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Perú

Diario de viaje: Machu Picchu

por Cristina 14/07/2014
Machu Picchu

21 de Junio – Machu Picchu

Después de hora y media en tren desde Ollantaytambo llegamos a la estación de Aguas Calientes, aunque ahora se indica en un gran cartel nada más salir de la estación Machu Picchu pueblo. Es muy temprano, ni tan siquiera las ocho de la mañana y hace frío pues el pueblo está en un valle y seguramente hasta que el sol no suba bastante se mantendrá la sensación de frescor y humedad.
Sabemos que podemos subir andando hasta el recinto arqueológico pero nosotros habíamos pensado llegar arriba en bus y regresar caminando ya que esta mañana aún nos esperaba la subida a Huayna Picchu y queríamos reservar las fuerzas.
Nos dirigimos al puesto donde venden los ticket y compramos el de solo ida por 9 dólares, si se compra ida y vuelta cuesta 17, pero por un solo dolar de diferencia preferimos adquirir el de vuelta sólo si no nos animamos a bajar andando.
El bus sale cuando está completo, pero se llena rápido con la llegada de cada tren, por lo que nosotros tuvimos que dejar pasar solo un bus y pudimos subir en el siguiente. El ascenso se hace por la ladera de la montaña, por una carretera/camino en el que una curva sigue a la anterior. Se sube muy despacio, pero yo iba tan emocionada que no presté demasiada atención al tiempo que tardamos del pueblo a las ruinas.

Al llegar al final del trayecto nos encontramos junto al único hotel que hay cerca de la ruinas y en medio de gente que iba y venía, unos solos, otros en grupos…. Frente a nosotros estaba el acceso a la ciudad inca más famosa del mundo, y hacia ella fuimos con nuestras entradas en la mano. Yo intenté comprarlas a través de la página oficial en internet, pero cuando tras varios intentos no hubo forma de hacerlo, recurrí a una agencia de viajes. Contacte con varias y al final Responsible Travel Perú fue la que me las consiguió con menor comisión y tal y como yo las quería: entrada a Machu Picchu y subida a Huayna Picchu a las 10 de la mañana.
Una vez pasado el control de entradas y pasaportes caminamos los 100 metros de un sendero al borde de la montaña en la que ya daba de lleno el sol y de repente estábamos allí, Machu Picchu estaba ante nosotros. Las montañas, las ruinas, los bancales…. lo que tantas veces habíamos visto en foto estaba allí con la diferencia de que ahora no era solo la vista el sentido que lo percibía: podíamos tocar sus piedras, sentir el viento de las montañas y oler los matorrales. Ahora Machu Picchu tenía vida para nosotros, ahora era tridimensional, ahora era real.

Machu Picchu

Eran poco más de la ocho y media, teníamos hora y media antes de poder acceder a Huayna Picchu. No teníamos ninguna prisa aparte de esa “cita”, nuestra vuelta a Ollanta era muy tarde y nuestra intención era pasar todo el tiempo posible en Machu Picchu, así que podíamos sentarnos cada vez que nos apeteciera y disfrutar del lugar y del sol que iluminaba todo. Aunque todas la flechas indicaban un recorrido hacia la izquierda, nosotros nos fuimos a la derecha, nos parecía el camino más directo para llegar a Huayna Picchu y en el que lo que había que ver nos llevaría menos tiempo que el otro lado, así que empezamos a bajar junto a los bancales para llegar al Templo de Condor, a la zona de la prisión y a los sectores industrial y residencial.

Machu Picchu

Pasados unos minutos de las diez de la mañana ya estábamos listos para el ascenso a Huayna Picchu. La entrada es un poco lenta, pues cada persona que entra tiene que registrarse en un libro en el cual controlan que regresas. Con nuestra mochila cargada de agua entramos felices y contentos deseando llegar a lo alto de aquella montaña. Y os puedo decir que la alegría duro poco. A esa hora hacia calor, además no había nubes y durante algunos tramos nada nos protegía del sol. Y si en algún trecho se desciende…. sólo es para luego seguir subiendo. Estábamos a más de 3000 metros y el cuerpo eso lo acusa con cada paso, el organismo necesita el mismo oxígeno que a nivel del mar pero nuestro cuerpo no está preparado para hacer que llegue correctamente a cada órgano, puedes no acusar el mal de altura pero sí agotarte con cada paso que das. Yo al principio iba pensando que no sería para tanto, veía a la gente delante de mi subir con mayor o menor esfuerzo, pero sí me daba cuenta que cuanto más alto estábamos más despacio íbamos todos. Había gente que se paraba, otros incluso se sentaban. Perdí a Arturo de vista, y yo solamente me decia “Cris, tú puedes, es una montaña de nada, no mires arriba y sigue subiendo una pierna tras otra”. Pero llegado un punto me sentía realmente agotada y sudorosa. No tuve más remedio que pararme unos minutos, mirar al horizonte y relajarme disfrutando de lo que tenía delante. Cuando mi corazón volvió a su ritmo normal empecé de nuevo a subir por aquellas escaleras que en algunos tramos estaban en tan mal estado que pensé que un traspies… y bueno, que mejor sigo subiendo sin pensar.
Bastante más arriba me encontré de nuevo con Arturo y le comenté lo cansada que estaba. Él me dijo que mirara arriba que ya no me quedaba nada, pero yo prefería no hacerlo, las apariencias engañan y a lo mejor me parecía mucho aunque él dijera lo contrario. Seguimos subiendo juntos…. y antes de lo que pensaba estábamos arriba los dos. Increíble sentir el aire fresco y ver todo lo que nos rodeaba.Machu PicchuAunque me sentí feliz de estar arriba y lo volvería hacer, tengo que reconocer que la vista de Machu Picchu desde lo alto está a años luz de la que se tiene desde abajo, es algo completamente distinto pero no se aproxima ni de lejos a la belleza de la imagen más conocida de la ciudad inca.
Tras recobrar fuerzas y disfrutar del lugar, empezamos el descenso. Y si subir me parecía peligroso, la bajada en ciertos puntos lo es mucho más. Escalones incas junto a las construcciones tan pequeños que apenas cabe un pie y además al borde de un precipicio. Vamos, que el que tenga vértigo lo mejor que puede hacer es contentarse con lo que pueda ver desde abajo o como mucho desde lo alto de los bancales.

Machu Picchu

Después de dos horas entre subida y bajada volvimos a estar en la puerta de acceso a Huayna Picchu, donde escribimos nuestra hora de salida junto a nuestro nombre escrito a la entrada.
Estaba totalmente agotada, nos sentamos un rato en una sombra para beber agua y comer algo antes de seguir recorriendo las ruinas. Pero ya no hubo nada que consiguiera devolverme la energía. Mi ritmo quedó ralentizado y me costó moverme el resto del día. Subí, bajé, caminé…. pero yo notaba que me costaba. Jamás en mi vida me había sentido cansada hasta ese nivel. No iba a perderme nada por cansancio, eso lo tenía claro, pero tuve que descansar con mucha frecuencia a partir de ese momento.
Paseamos junto a la plaza central para llegar a los baños ceremoniales y desde allí subir a la zona religiosa del recinto, donde vimos los templos del Sol, el de la Tres Ventanas y el templo Principal. Nos llamó la atención la diferencia en la piedra utilizada en esta zona y en la residencial e industrial. En la zona de los templos las piedras están mucho mejor trabajadas y colocadas creando esa sensación que me dan la construcciones de ser un rompecabezas donde cada piedra se busca para encaje perfectamente con las que la rodean. En la parte más alta de esta zona está el Intihuatana (amarradero del sol), un pilar de roca tallado que al parecer los astrónomos incas usaban para predecir los solsticios.

Machu Picchu

Una vez visitada esa zona tocaba seguir subiendo (yo cada vez me tenía que tomar con más calma los ascensos, y ya no por la altura, solamente porque no podía con las piernas) hasta la Cabaña del guardián de la Roca funeraria, desde donde veríamos la mejor de la vistas de la ciudad inca. Menos mal que llevaba a Arturo que a pesar de que yo no decía ni mu sobre lo cansada que estaba notaba que algo me pasaba, y todo el tiempo estaba pendiente de mi, de que bebiera agua o de si necesitaba ayuda para continuar subiendo. A pesar del agotamiento yo pensaba que no tenía prisa y eso al menos me hacia sentir mejor. Al igual que me hizo sentir genial conseguir llegar a lo alto de los bancales y contemplar de nuevo la vista de Machu Picchu rodeada del paisaje que la convierte en el lugar tan especial que es.

