo es gratuito) subimos la elegante escalera que se abre en el zaguán del palacete y que da acceso a las estancias donde se puede ver la colección permanente. Primero pasamos por estancias públicas como el salón de baile con piano y retratos de la reina Isabel II entre otras obras de arte.
La ruta por el Museo del Romanticismo nos llevó hacia los espacios más privados e íntimos del palacete tales como el comedor familiar, la sala de juegos de los niños, el dormitorio de la señora o el despacho del señor, todos ellos recreados a imagen y semejanza de como debieron ser cuando el edificio que hoy aloja el Museo estaba habitado. Estas salas no son simples muestrarios de obras de arte, todo en ellas esta colocado como si realmente alguien siguiera viviendo allí pues se pueden encontrar objetos tan cotidianos como un peine, un tintero o una bonita vajilla entre los objetos expuestos en cada estancia. Destacar que estas solas ya no abren sus ventanas a la calle sino a los patios y al jardín de la casa.
Es en alguna de estas salas interiores donde se ha aprovechado para mostrar una bonita colección de temática costumbrista con pinturas de las escuelas madrileña y andaluza, aprovechando también para exponer muebles donde la enea en los sillones sustituye a la seda que se puede ver en otros muebles del museo.
Una de las salas más destacadas es el oratorio, no por su tamaño, sino por estar presidido por una pintura obra de Goya, San Gregorio Magno, el cual se puede ver perfectamente nada más entrar en el anteoratorio. También en el oratorio se muestra un bonito reclinatorio de caoba que perteneció a la Reina Isabel II.

La visita también nos llevó a la sala para fumar (una costumbre que empezó a ponerse de moda justamente durante la época de romanticismo), al gabinete o sala de recibir, al dormitorio masculino y otras estancias que actualmente se dedican exclusivamente a mostrar obras de arte.
El recorrido termina en dos salas, una de ellas con cómodos sofás donde poder pasar un rato curioseando entre algunos libros que cuentan detalles del Museo del Romanticismo, ver un buen número de estampas de la época o sentarse ante un ordenador que da la oportunidad al visitante de ampliar información o de acceder a juegos interactivos. Y antes de despedirnos pasamos por la reproducción del edificio del Museo en una gran maqueta, a través de cuyos ventamos pudimos ver cómo
transcurría la vida cotidiana de la época en algunas de sus dependencias, como el zaguán o las habitaciones.
Al terminar la visita al Museo nos dimos cuenta de que no habíamos pasado por algo que hay en todas las casas: la cocina. Al preguntar sobre ello nos dijeron que cuando el palacete se convirtió en museo a nadie se le pasó por la cabeza que décadas más tarde alguien pudiera estar interesado por espacios tan poco elegantes y sin obras de arte como podían ser las cocinas o las habitaciones de los sirvientes, por lo que ambos espacios de destruyeron para convertirlos en almacenes o salas con otros fines. Una parte de la forma de vida de esa época por tanto desapareció para siempre en este edificio y que a mi personalmente me hubiera gustado mucho poder conocer.
INFORMACIÓN PRÁCTICA
Museo del Romanticismo – C/ San Mateo, 13. 28004 – Madrid (Metro Alonso Martínez y Tribunal)
Horario de noviembre a abril:
- De martes a sábado: de 9:30 a 18:30
- Domingos y festivos: de 10:00 a 15:00
Horario de mayo a octubre:
- De martes a sábado: de 9:30 a 20:30
- Domingos y festivos: de 10:00 a 15:00
Entrada de pago:
- Entrada general: 3 €
- Entrada reducida: 1,50 €
- Entrada gratuita sábados a partir de las 14:00 horas, domingos y algunos festivos. Menores de 18 años, mayores de 65 y pensionistas no pagan entrada.
- Abono Cuatro Museos de Madrid: 8 €
- Abono Ocho Museos de Madrid: 16 €
- Tarjeta anual del Museo del Romanticismo: 25
- Tarjeta conjunta de Museos Estatales: 36,06 €
- Audioguías: 2 €
En la planta baja el museo, además de las taquillas y los baños, se puede pasar por la tienda de recuerdos y la coqueta cafetería que abre sus puertas al llamado Jardín del Magnolio, ese al que las estancias privadas de la casa abren sus ventanas.
