21 de Junio – Machu Picchu
Después de hora y media en tren desde Ollantaytambo llegamos a la estación de Aguas Calientes, aunque ahora se indica en un gran cartel nada más salir de la estación Machu Picchu pueblo. Es muy temprano, ni tan siquiera las ocho de la mañana y hace frío pues el pueblo está en un valle y seguramente hasta que el sol no suba bastante se mantendrá la sensación de frescor y humedad.
Sabemos que podemos subir andando hasta el recinto arqueológico pero nosotros habíamos pensado llegar arriba en bus y regresar caminando ya que esta mañana aún nos esperaba la subida a Huayna Picchu y queríamos reservar las fuerzas.
Nos dirigimos al puesto donde venden los ticket y compramos el de solo ida por 9 dólares, si se compra ida y vuelta cuesta 17, pero por un solo dolar de diferencia preferimos adquirir el de vuelta sólo si no nos animamos a bajar andando.
El bus sale cuando está completo, pero se llena rápido con la llegada de cada tren, por lo que nosotros tuvimos que dejar pasar solo un bus y pudimos subir en el siguiente. El ascenso se hace por la ladera de la montaña, por una carretera/camino en el que una curva sigue a la anterior. Se sube muy despacio, pero yo iba tan emocionada que no presté demasiada atención al tiempo que tardamos del pueblo a las ruinas.
Al llegar al final del trayecto nos encontramos junto al único hotel que hay cerca de la ruinas y en medio de gente que iba y venía, unos solos, otros en grupos…. Frente a nosotros estaba el acceso a la ciudad inca más famosa del mundo, y hacia ella fuimos con nuestras entradas en la mano. Yo intenté comprarlas a través de la página oficial en internet, pero cuando tras varios intentos no hubo forma de hacerlo, recurrí a una agencia de viajes. Contacte con varias y al final Responsible Travel Perú fue la que me las consiguió con menor comisión y tal y como yo las quería: entrada a Machu Picchu y subida a Huayna Picchu a las 10 de la mañana.
Una vez pasado el control de entradas y pasaportes caminamos los 100 metros de un sendero al borde de la montaña en la que ya daba de lleno el sol y de repente estábamos allí, Machu Picchu estaba ante nosotros. Las montañas, las ruinas, los bancales…. lo que tantas veces habíamos visto en foto estaba allí con la diferencia de que ahora no era solo la vista el sentido que lo percibía: podíamos tocar sus piedras, sentir el viento de las montañas y oler los matorrales. Ahora Machu Picchu tenía vida para nosotros, ahora era tridimensional, ahora era real.

Eran poco más de la ocho y media, teníamos hora y media antes de poder acceder a Huayna Picchu. No teníamos ninguna prisa aparte de esa “cita”, nuestra vuelta a Ollanta era muy tarde y nuestra intención era pasar todo el tiempo posible en Machu Picchu, así que podíamos sentarnos cada vez que nos apeteciera y disfrutar del lugar y del sol que iluminaba todo. Aunque todas la flechas indicaban un recorrido hacia la izquierda, nosotros nos fuimos a la derecha, nos parecía el camino más directo para llegar a Huayna Picchu y en el que lo que había que ver nos llevaría menos tiempo que el otro lado, así que empezamos a bajar junto a los bancales para llegar al Templo de Condor, a la zona de la prisión y a los sectores industrial y residencial.