Machu Picchu

Aún nos quedaba llegar al puente inca, para lo cual, como no, tocaba subir un poco más. Afortunadamente daba la sombra en casi todo el sendero y eso al menos facilitaba el caminar. Tuvimos que escribir de nuevo nuestro nombre en un libro en el control de entrada y continuar al borde de la montaña hasta pasar un recodo tras el cual pudimos ver de lejos el puente, que no es otra cosa que unas maderas junto a la pared de piedra uniendo dos caminos en la montaña. Yo me conformé con aquello y con sentarme disimuladamente a mirar, pero es que sentía que las fuerzas me iban abandonando por minutos Pero yo hacía de tripas corazón y me repetía que estaba en uno lugar increíble y que tenía que disfrutarlo. Eso me daba ánimo para seguir pero a las piernas cada vez las costaba un poquito más contagiarse de ese espíritu positivo.

De regreso a lo alto de los bancales nos encontramos con una española sentada que entablo conversación con nosotros y que no tardó en sacar unos plátanos de su mochila y compartirlos con nosotros. Creo que eso me dio algo de energía, pues el tiempo que aún permanecimos en Machu Picchu estuve más animosa, aunque tengo que confesar que ya no tuve que volver a subir a ningún sitio, y que bajar siempre es más sencillo que subir.

Machu Picchu

Según pasaban las horas cada vez había menos gente en Machu Picchu y esta iba cambiando de color con el movimiento del sol. Se había levantado un poco de aire y nos sentamos por última vez a contemplar la famosa imagen de postal junto a otro puñado de viajeros rezagados antes de bajar definitivamente a la salida. En los últimos bancales nos cruzamos con unas llamas que ya habíamos visto allí por la mañana, un par de ellas adultas y otra muy pequeña. Nos dijo uno de los vigilantes que tenía solamente tres días y a mi se me pasaron de golpe todos los males y me puse como una niña a perseguirla para conseguir una foto. Seguro que no es la mejor que hice ese día, pero si la más simpática.

Machu Picchu

Eran más de las cuatro cuando abandonamos el recinto de Machu Picchu rumbo al bus que nos llevaría a Aguas Calientes, porque ya le había dicho a Arturo que no tenía fuerzas para bajar andando, que realmente me hubiera gustado pero no me sentía con ánimo para hacerlo, así que hicimos lo más sensato que era comprar el billete y regresar del mismo modo que por la mañana: en el bus de 9 dólares el viaje.

Ya en Aguas Calientes dimos una mini vuelta y como aún quedaba hora y media para que saliera el tren buscamos un lugar donde tomar una cerveza. El pueblo está llenos de hoteles, restaurantes y tiendas, no hay otra cosa. En la plaza encontramos un local con terraza abierta y subimos (más escalones) a tomar algo. Fue la cerveza más cara del viaje, lo mismo que la limonada, que igualmente fue la peor. Además en este local fue el único de todo Perú en el que nos cobraron además del precio un 10% de tasas de servicio.

A las seis de la tarde yo ya estaba cansada de todo: de cerveza, de limonada, de Aguas Calientes y solamente quería volver a Ollanta. Pero el tren no salía hasta las 18:35. Esa media hora se me hizo eterna. Cuando finalmente me vi sentada lista para el viaje pensé que me dormiría de tan cansada como estaba, pero nada de eso. Pasé la hora y media de viaje con los ojos como platos, y como fuera era completamente de noche, no había nada que ver.

Pasadas las ocho llegábamos a Ollanta, y en ese momento me sentí afortunada por no tener que dar un pasa más para llegar al hotel. Subimos a la habitación, nos aseamos y esa noche cenamos en el coqueto e íntimo restaurante del Albergue. Era el plan inicial, pero si no lo hubiera sido creo que lo hubiéramos cambiado con tal de no tener que caminar hasta el centro del pueblo. El comedor era muy romántico, iluminado con velas, y la carta aunque un poco escasa tenía para todos los gustos. Recuerdo unas riquísimas causitas… y poco más. Excepto que el camarero era bastante antipático y parecía que nos estaba haciendo un favor cada vez que nos traía un nuevo plato a la mesa. Me molestó bastante su actitud, y en otras circunstancias es probable que se lo hubiera hecho saber, pero había sido un buen día aunque agotador y prefería irme a la cama con el buen sabor de boca de la rica cena que estábamos degustando.

Pocas veces he agradecido tanto una buena ducha y una cama cómoda y calentita. Me dispuse a dormir, y esta vez tardé cero coma. Lo siguiente que recuerdo es el sonido de un tren y un poco de luz que se filtraba por la ventana…. Había llegado un nuevo día y nos marchábamos a seguir descubriendo el Valle Sagrado de los Incas.

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Perú

Diario de viaje: norte del Valle Sagrado de los incas

por Cristina 13/07/2014
Valle sagrado de los incas

20 de Junio – Valle Sagrado de los incas

Abandonamos Cusco con Hugo, el conductor que habíamos contratado para el recorrido por el Valle Sagrado de los incas, siguiendo el mismo camino que el día anterior habíamos llevado con el combi para llegar Pukapukara. Pero esta vez seguimos nuestra ruta por Perú haciendo alguna parada durante el camino en miradores sobre el valle hasta alcanzar nuestra primera parada: Pisac. El viaje es corto, alrededor de una hora (mucho para una distancia de solamente 33 kilómetros entre nuestro origen y destino). Nosotros le pedimos a Hugo que nos dejara en la entrada de la fortaleza inca, en lo alto de la montaña y le indicamos que nos esperara en la plaza de Pisac pues íbamos a hacer la ruta andando por todas las zonas del recinto arqueológico.

La entrada al recinto inca está incluido en el boleto turístico, con lo que nos bastó enseñarlo para poder acceder. Aunque llegamos a las nueve de la mañana y nos parecía temprano, ya había muchos grupos de turistas con su guía, pero nadie de esas personas hizo el recorrido por toda la fortaleza pues todos llegan y regresan en taxi o bus, lo cual es genial para los que decidimos caminar los cuatro kilómetros entre ruinas y andenerías para llegar al pueblo, ya que se hace con mucha tranquilidad y resulta un paseo agotador pero interesante.

Lo primero que encontramos al entrar en el recinto fue la zona urbana, donde se distinguen los restos de casas y calles. El recorrido continúa junto a unas enormes andenerías incas, cuya vista resulta espectacular desde cualquier rincón. Valle Sagrado de los incasUn poco más adelante se pasa junto a unos baños litúrgicos, y desde allí se pueden distinguir en la roca huecos que fueron tumbas incas y que forman un auténtico panal en el muro de acantilado. Lo siguiente es la zona militar, la construcción más alta de toda la fortaleza desde la que hay magníficas vistas, pero a la que cuesta bastante acceder ya que hay muchas escaleras y una vez más había que añadir el tema de la altura y que hacía bastante calor. Pero llegamos a lo más alto como unos campeones con el buen sabor de boca de pensar que a partir de allí todo sería bajada.Valle Sagrado de los incasA partir de aquí la mayoría de la gente regresaba al punto de partida sin llegar a uno de los lugares más interesantes y llamativos de la ruinas, el centro ceremoníal. Su ubicación al borde de varios bancales, y en sus construcciones se puede observar el increíble trabajo de los incas en la piedra y ver un intihuatana (que quiere decir amarradero del sol y es un artefacto astronómico) y varios canales.

Continuando el camino hacia el pueblo de Pisac el camino se bifurca y nosotros elegimos el que iba hacia la izquierda pasando entre varias andenerías y los restos del antiguo pueblo de Pisac. Durante el recorrido también vimos en diferentes puntos sobre la montaña torres incas de las que no se tiene clara la función.
El camino iba bajando ofreciendo impresionantes vistas del Valle Sagrado de los Incas. En un momento ya pudimos empezar a ver el pueblo desde arriba y nos llamó la atención una zona cubierta de blanco que al llegar abajo pudimos ver que eran los techados de los puestos de artesanía en la Plaza de Armas.Valle Sagrado de los Incas