Hay que tener en cuenta que al Museo del Romanticismo no se permite el acceso con bolsos ni mochilas, por ellos hay unas taquillas juntos a la entrada. Si están todas llenas hay que esperar a que alguna se vacíe, de otro modo no se podrá acceder a las salas.
No se permiten fotografías con flash.
La exposición “La moda romántica” finaliza el 5 de marzo de 2017. En esa fecha los 22 trajes expuestos en el museo volverán al Museo del Traje de Madrid.
Nuestra estancia en Plovdiv fue de dos noches, tuve que buscar mucho antes de dar con un hotel acorde a nuestro presupuesto y que me resultara medianamente atractivo. Al final se cruzó en mi camino el Expo Hotel y creo que acertamos pues fue uno de las mejores elecciones de nuestro viaje a Bulgaria.
No se trata de un hotel enorme, pero tampoco es uno de esos hotelitos pequeños tan habituales en tierras búlgaras. En la planta baja cuenta con una cafetería, un patio (único espacio del hotel en el que se puede fumar), el acceso a la sala de convenciones y la recepción. A partir de la segunda planta están las habitaciones, las cuales son de distintas categorías y precios. Nosotros elegimos una habitación estándar, la cual nos costó 44 euros por noche con desayuno incluido, un precio que teniendo en cuenta la calidad del hotel me parece más que bueno.
La habitación que nos dieron estaba en la última planta (afortunadamente hay ascensor) y daba a la avenida principal. Pensé que eso podría ser molesto y que nos despertaría el ruido de la calle, pero no fue así, el aislamiento era muy bueno. Teníamos televisión y minibar, además de un escritorio y una gran cama que resultó mucho más cómoda de lo que podíamos imaginar. El suelo de la habitación estaba enmoquetado, pero no con esa típica moqueta de hotel que parece estar llena de ácaros, en este caso se trata de una de esas modernas de sisal.

Haciendo una valoración del Expo Hotel esto sería lo que más nos gustó:
- parking gratuito junto al hotel exclusivo para huéspedes, algo que nos vino realmente bien.
- el aislamiento acústico era perfecto.
- hay wifi en todo el hotel, en las habitaciones funciona perfectamente.
- la relación calidad precio creo que es muy buena.
- el baño aunque no muy grande tenía amenities y cortina en la ducha, algo poco habitual en Bulgaria.
- las almohadas nos resultaban duras y en cuanto lo comentamos en recepción nos facilitaron otras de nuestro agrado.
- la ubicación, a diez minutos del centro de la ciudad.
- el personal fue muy amable en todo momento, nos ayudaron con cualquier duda y nos hicieron interesantes sugerencias.
Sin embargo, también hubo alguna cosa que no me gustó:
- no hay persianas ni cortinas oscuras en las ventanas… de modo que en cuanto amanecía ya estaba yo con el ojo abierto.
- el desayuno es bastante escaso.
- teniendo el hotel espacios con ventanas, que el comedor de desayunos esté en el sótano no me resultaba nada agradable. Con buen tiempo sería perfecto servirlo en el patio.
Dicho esto, y a pesar de esos detalles que no fueron de mi agrado, decir que sin lugar a dudas recomiendo el Expo Hotel si tenéis en mente pasar por Plovdiv.
El Sur de India recibe menos turistas que el norte, pero eso no quiere decir que sea menos interesante o bello. Esta parte del país cuenta con mágnificos palacios y templos, increibles paisajes de arrozales y plantaciones de té, paradisiacas playas… Los tres estados del Sur de India son grandes desconocidos para la mayoría de los viajeros.
La oferta de vuelos a la capital británica es enorme, en cualquier buscador que utilicemos encontraremos infinidad de opciones para volar desde cualquier ciudad del mundo a los aeropuertos en Londres. No hay duda de que esta ciudad cuanta con un buen número de atractivos que la hacen perfecta para pasar en ella desde una fin de semana a estancias de más días.