Pasados unos minutos de las diez de la mañana ya estábamos listos para el ascenso a Huayna Picchu. La entrada es un poco lenta, pues cada persona que entra tiene que registrarse en un libro en el cual controlan que regresas. Con nuestra mochila cargada de agua entramos felices y contentos deseando llegar a lo alto de aquella montaña. Y os puedo decir que la alegría duro poco. A esa hora hacia calor, además no había nubes y durante algunos tramos nada nos protegía del sol. Y si en algún trecho se desciende…. sólo es para luego seguir subiendo. Estábamos a más de 3000 metros y el cuerpo eso lo acusa con cada paso, el organismo necesita el mismo oxígeno que a nivel del mar pero nuestro cuerpo no está preparado para hacer que llegue correctamente a cada órgano, puedes no acusar el mal de altura pero sí agotarte con cada paso que das. Yo al principio iba pensando que no sería para tanto, veía a la gente delante de mi subir con mayor o menor esfuerzo, pero sí me daba cuenta que cuanto más alto estábamos más despacio íbamos todos. Había gente que se paraba, otros incluso se sentaban. Perdí a Arturo de vista, y yo solamente me decia “Cris, tú puedes, es una montaña de nada, no mires arriba y sigue subiendo una pierna tras otra”. Pero llegado un punto me sentía realmente agotada y sudorosa. No tuve más remedio que pararme unos minutos, mirar al horizonte y relajarme disfrutando de lo que tenía delante. Cuando mi corazón volvió a su ritmo normal empecé de nuevo a subir por aquellas escaleras que en algunos tramos estaban en tan mal estado que pensé que un traspies… y bueno, que mejor sigo subiendo sin pensar.
Bastante más arriba me encontré de nuevo con Arturo y le comenté lo cansada que estaba. Él me dijo que mirara arriba que ya no me quedaba nada, pero yo prefería no hacerlo, las apariencias engañan y a lo mejor me parecía mucho aunque él dijera lo contrario. Seguimos subiendo juntos…. y antes de lo que pensaba estábamos arriba los dos. Increíble sentir el aire fresco y ver todo lo que nos rodeaba.
Aunque me sentí feliz de estar arriba y lo volvería hacer, tengo que reconocer que la vista de Machu Picchu desde lo alto está a años luz de la que se tiene desde abajo, es algo completamente distinto pero no se aproxima ni de lejos a la belleza de la imagen más conocida de la ciudad inca.
Tras recobrar fuerzas y disfrutar del lugar, empezamos el descenso. Y si subir me parecía peligroso, la bajada en ciertos puntos lo es mucho más. Escalones incas junto a las construcciones tan pequeños que apenas cabe un pie y además al borde de un precipicio. Vamos, que el que tenga vértigo lo mejor que puede hacer es contentarse con lo que pueda ver desde abajo o como mucho desde lo alto de los bancales.

Después de dos horas entre subida y bajada volvimos a estar en la puerta de acceso a Huayna Picchu, donde escribimos nuestra hora de salida junto a nuestro nombre escrito a la entrada.
Estaba totalmente agotada, nos sentamos un rato en una sombra para beber agua y comer algo antes de seguir recorriendo las ruinas. Pero ya no hubo nada que consiguiera devolverme la energía. Mi ritmo quedó ralentizado y me costó moverme el resto del día. Subí, bajé, caminé…. pero yo notaba que me costaba. Jamás en mi vida me había sentido cansada hasta ese nivel. No iba a perderme nada por cansancio, eso lo tenía claro, pero tuve que descansar con mucha frecuencia a partir de ese momento.
Paseamos junto a la plaza central para llegar a los baños ceremoniales y desde allí subir a la zona religiosa del recinto, donde vimos los templos del Sol, el de la Tres Ventanas y el templo Principal. Nos llamó la atención la diferencia en la piedra utilizada en esta zona y en la residencial e industrial. En la zona de los templos las piedras están mucho mejor trabajadas y colocadas creando esa sensación que me dan la construcciones de ser un rompecabezas donde cada piedra se busca para encaje perfectamente con las que la rodean. En la parte más alta de esta zona está el Intihuatana (amarradero del sol), un pilar de roca tallado que al parecer los astrónomos incas usaban para predecir los solsticios.

Una vez visitada esa zona tocaba seguir subiendo (yo cada vez me tenía que tomar con más calma los ascensos, y ya no por la altura, solamente porque no podía con las piernas) hasta la Cabaña del guardián de la Roca funeraria, desde donde veríamos la mejor de la vistas de la ciudad inca. Menos mal que llevaba a Arturo que a pesar de que yo no decía ni mu sobre lo cansada que estaba notaba que algo me pasaba, y todo el tiempo estaba pendiente de mi, de que bebiera agua o de si necesitaba ayuda para continuar subiendo. A pesar del agotamiento yo pensaba que no tenía prisa y eso al menos me hacia sentir mejor. Al igual que me hizo sentir genial conseguir llegar a lo alto de los bancales y contemplar de nuevo la vista de Machu Picchu rodeada del paisaje que la convierte en el lugar tan especial que es.