La verdad es que el camino de 4 kilómetros se hace bastante cansado, no siempre es regular, sube y baja, hay zonas que resbalan y otras de escalones, pero fue divertido y estimulante hacerlo disfrutando en todo momento de un increíble cielo azul y espectacular paisaje.
Una vez en el pueblo no caminamos muchos metros antes de empezar a encontrar puestos de artesanía pertenecientes al famoso mercado de Pisac. El mercado como tal tiene lugar tres días a la semana: martes, jueves y domingo. Nosotros elegimos para visitar el lugar un viernes precisamente para evitar ese mercado pues son los días que más gente acude a las ruinas y la ciudad, y a pesar de ello puedo confirmar que el mercando es enorme y ocupa toda la plaza y parte de todas las calles aledañas. Cierto que es solo de artesanía y los demás días hay también productos de alimentación, pero a pesar de ellos preferimos hacerlo de ese modo y ver todo más tranquilo.
Después de dar una vuelta por el mercado nos sentamos en un bar de la plaza, oculta por los puestos y sus techados, a tomar una cerveza. Fue un descanso sin duda merecido.Valle Sagrado de los incasRecordé haber leído que había por la ciudad varios y llamativos hornos comunitarios. Uno de ellos estaba en un rincón de la plaza, así que fuimos a buscar a Hugo para decirle que ya estábamos casi listos para salir, y nos dijo que estaba un poco preocupado, que habíamos tardado mucho y la verdad es que tenemos que reconocer haber tomado el paseo con calma para poder disfrutar, y no como una carrera contra reloj.
Pero realmente teníamos aún mucho tiempo para llegar a Ollantaytambo sin intención de parar en ningún otro sitio, de modo que no había razón para correr en ningun momento. Fuimos al horno donde el hombre que se encargaba del mismo nos dijo que trabajaba allí todos los días desde la cuatro de la mañana, que hacía la comida para el local donde estábamos, pero que también muchas personas del pueblo llevaban allí sus panes o su carne a preparar. Su trabajo era todos los días a la semana y tan solo una tarde podía salir antes de la noche. Y nos lo contaba como lo más normal del mundo…. Sin duda hay personas que llevan una vida muy dura y sin embargo dan gracias por ella.
Compramos tres empanadillas de carne recien hechas, le dimos una a Hugo y salimos de Pisac por una carretera que discurría paralela al río Urubamba cruzando el Valle Sagrado de los incas.

Valle Sagrado de los incas

El camino de unos 60 kilómetros fue entretenido, entre montañas y con bonitas vistas del río. Atravesamos varios pueblos, Calca, Huaran, Yucay o Urubamba, y a simple vista ninguno tenía el menor atractivo. Como las referencias tampoco indicaban que mereciera la pena parar, no lo hicimos y seguimos hasta nuestro hotel en Ollantaytambo, viendo por el camino algunas casas donde vendían chicha lo cual era sencillo saber por que se señala con una bandera blanca, roja o verde. Esta bebida es muy popular y se obtiene tras la fermentación de maíz y otros cereales, pero nosotros no llegamos a probarla.
No tardamos en llegar a Ollanta, y ya al atravesárlo con el coche nos dimos cuenta de que era un lugar precioso ubicado en un enclave espectacular entre montañas del Valle Sagrado de los incas. Hugo nos llevo hasta un parking desde donde tuvimos que caminar a nuestro hotel, el Albergue de Ollanta que se encuentra ubicado directamente en la estación de la que parten los trenes hacia Aguas Calientes. Acordamos con el que vendría a por nosotros el domingo a las 11 de la mañana para regresar a Cusco por el sur del Valle Sagrado de los incas.
Hicimos el check-in y nos fuimos a la enorme habitación por la que íbamos a pagar bastante más que en ninguno de los otros hoteles del país y en la que descubrimos no había razón para un precio tan elevado. Cierto que era enorme, pero al abrir las ventanas nos encontramos con unas vistas que afortunadamente no íbamos a ver en casi ningún momento, y me pareció fatal que estando en un sitio tan bonito a mi hubiera tocado eso. No dudé en comentarlo en recepción y me contaron la historia de que todo estaba ocupado, que las habitaciones libres eran aún más caras por tener mejores vistas y mini bar…. Todo cosas que al hacer mi reserva nadie me comentó ni me dio oportunidad de elegir. Pero bueno, eso no iba a amargar mi estancia en un lugar tan bonito, y decidí ignorar el tema para salir a dar un paseo por Ollantaytambo, el mejor ejemplo de planificación urbana inca que se conserva.
El paseo hacia el pueblo era agradable, pero estaba más lejos de lo que yo pensaba. Pasamos por varios hoteles y restaurantes antes de adentrarnos en las estrechas calles peatonales cuyos muros siguen siendo de piedras colocadas por los incas y por la cuales discurre agua por los laterales. Sin duda esas calles tienen un encanto especial, son tranquilas y apenas pasa gente por ellas, y el sonido del agua, la ausencia de coches y las vestimentas de algunas mujeres con las que nos cruzamos hacían sentir que habíamos vuelto atrás en el tiempo.

Valle sagrado de los incas

Empezó a oscurecer y antes de darnos cuenta era completamente de noche y como no, hacía frío. Nos acercarmos a la plaza y nos sentamos en la terraza de un restaurante a tomar una cerveza antes de cenar, cosa que no hicimos lejos. En un mismo lateral de la plaza había varios restaurantes seguidos y elegimos para entrar el que nos pareció más cálido dentro gracias a un horno para pizzas. Su nombre era Quinua, como el cereal que tanto consumen los peruanos, y la verdad es que no puedo destacar nada. Una carta demasiado extensa para un local tan pequeño en la que había desde cualquier plato de carne a varias pizzas o pastas; no recuerdo que cené aquella noche, pero si que el mantel estaba treméndamente sucio. Afortunadamente cuando viajo procuro dejar los remilgos en casa, pero desde luego en España no toleraría sentarme en un local con esos niveles de limpieza. Supongo que esas cosas pasan cuando una ciudad es tan turística que un local tiene garantizada la clientela tenga el mantel como lo tenga.
Volvimos de nuevo al hotel y al encender el único radiador este estaba en un estado lamentable (sucio y roto) así que bajamos a decir si nos daban otro o lo arreglaban, y la solución fue esta última. También preguntamos por el suelo radiante del que se habla en su página de internet y nadie sabía nada al respecto. En fin…. que yo estaba cansada y como teníamos que madrugar mucho para coger el tren a Machu Picchu a la mañana siguiente, nos dimos una buena ducha y nos dispusimos a leer un rato, pero reconozco que aguanté poco porque estaba cansada, así que creo que poco después de las diez debía estar totalmente dormida. Era nuestra primera noche en el Valle Sagrado de los Incas.

Valle Sagrado de los Incas

21 de Junio
Hoy tocaba madrugar, es el día más esperado del viaje: nos vamos a Machu Picchu. Nuestro tren salía a las 6:10 de la mañana, y antes había que desayunar, así que el despertador estaba puesto con suficiente tiempo para ello. Todo estaba ya preparado para salir a tiempo y subir al tren que nos llevaría a la visita estrella del nuestro viaje.
Unos minutos antes de la salida del tren salimos al andén donde entregamos nuestros billetes y subimos a nuestros asientos. Todo el mundo había ocupado ya sus asientos y resultó que los nuestros iban separados. Pero casualmente había otra pareja que también iban en lados distintos del pasillo e intercambiamos asientos con ellos.
El tren era bastante cómodo y tenía una ventanas amplias en los laterales y otras en el techo que permitían ver todo según avanzábamos por el valle junto al río Urubamba hacia la estación de Aguas Calientes. Cada vez que nos acercábamos a una zona de interés, una grabación nos contaba un poco sobre ese lugar, lo que hizo bastante entretenida la hora y media de viaje. A mitad de camino nos ofrecieron una bebida caliente y un bollo a cada uno, pero nosotros lo guardamos porque al haber desayunado tampoco teníamos hambre, y el día era largo, así que nos podría venir bien más tarde.

Valle Sagrado de los incas

El tren de vuelta lo cogimos a las 18:35, y la verdad es que cuando me monté en el tren pensaba que me quedaría dormida pues estaba agotada. Me dolía todo el cuerpo y tenía incluso la sensación de tener fiebre, pero creo que el propio cansancio no dejo relajarme y dormir la menos unos minutos.
En cuanto llegamos al hotel, subimos a dejar la mochila, lavarnos las manos y bajar a cenar al restaurante. Iluminado con velas era muy acogedor, y la carta aunque escueta era bastante sugerente. Los precios un poco altos, al nivel del hotel, pero cenamos bien y sobre todo sin necesidad de tener que movernos ni un metro más allá de la estación de trenes, creo que si hubiera tenido que volver al pueblo para cenar esa noche hubiera preferido irme a la cama con hambre de tan cansada como estaba. Ahora mismo recuerdo según escribo recuerdo esa sensación y creo que ha sido la única vez en la vida que me he sentido así.
Una ducha caliente, y a la cama. Ni libro ni nada. Solo quería dormir sin prisa para levantarme…..

22 de Junio

…pero para mi desgracia a la mañana siguiente que podía quedarme en la cama hasta que hubiera querido el ruido de los trenes me despertó a las cinco de la mañana. En el hotel habían prometido que todo estaba tan aislado que no se escuchaba practicamente nada. Pues puedo decir que al menos desde nuestra habitación no era así, y que el sonido se escucha alto y claro desde bien temprano. A pesar de ello aguanté bastante rato entre las sábanas cogiendo fuerzas para el día que teníamos por delante. Cuando al final me animé a levantarme eran ya las ocho, así que bajamos a desayunar tranquilamente y después hicimos el check out para poder irnos a visitar Ollantaytambo antes de las once que era la hora a la que Hugo vendría a por nosotros.

Valle Sagrado de los incas

Subimos paseando de nuevo hasta el pueblo para dar un paseo por sus calles y luego nos fuimos a las ruinas incas, unas de las más impresionantes del Valle Sagrado. El boleto turístico incluye la entrada al recinto. Nada más entrar nos encontramos frente a unos impresionantes bancales que ascendían por la escarpada montaña y desde los cuales cuenta la historia los incas recibieron a los hombres de Pizarro con una lluvia de lanzas y flechas haciendo a estos últimos huir en desbandada. Así se convirtió Ollantaytambo de la mano de Manco Inca en el lugar donde los españoles sufrieron su mayor derrota en tierras peruanas.Además de ser fortaleza, Ollantaytambo también era un templo, y en la cima de sus bancales se erige un centro ceremonial. En la época de la conquista se estaban construyendo uno muros que ya no se terminaron y en los que llama la atención su increíble factura. Las piedra provienen de una cantera situada a 6 kilómetros y se transportaron hasta la fortaleza desviando el cauce el río. Y es que estos incas eran unos constructores finos y con muchas ideas prácticas. Una vez más y sobre todo con el cansancio acumulado del día anterior costaba subir cada peldaño, pero el que algo quiere, algo le cuesta, y en este caso yo tenía claro que iba a llegar arriba en más o menos tiempo, y como siempre iban pidiendo que lo que encontrara arriba estuviera a la altura del esfuerzo que estaba haciendo. Y una vez más así fue; tanto las vistas sobre el Valle Sagrado de los incas como las ruinas incas merecían el trabajo extra que les había pedido hacer a mis piernas.
Valle Sagrado de los incasDescendimos de nuevo al pueblo pues ya íbamos justo de tiempo y Hugo venía a buscarnos a las once. Pasamos por algunas tiendas en cuya fachada colgaban coloridas alfombras y tapices antes de llegar a la calle que bajaba de nuevo al hotel. Llegamos con tiempo para recoger nuestras cosas y salir hacia el parking donde Hugo tendría que coger el coche y desde allí irnos de vuelta a Cusco recorriendo el sur del Valle Sagrado de los incas.

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Perú

Diario de viaje: ruinas incas alrededor de Cusco

por Cristina 12/07/2014
Ruinas incas Cusco

19 de junio – Recorriendo ruinas incas

El combi desde Cusco nos llevó montaña arriba hasta los restos incas de Tambomachay, un lugar a unos metros de la carretera principal al que se accede con el boleto turístico y que consiste en un baño ceremonial de piedra que canaliza agua cristalina a través de fuentes que siguen en uso. Se puede subir a las montañas de los alrededores y aunque ya daba el sol y hacia una temperatura agradable, en algunas zonas el agua se había convertido en hielo sobre la hierba.

Ruinas incas CuscoEn el camino de salida habían colocado algunos puestos de artesanía en los que vendían prendas de lana, y una vendedora se acercó a mi con un chaqueta como tantas que había visto en Cusco y me animó a probármela pero la dije que no, que no quería comprar nada. Pero ante tanta insistencia y Arturo que me animaba me la probé….. y parecía hecha para mi, así que cuando la vendedora me dijo que costaba 60 soles me quedé sorprendida, porque en Cusco pedían 250 por la misma (o muy parecidas). Aún así decidí regatear y me la llevé por 50 soles.
Al regresar a la carretera, justo al otro lado estaban las ruinas incas de Pukapukara, una estructura con vistas al Valle de Cusco y cuyo nombre significa “fortaleza roja” que es precisamente el color de la piedra con la que está construida. Tiene varias cámaras residenciales y desde la parte de alta disfrutamos de una preciosa vista panorámica antes de comenzar la ruta de regreso a Cusco.

Ruinas incas Cusco

La primera parte del recorrido lo hicimos por el borde de la carretera por la que habíamos llegado hasta allí, y atravesamos un pequeño pueblo con casas decoradas y tiendas. Según nos habían indicado teníamos que llegar a otra casa en una curva de la carretera en la que había caballos, y desde la que partía un camino por el valle que llegaba hasta Q’endo.
Seguimos una senda que se veía mejor en unos tramos que en otros, cruzamos un riachuelo y no teníamos muy claro por donde seguir. Vimos a gente que venía a caballo por un camino a nuestra derecha, y unos chicos con otro grupo de caballos cerca del río. Pero ni idea de por donde seguir, así que preguntamos y nos indicaron que teníamos que continuar de frente atravesando un campo sembrado hasta un pueblo y allí a la derecha. Así lo hicimos y enseguida estábamos en las ruinas incas de Q’endo, cuya visita está incluida también en el boleto turístico.
El recinto lo forma una gran roca en torno a la cual hay nichos, cuevas y pasadizos. Los cruzamos todos rodeando la roca y también bajamos a una cueva donde la temperatura baja bastantes grados con respecto al exterior y en la cual encontramos unos altares labrados en la roca en los que supuesta se hacían los sacrificios que continuaban con chicha, o tal vez sangre, corriendo por los canales que hay sobre las rocas.

Ruinas incas

Visto este lugar, salimos cruzando un puente sobre un riachuelo y así volver a la carretera que nos llevaría a Sacsayhuamán, las más imponentes ruinas incas cercanas a Cusco. Para llegar allí pasamos primero por una granja de llamas, y más tarde por una zona de explanadas que estaban llenas de familias de picnic y algunos preparando barbacoas, pues era día festivo en Cusco por ser el Corpus. Lo que teníamos más cerca era una grande y blanca escultura de Jesucristo mirando a la ciudad, y subimos hasta su base, donde un mirador nos regaló una bonitas vistas del casco histórico cusqueño.

Desde la base del Cristo se veían las piedras de las ruinas incas de Sacsayhuamán y parecía sencillo llegar hasta allí en linea recta, así que con tal de no dar la vuelta y bajar para volver a subir teniendo además que retroceder por el camino, decidimos ir por el camino que creimos más corto. Y seguramente lo fuera, pero había algunos tramos en los que la bajada no es para cualquiera, había mucha pendiente y además al ser arena resultaba bastante escurridizo. Pero superamos la prueba, aunque en más tiempo del que habíamos pensado, y llegamos hasta las piedras de la calzada que subía hasta las inmensas ruinas a las cuales se accede con el boleto turístico (sin duda ese día le estábamos sacando provecho).

Lo que parece una ciudad enorme realmente no es más de un 20% del tamaño original que tuvo este enclave inca, pues tras la conquista de los españoles estos utilizaron muchas de sus piedras para construir sus casas cusqueñas e incluso la Catedral. Afortunadamente dejaron las piedras más grandes que son las que forman las impresionantes almenas principales. Esta zona tiene diferentes alturas y en ellas se puede contemplar de cerca el trabajo tan esmerado de los incas con la piedra, y su capacidad para formar muros con rocas creando lo que parecen verdades rompecabezas.

Restos incas CuscoEn la parte trasera de esta zona de Sacsayhuamán también hay un mirador sobre Cusco desde el que pudimos distinguir parte de la procesión del Corpus.

Restos incas

El centro del recinto es una gran explanada en la que actualmente cada año se celebra el Inti Rayma, una fiesta en honor al sol que se celebra en Cusco cada solsticio de invierno (24 de junio). Durante nuestra visita estaban montando el gran escenario y las gradas donde tendría lugar el espectáculo.
Al otro lado de la explanada está la colina de Rodadero, cuyo nombre viene de la piedras pulidas que durante siglos se han utilizado como toboganes naturales (ahora ya no, controlan que nadie se tire por allí) En lo alto de la colina hay una serie de bancos de piedra conocidos como el Trono del Inca, desde allí se tiene una buena vista de la zona de la muralla en toda su extensión, así que una vez más mereció la pena el esfuerzo de subir cuestas y escaleras.