Aún nos quedaba llegar al puente inca, para lo cual, como no, tocaba subir un poco más. Afortunadamente daba la sombra en casi todo el sendero y eso al menos facilitaba el caminar. Tuvimos que escribir de nuevo nuestro nombre en un libro en el control de entrada y continuar al borde de la montaña hasta pasar un recodo tras el cual pudimos ver de lejos el puente, que no es otra cosa que unas maderas junto a la pared de piedra uniendo dos caminos en la montaña. Yo me conformé con aquello y con sentarme disimuladamente a mirar, pero es que sentía que las fuerzas me iban abandonando por minutos Pero yo hacía de tripas corazón y me repetía que estaba en uno lugar increíble y que tenía que disfrutarlo. Eso me daba ánimo para seguir pero a las piernas cada vez las costaba un poquito más contagiarse de ese espíritu positivo.
De regreso a lo alto de los bancales nos encontramos con una española sentada que entablo conversación con nosotros y que no tardó en sacar unos plátanos de su mochila y compartirlos con nosotros. Creo que eso me dio algo de energía, pues el tiempo que aún permanecimos en Machu Picchu estuve más animosa, aunque tengo que confesar que ya no tuve que volver a subir a ningún sitio, y que bajar siempre es más sencillo que subir.

Según pasaban las horas cada vez había menos gente en Machu Picchu y esta iba cambiando de color con el movimiento del sol. Se había levantado un poco de aire y nos sentamos por última vez a contemplar la famosa imagen de postal junto a otro puñado de viajeros rezagados antes de bajar definitivamente a la salida. En los últimos bancales nos cruzamos con unas llamas que ya habíamos visto allí por la mañana, un par de ellas adultas y otra muy pequeña. Nos dijo uno de los vigilantes que tenía solamente tres días y a mi se me pasaron de golpe todos los males y me puse como una niña a perseguirla para conseguir una foto. Seguro que no es la mejor que hice ese día, pero si la más simpática.

Eran más de las cuatro cuando abandonamos el recinto de Machu Picchu rumbo al bus que nos llevaría a Aguas Calientes, porque ya le había dicho a Arturo que no tenía fuerzas para bajar andando, que realmente me hubiera gustado pero no me sentía con ánimo para hacerlo, así que hicimos lo más sensato que era comprar el billete y regresar del mismo modo que por la mañana: en el bus de 9 dólares el viaje.
Ya en Aguas Calientes dimos una mini vuelta y como aún quedaba hora y media para que saliera el tren buscamos un lugar donde tomar una cerveza. El pueblo está llenos de hoteles, restaurantes y tiendas, no hay otra cosa. En la plaza encontramos un local con terraza abierta y subimos (más escalones) a tomar algo. Fue la cerveza más cara del viaje, lo mismo que la limonada, que igualmente fue la peor. Además en este local fue el único de todo Perú en el que nos cobraron además del precio un 10% de tasas de servicio.
A las seis de la tarde yo ya estaba cansada de todo: de cerveza, de limonada, de Aguas Calientes y solamente quería volver a Ollanta. Pero el tren no salía hasta las 18:35. Esa media hora se me hizo eterna. Cuando finalmente me vi sentada lista para el viaje pensé que me dormiría de tan cansada como estaba, pero nada de eso. Pasé la hora y media de viaje con los ojos como platos, y como fuera era completamente de noche, no había nada que ver.
Pasadas las ocho llegábamos a Ollanta, y en ese momento me sentí afortunada por no tener que dar un pasa más para llegar al hotel. Subimos a la habitación, nos aseamos y esa noche cenamos en el coqueto e íntimo restaurante del Albergue. Era el plan inicial, pero si no lo hubiera sido creo que lo hubiéramos cambiado con tal de no tener que caminar hasta el centro del pueblo. El comedor era muy romántico, iluminado con velas, y la carta aunque un poco escasa tenía para todos los gustos. Recuerdo unas riquísimas causitas… y poco más. Excepto que el camarero era bastante antipático y parecía que nos estaba haciendo un favor cada vez que nos traía un nuevo plato a la mesa. Me molestó bastante su actitud, y en otras circunstancias es probable que se lo hubiera hecho saber, pero había sido un buen día aunque agotador y prefería irme a la cama con el buen sabor de boca de la rica cena que estábamos degustando.
Pocas veces he agradecido tanto una buena ducha y una cama cómoda y calentita. Me dispuse a dormir, y esta vez tardé cero coma. Lo siguiente que recuerdo es el sonido de un tren y un poco de luz que se filtraba por la ventana…. Había llegado un nuevo día y nos marchábamos a seguir descubriendo el Valle Sagrado de los Incas.