Ruinas incas Cusco

Volvimos desde aquí a la salida y emprendimos la bajada caminando sobre la calzada inca hacia la ciudad de Cusco y el barrio de San Blas

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Perú

Diario de viaje: Cusco

por Cristina 11/07/2014
Cusco

16 de junio – Cusco

Teníamos ya reservados nuestros billetes de bus para viajar a Cusco a través de una agencia de la ciudad. Esa mañana vinieron a por nosotros en coche para llevarnos a la estación desde donde saldríamos hacia Cusco, y realmente agradecimos tener un vehículo en la puerta porque íbamos cargados y además a las siete y media de la mañana hacía frío.
No tardamos casi nada en llegar al destino, pues a esas horas la ciudad está aún despertando. Descargamos nuestras cosas y accedimos a la estación, donde tuvimos que pagar una tasa de 1 sol por salir de allí.
Habíamos reservado asiento en el piso superior, así que en cuanto todos los equipajes estuvieron en el maletero, fuimos subiendo para instalarnos. Las butacas eran amplias y reclinables, pero estaba todo tan sucio, desde el asiento a los cristales, pasando por el reposacabezas (una tela blanca que estaba rozada y renegrida, así que la di la quité y listo) que daba un poquito de rabia comprar algo que te venden como fantástico y encontrarte que no han sido capaces ni de barrer el suelo. En fin… era lo que tocaba, así que cogimos nuestros libros y nos decidimos a pasar allí las siete u ocho horas que teníamos por delante.

Una vez en Cusco tocaba buscar taxi para llegar al hotel situado en San Blas. El primera taxista nos pidió 20 soles, pero al final otro nos llevó por los diez que yo ofrecía. Eso si, tuve que ir casi sentada encima de una maleta, pero el recorrido era corto y al final casi tuvo su gracia.

La calle de nuestro hotel era estrecha, y además de doble sentido, lo que no dejó al taxista llegar hasta la puerto, así que nos tocó cargar con el equipaje unos metros durante los cuales yo no dejaba de mirar encantada puertas, tiendas y algún museo con el que nos cruzamos. Cusco me gustaba, y más después de haber estado en Puno y haberle encontrado tan poco encanto.

Cusco

En el hotel, de nuevo uno de la cadena Tierra Viva que había abierto sus puertas hacia un mes tenía ya nuestra habitación lista, así que fuimos a dejar nuestras cosas, organizar un poco y salir para una primer contacto con la ciudad y buscar un lugar para cenar.

CuscoDesde el hotel tuvimos que bajar un calle empedrada y estrecha llena de tiendas y restaurantes (imposible ser más turístico a no ser que seas una localidad de la Costa del Sol española en verano). Al acabar la calle nos encontramos en el corazón de la ciudad colonial, la Plaza de Armas. Ya era de noche y a pesar de ello había mucha animación y gente vestida con trajes regionales bailando. Nos explicaron que algunos ensayaban para el Inti Raymi, la gran fiesta de la ciudad que se celebraría el 24 de junio, y otros para las fiestas del Corpus que eran justo durante los días de nuestra estancia en la ciudad.

Anduvimos un poco más allá hasta alcanzar la Av.del Sol y desde allí la calle Almagro. Íbamos buscando la calle Almagro y un restaurante: Los Toldos. El local es muy amplio y estaba lleno de peruanos comiendo el plato estrella del local: el cuarto de pollo con patatas. Nos sentamos y pedimos pollo, como no, pero también otro de los platos típicos de Cusco, los antichuchos (corazones a la brasa), y mientras nos comimos una ensalada con salsa de aceitunas que se incluye en el precio de cualquier comida. Tengo que decir que a mi el pollo asado normalmente me deja indiferente, no es algo que me encante. Pero en este lugar comí sin duda el mejor pollo que he probado: tierno y crujiente a la vez. Y además a un precio increíble: 14 soles. Os lo recomiendo sin lugar a dudas.

Cusco

De regreso al hotel hacía frío, pero a pesar de ello dimos una pequeña vuelta por la Plaza de Armas, que aunque a esa hora aún estaba animada, ya permitía pasear por ella con cierta calma.
En el hotel la cama resultó tan cómoda como la de los anteriores hoteles de la cadena Tierra Viva. Dormimos como benditos.

17 de junio

Salimos de la habitación para desayunar, y aunque el día estaba totalmente despejado, hacía aún frío, así que nos tuvimos que poner algo de abrigo. El salón de desayunos tenía unas estufas gracias a las cuales no daban ganas de salir corriendo de allí. Tomamos zumo, embutidos, queso, mate de coca, fruta, bollería… Energía para el día que íbamos a pasar pateando Cusco.

Como en Cusco amanece temprano pero también anochece pronto, en estos viajes hay que aprovechar las horas del luz para hacer las visitas, así que nuestra hora de salida estaba siempre entre las 8 y las 8:30 (aunque algún día se nos pegaban las sábanas). Mochila a la espalda y cámara al cuello caminamos por las mismas calles de San Blas del día anterior, pero esta vez iluminadas por la radiante luz del sol. Las tiendas comenzaban a abrir y decorar algunas paredes con su mercancía de miles de colores.
Antes de llegar a la Plaza de Armas se pasa por el probablemente muro inca más famoso de la ciudad, pues en él se encuentra una curiosa piedra en la que se cuentan hasta 12 esquinas. Allí encontramos a un señor para que otra amiga viajera nos había dado una foto hecha nada menos que seis años antes. Y de verdad que el hombre estaba igualito a pesar de los años pasados.
Un poco más adelante se encuentra la entraba del Palacio Arzobispal, el cual fue nuestra primera visita de pago en la ciudad. Para acceder pudimos adquirir el boleto religioso que incluye también la visita a otras iglesias cusqueñas, y el cual nos costó menos de lo que decía la información que llevábamos: solamente 30 soles por persona. El muro que contiene la piedra que antes mencioné pertenece ahora a este lugar, cuyo interior está formado por patios y diferentes estancias donde observar pinturas, muebles y unos asombrosos techos de madera.

Cusco

Al salir de este palacio/museo continuamos hasta la Plaza de Armas que ya estaba llena de gente. Las fiestas del Corpus en Cusco habían empezado y veríamos todos los días bailes y procesiones. La verdad es que si hubiéramos tenido mucho más tiempo nos hubiera gustado sentarnos y pasar horas viendo lo que allí pasaba, pero cuando estamos de viaje por desgracia no contamos con todo el tiempo que quisiéramos, y hay que priorizar. Dimos una vuelta por la plaza, nos hicimos fotos y nos paramos durante un rato a ver los trajes y bailes de los que por allí pasaban, una muestra de color pero también de cierto desorden, una forma de organizar las cosas a la que nosotros no estamos acostumbrados, porque ya sabemos que los occidentales queremos tener todo controlado y en orden, y aquí os puedo decir que todo estaba lejos de ser de ese modo.CuscoDejamos la plaza en dirección a la Iglesia de San Francisco, una gran mole que fue de las pocas que no tuvo que reconstruirse por completo tras el terremoto de 1650. En su interior lo más interesante nos resultó un coro de madera de cedro, pero como en la mayoría de las iglesias peruanas, no se pueden hacer fotos, así que nos queda solo el recuerdo de haberlo visto.

Cusco

A pocos metros de la iglesia estaba el arco de Sta. Clara, cercano al convento del mismo nombre, el cual no conseguimos ver por un tema de horarios. Un poco más allá se abría ante nosotros otra plaza con otra iglesia, la de San Pedro, y uno de los lugares más pintorescos de la ciudad: el mercado al que da nombre la cercana iglesia.
Los puestos de comida preparada rodeaban la plaza, y en el interior de este turístico mercado de Cusco, recuerdos para turistas, zumos, frutas, panes, carne., flores… Y al fondo más comida preparada y una zona con mesas donde sentarse y comerla. Un lugar sin duda muy bullicioso donde una tendera nos recordó que la mochila delante y ojo con las carteras.

Cusco

Tras el paseo entre puestos de comida salimos del mercado para continuar paseando por la ciudad colonial rumbo a la Catedral, la cual íbamos a visitar con el boleto turístico. En la Plaza de Armas seguía la fiesta, grupos de niños y jóvenes iban desfilando por delante de la catedral mientras bailaban al ritmo de la música.

La entrada a la Catedral de Cusco se hace por la iglesia que se encuentra adosada a su izquierdo, y se hace por otra también pegada a su lado derecho. La primera es la Iglesia de Jesús María y la segunda la del Triunfo. En ninguna de las tres se pueden tomar fotografías, por lo que la verdad es que es complicado recordar todo lo que se ve dentro. Me llamaron la atención las enormes puertas que unen unas iglesias con otras, las imágenes con elaborados vestidos en las que se mezcla catolicismo y tradición indígena. Muy curioso también el cuadro de la última cena donde el plato principal es un cuy. Y por supuesto la renegrida imagen de el Señor de los Temblores, un Cristo crucificado al que se saca todos los lunes santos en procesión a la luz de las velas cuyo humo se pega a la figura tiñéndole de negro. En la Iglesia del Triunfo se encuentra los restos del Inca Garcilaso de la Vega.

Cusco Plaza de Armas

Como la plaza estaba animada, nos quedamos un rato viendo lo que allí pasaba, y más tarde nos dirigimos hacia el barrio de San Blas para subir hasta la Iglesia de San Cristobal, cuya entrada estaba incluida en el boleto religioso. Pero cuando llegamos a la calle Arco Irís y Arturo vio la cuesta que había que subir, dijo que se quedaba tomando una cerveza Cusqueña en un bar que había justo en el cruce de la calle. De modo que con mucho ánimo comencé a subir por la calle empedrada rumbo a la iglesia.
Al llegar arriba me encontré con una amplia plaza y en uno de sus lados la iglesia. Por si fuera poca la subida, subí también al campanario. Vi que no era muy alto, y como ya estaba allí, total un poco más de esfuerzo tampoco iba a ser para tanto. Las vistas desde lo alto son magníficas, se distinguen los tejados de la ciudad hasta la Plaza de Armas.

Cusco

Cuando bajé me senté un ratito a descansar y luego continuamos bajando por la calle Ataud (uno de esos nombre poco habituales de las calles de Cusco) hasta el Museo Inka ubicado en una de las más bonitas casas coloniales de la ciudad. Alrededor de una patio porticado se abren las salas en las que se muestra una gran muestra de arte inca: cerámica, joyería, momias, maquetas…. No se hace pesado porque la muestra es variada. En el patio había unas mujeres tejiendo con un telar de cintura y en la planta superior se vendían sus creaciones y otros artículos de artesanía.

Cusco

La verdad es como es que sin darnos cuenta se acercaba el final del día, y lo mejor era ir al hotel para descansar un rato antes de salir a cenar y también de ese modo cambiar la chaqueta ligera del día por algo abrigado para el frío de la noche.

Esa noche bajamos de nuevo por las cuestas de San Blas para cenar en un sitio que habíamos visto en la Plaza de Armas, Papacho’s, una hamburguesería moderna y con cierto estilo neoyorquino que forma parte del grupo de restaurantes del más famoso cocinero peruano, Gastón Acurio. Nos pedimos como no una contundentes y originales hamburguesas acompañadas de una limonada con menta y hierba luisa. Aunque el precio del local es un poco elevado para estar en Perú sin duda es el lugar indicado si alguien se muere por comida de tipo occidental (y no quiere ir al Burguer King de la Plaza de Armas.

Gaston Acurio Cusco

Cuando terminamos de cenar la verdad es que aún era temprano, y nos fuimos a dar un paseo por la ciudad colonial iluminada, y llegamos a la calle Sta.Catalina Ancha donde está el Museo del Pisco, pero había mucha gente y poco espacio para sentarnos y comentar el día, así que continuamos andando hasta que encontramos otro local (Sara: the organic café) que nos pareció acogedor y entramos a tomar un pisco sour. Ya sabemos que es una bebida que se toma más como aperitivo, pero a nosotros nos daba igual, y ya que en España no es tan sencillo poder tomarlo, habíamos decidido beberlo en Perú siempre que fuera posible.
Con buen sabor de boca nos fuimos caminando hasta el hotel y se que me repito, pero de verdad que la camas eran de esas que a uno no le importaría tener en casa: grandes y cómodas. Así que dormir allí era un verdadero gustazo.

18 de Junio

Primera parte del día igual que siempre: desayuno y en marcha para recorrer la ciudad bajo ese cielo azul tan increible que estábamos teniendo todos los días.

Hoy la ruta empezaba en la Avenida del Sol, en la oficina de turismo donde teníamos que comprar el dichoso Boleto turístico sin el cual no se pueden visitar algunos de lugares de mayor interés de Cusco y del Valle Sagrado. La broma fueron 130 soles por persona, y nos entregaron una lista con lo lugares que se podían visitar. Curiosamente no coincide con lo que aparece en internet y así se lo hice saber, pero realmente mostraron muy poco interés al respecto (hoy, dos meses después, sigue apareciendo mal).

Ya que estábamos allí bajamos a ver uno de lo lugares incluidos en el boleto: el Museo de Arte Popular. Es una sala donde se exponen las obras premiadas cada año en el concurso que da nombre al museo. Preciosos y originales belenes se mezclan con figuras que representan de diferentes maneras la vida tradicional cusqueña. Para variar no se pueden hacer fotos, así que el quiero verlo tendrá que ir.

A poca distancia se encontraba una de las joyas de la ciudad, Qorikancha. Son los restos del templo más rico del Imperio Inca, y allá que fuimos nosotros. Las pulidas piedras de dicho templo son hoy en día la base del convento de Sto. Domingo, junto al cual se encuentra otra iglesia colonial, en cuyo interior me encantaron unos preciosos cuadros de niños vestidos con vaqueros y camisetas representando ángeles.
Después de visitar la iglesia pagamos la entrada (no estaba incluido en el boleto turístico) y accedimos al convento. En su interior encontramos un gran claustro en torno al cual se encuentran los restos del templo inca que en tiempo estuvo cubierto de oro (de hecho Qorikancha quiere decir en qechua “patio dorado”). Se dice que aquí se guardaban increibles tesoros de oro mazico, así como momias a las que sacaban al sol cada día para hacerles ofrendas de comida y bebida. En el centro del claustro se encuentra la antigua fuente octogonal que en su día estuvo recubiertade 55 kilos de oro. Pasamos por diferentes cámaras donde se pueden ver los muros de piedra que encajan de tal modo que en algunos puntos no se distingue donde acaba una y empieza otra. También se puede subir una escalera para ver desde arriba lo que queda del templo inca. En un punto del claustro se ve la salida al exterior donde está el llamativo muro curvo de 6 metros que se ve desde dentro del recinto y desde la calle..
La verdad es que hay que imaginar mucho, pero sin lugar a dudas es una buena muestra del trabajo en piedra de los incas.

Cusco Qorikancha

Al salir del museo paseamos hasta la Plaza de Armas, pues no habían contado que esa mañana empezaban las procesiones del los santos a la Catedral, desde donde saldrían al día siguiente para la procesión del Corpus. Encontramos una plaza llena de gente en un ambiente totalmente festivo mientras los pasos de las diferentes iglesias iban llegando a la Plaza. Dimos una vuelta y abandonamos la plaza hacia la calle Garcilaso donde teníamos que buscar la agencia donde teníamos reservada la estancia en el lodge de Puerto Maldonado. La encontramos en un patio colonial donde en cada una de las dos plantas había agencias de viajes, tiendas e incluso el Museo del cacao. Una vez pagado vimos que había mucha animación en la calle Garcilaso hacía la plaza San Francisco, y nos acercamos a ver que pasaba. Encontramos la tranquila plaza del día anterior tomada por los puestos de comida y bebida y mucha gente sentada en mesitas o paseando. Ambiente de fiesta 100%.

Cusco

En la cercana Plaza del Regocijo está una de las mejor conservadas casas de la ciudad, y en la cual residió Garcilaso de la Vega, cronica hispanoinca hijo de un español y una princesa inca. Dicha casa aloja hoy el Museo Histórico de Arte Regional (aquí si valía el boleto turístico). En él se muestran desde flechas del periodo precerámico a vasijas o momias, pasando por objetos de oro y en la planta alta algunos objetos de arte religioso así como la reconstrucción de una habitación de la época en que estas casa estaban habitadas. La verdad es que en museo bastante ecléptico, pero solamente por ver la casa y la distribución, y ya que estaba incluida en el precio, mereció la pena entrar.

El Museo Municipal de Arte Contemporáneo está en la misma plaza y también se incluye la entrada en el boleto, así que fuimos a verlo, pero nos resultó nada motivador ni interesante, tan solo un patio al final cuyas puertas y barandillas estaban pintados del mismo azul intenso que tantos lugares de la ciudad.

Cusco

Con tanto paseo sin duda nos habíamos ganado una cerveza con buenas vistas, y el lugar ese día sin duda estaba en la Plaza de Armas, donde parecía estar todo el mundo viendo la procesión. Así que subimos a uno de los más concurridos bares de la ciudad, Norton Rats. Como pudimos nos hicimos hueco en su estrecho balcón para tomar una Cusqueña mientras veíamos lo que pasaba abajo. Lo malo era que nos daba el sol directamente en la cara y llegó un momento que lo mejor era dejar hueco a otros para mezclarse con la gente en la plaza.

Cusco Corpus

Un poco agotados de tanto santo y tanto ruido vimos como empezaba a caer la tarde y la plaza se tenía de un precioso tono dorado. Tocaba volver al hotel, descansar un rato para salir abrigados a cenar. Esa noche nos decidimos por Pachapapa, un restaurante en la Plaza de San Blas que ya me había recomendando otra viajera, y también en el hotel. Así que allá que fuimos. A pesar de tener un patio muy agradable, nosotros decidimos cenar bajo techo y cerca de una estufa de leña. De verdad que la temperatura baja tanto que uno puedo pasar realmente frío si no se abriga. El restaurante era muy íntimo, agradable y romántico, con velas en las mesas. Probamos chicharrones y lomo saltado, de nuevo con limonada. Después un paseito por el barrio… ¡¡y a la cama!!