Un poco más adelante se pasa junto a unos baños litúrgicos, y desde allí se pueden distinguir en la roca huecos que fueron tumbas incas y que forman un auténtico panal en el muro de acantilado. Lo siguiente es la zona militar, la construcción más alta de toda la fortaleza desde la que hay magníficas vistas, pero a la que cuesta bastante acceder ya que hay muchas escaleras y una vez más había que añadir el tema de la altura y que hacía bastante calor. Pero llegamos a lo más alto como unos campeones con el buen sabor de boca de pensar que a partir de allí todo sería bajada.
A partir de aquí la mayoría de la gente regresaba al punto de partida sin llegar a uno de los lugares más interesantes y llamativos de la ruinas, el centro ceremoníal. Su ubicación al borde de varios bancales, y en sus construcciones se puede observar el increíble trabajo de los incas en la piedra y ver un intihuatana (que quiere decir amarradero del sol y es un artefacto astronómico) y varios canales.
Recordé haber leído que había por la ciudad varios y llamativos hornos comunitarios. Uno de ellos estaba en un rincón de la plaza, así que fuimos a buscar a Hugo para decirle que ya estábamos casi listos para salir, y nos dijo que estaba un poco preocupado, que habíamos tardado mucho y la verdad es que tenemos que reconocer haber tomado el paseo con calma para poder disfrutar, y no como una carrera contra reloj.




Descendimos de nuevo al pueblo pues ya íbamos justo de tiempo y Hugo venía a buscarnos a las once. Pasamos por algunas tiendas en cuya fachada colgaban coloridas alfombras y tapices antes de llegar a la calle que bajaba de nuevo al hotel. Llegamos con tiempo para recoger nuestras cosas y salir hacia el parking donde Hugo tendría que coger el coche y desde allí irnos de
En el camino de salida habían colocado algunos puestos de artesanía en los que vendían prendas de lana, y una vendedora se acercó a mi con un chaqueta como tantas que había visto en Cusco y me animó a probármela pero la dije que no, que no quería comprar nada. Pero ante tanta insistencia y Arturo que me animaba me la probé….. y parecía hecha para mi, así que cuando la vendedora me dijo que costaba 60 soles me quedé sorprendida, porque en 

En la parte trasera de esta zona de Sacsayhuamán también hay un mirador sobre Cusco desde el que pudimos distinguir parte de la procesión del Corpus.


Desde el hotel tuvimos que bajar un calle empedrada y estrecha llena de tiendas y restaurantes (imposible ser más turístico a no ser que seas una localidad de la Costa del Sol española en verano). Al acabar la calle nos encontramos en el corazón de la ciudad colonial, la Plaza de Armas. Ya era de noche y a pesar de ello había mucha animación y gente vestida con trajes regionales bailando. Nos explicaron que algunos ensayaban para el Inti Raymi, la gran fiesta de la ciudad que se celebraría el 24 de junio, y otros para las fiestas del Corpus que eran justo durante los días de nuestra estancia en la ciudad.

Dejamos la plaza en dirección a la Iglesia de San Francisco, una gran mole que fue de las pocas que no tuvo que reconstruirse por completo tras el terremoto de 1650. En su interior lo más interesante nos resultó un coro de madera de cedro, pero como en la mayoría de las iglesias peruanas, no se pueden hacer fotos, así que nos queda solo el recuerdo de haberlo visto.


