Cusco

19 de junio
Hoy tenemos un plan interesante: nos vamos “de ruinas incas”. Madrugamos para luego bajar hasta la estación de los combis que van Pisaq. A esa hora hay poca gente en la calle y también pocos viajeros. Compramos nuestro billete por ….. soles y esperamos a que nos digan que podemos subir a ese mini bus de aspecto destartalado. Cuando lo hacen tenemos los asientos asignados en la segunda fila…¡¡¡y no me entran las piernas!!! Menos mal que el trayecto es corto, pues tan solo vamos hasta ….. Pero durante el camino no para de subir gente al combi, y lo curioso es que nadie paga (¿existirá un abono transporte como en Madrid?). Avanzamos montaña arriba y al abandonar Cusco el paisaje es increiblemente bello y verde. Se hacen paradas y veo que a los viajeros se les cobra al bajar y al que lleva billete se lo marcan. Todo aclarado.
En poco más de media hora llegamos a nuestro destino y nos hacemos hueco para bajar del bus. Estamos en el primer punto de la ruta de 8 kilómetros que nos llevará de regreso a Cusco.

Cusco

Después de recorrer todos los lugares de interés en esa ruta de 8 kilómetros y disfrutar de las vistas de la ciudad desde Sacsauhyamán bajamos andando hacia la Plaza de Armas por la cuestas de San Blas. Arturo iba pensando en tomar una cerveza en el bar del día anterior, pero oooohhhh, desilusión, estaba cerrado. Así que seguimos bajando y nos encontramos con un montón de gente en los alrededores del Museo Inca. La fiesta había llegado hasta allí, y había puestos de anticuchos, de cervezas, gente sentada comiendo y bebiendo. Costaba avanzar y a mi se me antojó tomar uno de esos pinchos, así que por 3 soles los compramos y nos los comimos de camino a la Plaza donde desde por la mañana estaba animada con la procesión del día del Corpus. Nosotros la verdad es que no notamos mucha diferencia con la del día anterior, los santos y Vírgenes eran los mismos, pero ahora viendo las fotos creo que le habían cambiado el traje y llevaban otros mucho más vistosos y trabajados que el día anterior. La plaza estaba llena de gente que iba y venía entre el paso de una banda de música y su correspondiente Santo y el siguiente. Como ya teníamos sensación de haber visto todo, nos fuimos cuesta arriba hacia el hotel para descansar en el bonito jardín trasero con una cerveza de las que teníamos en el mini bar y que podíamos consumir de forma gratuita.

Ya era de noche, y cómo no, hacía frío, cuando salimos a cenar. Pensamos volver a Sta. Catalina Ancha donde habíamos visto bastantes sitios para cenar, pero en algún momento nos despistamos y cuando nos dimos cuenta estábamos en la calle Ruinas, que aunque es continuación de la otra a nosotros nos sonó a “nos hemos equivocado”. Vimos un par de locales y nos decantamos por Don Carlos que tenía fuera un menú con buena pinta y precio aceptable, pero que luego no estuvo a la altura. Lo primero nos dijeron que no había menú, pero cuando dijimos “nos vamos” de repente ya si había ese menú. Pero lo que cenamos nos dejó indiferentes, una pena para ser la última cena antes de regresar del Valle Sagrado.

20 de junio

Habíamos quedado a las 8 de la mañana con Hugo, el conductor que nos llevaría por el norte del Valle Sagrado hasta Ollantaytambo, y que dos días después vendría a buscarnos para regresar a Cusco. Puntualmente estaba en la puerta del hotel, que como seguía en la misma calle estrecha a la que era complicado acceder, pues dejó el coche en la Pza. de San Blas y hasta allí nos tocó ir con el equipaje.
Abandonamos Cusco por el mismo camino que había llevado el bus el día anterior, pero este día nuestro destino era Pisaq.

22 de junio

Ya bien entrada la noche llegamos de nuevo a Cusco y Hugo nos dejó en nuestro hotel, otro Tierra Viva pero esta vez en la zona cercana al Mercado de San Pedro. No tardamos en hacer el check-in y estar alojados en una amplia habitación. Y en poco tiempo salimos dispuestos a cenar y esta vez a un sitio que fue el primer restaurante en que el que cenamos el Cusco: Los Toldos. Arturo repitió cuarto de pollo asado, pero yo me pedí un cordon bleu con patatas que fui incapaz de acabar de lo grande que era.

Al terminar la cena dimos un pequeño paseo hasta la Plaza de Armas que estaba preciosa toda iluminada y así despedirnos de la bonita ciudad colonial.

23 de junio

Hoy podemos levantarnos con cierta tranquilidad. Nuestro vuelo salía de Cusco a las 11:45, por lo que nos dimos el capricho de desayunar con calma y probar todo lo que había en el buffet. Una vez cerrada la maleta bajamos a hacer el check out y avisar un taxi, pero ese día era de nuevo fiesta en el centro de Cusco y el tráfico estaba siendo complicado, de modo que salimos del hotel para parar al primer taxi que pasara y que además nos cobró menos que el que habían avisado en el hotel. En media hora estábamos entrando en el aeropuerto cusqueño para abandonar la ciudad colonial rumbo a la selva amazónica.

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Perú

Diario de viaje: Puno y el Lago Titicaca

por Cristina 10/07/2014
Puno

14 de junio – Conociendo el Lago Titicaca

Nos levantamos relativamente temprano para aprovechar el día, pero como en Perú amanece tan pronto siempre nos daba la sensación de haber remoloneado más de la cuenta. Bajamos a desayunar y para nuestro asombro en el comedor hacia un frío increíble, no había calefacción y no habían encendido las estufas. A pesar de que el desayuno era variado y rico solamente teníamos ganas de regresar a la habitación para entrar en calor.
Salimos a la ciudad con destino al lago navegable más alto del mundo, el lago Titicaca, pero primero hicimos parada en la Plaza de Armas donde se alza imponente la catedral barroca de la ciudad. Entramos a dar una vuelta por el interior y de nuevo nos encontramos con las típicas imágenes de santos con trajes recargados y pelo con tirabuzones. A mi personalmente, la parte que más me gustó de esta iglesia es la fachada.

Lago Titicaca, Puno

Para llegar hasta el muelle del lago Titicaca donde teníamos que coger el barco a los Uros podíamos hacerlo en taxi o andando, y aunque nos dijeron que estaba lejos teníamos ganas de caminar y descubrir la ciudad, de modo que emprendimos paseo por la calle que nos llevaría hasta el borde del lago.
De camino tuvimos la suerte de cruzarnos con el mercado semanal de la ciudad. En mitad de la calle cantidad de puestos de frutas, verduras y otros productos se situaban unos al lado del otro. Incluso había grupos de mujeres sentadas unas juntos a otras con su mercancía delante. Nos llamó la atención que todas estas mujeres vendían lo mismo: patatas. Eso si, no solamente la que podemos conocer en España, si no diferentes variedades de este tubérculo. Nos dijeron los nombres de varias de ellas e incluso nos explicaron como se procede al secado y salado de algunas, pero palabra que ahora no sería capaz de repetir nada de todo eso.

Lago Titicaca

Entre puestos de comida situados junto a unas inutilizadas vías del tren, continuamos nuestro camino. Nos llamaron la atención unos carteles colocados en diferentes fachadas en las que se denunciaba la inseguridad y los robos. No se si fue solamente sensación mía, pero yo creo que inconscientemente aceleramos un poco el paso, pero poco, porque en Puno no se puede hacer nada deprisa, te agotas sin darte ni cuenta.
Un poco más adelante llegamos al lago Titicaca y nos dirigimos al muelle para comprar nuestros tickets, pero antes paramos para observar la ciudad, y aunque en la foto que pongo aquí parece bonita, de verdad que a nosotros no nos lo pareció en absoluto. La vista la formaba una montaña por la que descendían casas que parecían sin acabar en la mayoría de los casos, de un color tierra que contrastaba con el increíble color azul del cielo. Eso unido a lo poco agradable que nos pareció la ciudad durante el paseo previo hizo que cambiase nuestra opinión formada la noche anterior a la luz de la luna. Y es que como decimos en España, de noche, todos los gatos son pardos.

Lago Titicaca

Al organizar el tiempo en Puno decidí que el primer día visitaríamos las más famosas de las islas del lago Titicaca: los Uros y por la tarde iríamos a otros lugares cercanos a la ciudad, para el segundo día llegar a la Península de Capachica desde donde había leído que las vistas del lago eran tan bonitas como desde Taquile con la ventaja de que no había turistas. Después de haber hecho esto puedo recomendar que si alguien tiene dos días en Puno, que el primero lo dedique a Uros-Taquile y el segundo, si no pernocta en una isla, a Capachica y Sillustani. El resto de sitios que visitamos creo que son totalmente prescindibles.
Al llegar al embarcadero directamente fuimos a comprar el ticket exclusivamente para los Uros (el barco sale con mucha frecuencia, basta que tenga a bordo un mínimo número de pasajeros), y además tuvimos que pagar un ticket para poder entrar a las islas, algo que nos contaron era para ayuda de la población de esas islas uno de cuyos medios de vida era el turismo. Nos dijeron que se visitaban dos islas de forma aleatoria pues de ese modo los turistas llegaban a todas ellas y todos los habitantes se podían beneficiar de nuestra visita. Algo más tarde nos enteramos en el barco que aproximadamente la mitad de las islas no permiten el acceso a turistas, mantienen su modo de vida ajenos a los curiosos que pasamos por allí cada día.
Subimos al barco y empezamos alejarnos de la ciudad aunque nunca llegamos a salir realmente a “lago abierto” por llamarlo de algún modo. Fuimos cruzando por zonas abiertas entre la totora hasta que llegamos a la entrada a las islas donde hubo que entregar los tickets que mostraban que habíamos pagado los 5 soles de rigor.

Lago Titicaca

Un poco más adelante se abría ante nosotros un gran espacio del lago Titicaca en torno al cual flotaban todas las islas de los Uros. Seguimos navegando hasta que llegamos a la que nos había tocado, y empezamos a bajar y pisar ese suelo lleno de largas cañas con las que los habitantes de las islas mantienen sus islas flotantes, hacen sus casa e incluso sus barcas.
Nos invitaron a todos a sentarnos en el suelo y uno de los habitantes comenzó a explicar su modo de vida, como las islas se mantienen ancladas e incluso demostrar lo que iba contando con una especie de teatrito que representaba una isla en miniatura. Y luego nos invitó a ver la artesanía que vendían en la isla.
Tengo que decir que todo lo que nos contaron me pareció curioso e interesante y que no dudo que en su momento todas esas islas estuviesen realmente habitadas. Pero la sensación que tuve en la islita que nosotros visitamos era de que allí no vivía nadie, que sencillamente llegaban cada día para contar su historia y ya está. No había comida, ni ropa tendida, ni sensación de que aquello fuese más que una representación para los turistas. Vi otras islas que justamente son las que no se pueden visitar donde las mujeres lavaban la ropa, la tendían, cocinaban… Igual me equivoco, y desde luego con mis palabras no quiero quitar mérito al trabajo, pero no puedo terminar de creer lo que me dijeron.
Aparte de esta apreciación personal, hubo una cosa que me sentó terriblemente mal. Nos contaron que tenían una barca de totora y que a quien quisiera nos llevaban a otra isla mucho más grande, con restaurantes y un mirador desde donde ver las islas desde arriba. Claro que eso era previo pago de otros 10 soles, pero bueno, pues ya que estábamos allí, pues venga, a la barca. Para empezar vimos otras a remo, pero esta iba con motor (realmente para que esforzarse si nosotros íbamos a pagar de todos modos), y segundo, la isla a la que nos llevaron me pareció una tomadura de pelo: pequeña, fea y si, con un mirador, pero desde le cual solamente se veía la propia isla. Nos tocó pasar allí además casi una hora porque unas personas del grupo que iba en nuestra barca decidieron comer y hubo que esperarlas.
Al montar de nuevo en nuestro barco le dije al capitán (no se si ese nombre es correcto para quien maneja un barco pequeño, pero no conozco otro…) que al comprar el ticket nos dijeron que nos llevarían a dos islas y solamente nos había llevado uno. Por supuesto hubo una pequeña discusión porque él decía que ya habíamos estado en dos islas, cosa que era cierto, pero no nos había llevado él. Así que como todos empezaron a unirse a lo que yo reclamaba, se desplazó unos metros y nos dejó bajar en otra isla donde solamente había ya dos mujeres y no nos hicieron ni caso.
Así que bueno, es algo que hay que conocer, pero sinceramente entre unas cosas y otras para mi fue un poco decepcionante todo el tema de las islas de los Uros.

Lago Titicaca

De nuevo en tierra firme paseamos hacia la carretera pasando por los puestos de artesanía atendidos siempre por mujeres de hablar pausado y difícil sonrisa. Compramos unos imanes para la nevera y nos fuimos en busca de Freddy, el taxista con el que habíamos contratado la visita de la tarde a Ichu y Chucuito. Y la verdad es que lo parecía interesante no lo fue tanto, fue un final decepcionante para un día que habíamos empezado con ilusión.
En primer lugar fuimos a Ichu para subir a unas pocas visitadas ruinas. Ahora sabemos que la razón de que vaya poca gente es que está muy mal señalizado todo y que no merece la pena. O al menos la increíble vista que esperábamos ver no llegó, pues se había nublado y el lago se veía de un tono oscuro y opaco.

lago Titicaca

La siguiente parada fue Chucuito, un pequeño pueblo con un templo inca a la fertilidad lleno de falos de piedra de diferentes tamaños y un par de iglesias coloniales, una de ellas con un cementerio alrededor, el cual entramos a curiosear y recibimos como regalo toparnos con un perro muerto sobre una losa… bastante desagradable, no voy a dar detalles. Grrrrrrrrrr…… Lo mejor que vimos en este pueblo fue la celebración de una boda, donde las mujeres llevaban sus mejores polleras (faldas con mucho vuelo y enaguas) y no paraban de bailar y beber cerveza. Y como cosa curiosa dos grandes cabezas de incas a las afueras del pueblo talladas en la roca.
En definitiva, que nadie cambie visitar las islas del lago por conocer estos lugares.

Lago Titicaca

Volvimos a Puno e hicimos lo mejor para intentar acabar el día mejor de lo que había sido hasta ese momento. Lo primero que hicimos fue acercarnos a La casa del corregidor, sin duda el edificio con más encanto de la ciudad. Actualmente en su interior hay tiendas y un café/restaurante con una terraza en el patio de la casa. Fue ahí donde nos sentamos a tomar nuestro primer pisco sour del viaje a Perú. Todo un descubrimiento, algo que no habíamos tomado nunca y que a partir de esa tarde bebimos cada día que podíamos como aperitivo.

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Antes de que anocheciera regresamos al hotel a terminar de abrigarnos y salir a dar una vuelta. Esa noche hizo tanto frío que me terminé comprado unos guantes en un puesto de la calle y mi única obsesión fue cenar en un sitio donde hiciera calor. Paseamos por la peatonal Jirón Lima arriba y abajo, y al final fuimos a la Plaza de Armas, donde subimos a cenar a Mojsa una de las mejores cenas del viaje. Descubrí el ají de gallina del que solo puedo decir que es un plato delicioso.
Y poco más hicimos, entre el frío y lo poco motivador de la ciudad terminamos pronto el día regresando al hotel donde me pasó algo curioso. Justo antes de dormirme sentí el corazón muy acelerado y al tomarme las pulsaciones estaban nada menos que a 110, pero lejos de quitarme el sueño pensé y razoné que aquello era sencillamente por la altura y la necesidad de mi cuerpo de llevar oxígeno a todos los órganos, así que me quedé dormida como si tal cosa, pensando en el lago Titicaca, en las islas y en el delicioso pisco sour que me había tomado un rato antes.

15 de junio

Nuevo día con un increíble cielo azul en Puno, donde después de un desayuno en el mismo comedor helado del día anterior, salimos del hotel a las 8 a.m. pues hemos quedado de nuevo con Freddy, nuestro taxista del día anterior para recorrerla Península de Capachica y los pueblos que en ella se asoman al lago Titicaca.
Salimos de Puno por calles estrechas donde asoman algunas casas que debieron ser bonitas en su día, pero que hoy están en un lamentable estado de deterioro. El resto, feo. Calles sin encanto que dan a plazas marrones que se abren a otras calles más anchas pero con casa iguales a las de cualquier otro lugar de la ciudad. Avanzamos por una carretera recta en mitad del altiplano, a un lado el lago, al otro alguna montaña. En un punto dado nos desviamos y el lago Titicaca empezó a compensarnos en este día las decepciones del día anterior.
La primera parada no programada es precisamente en la ciudad que da nombre a la Península, Capachica. Resultó que era día de mercado y no me pude resistir a bajar del taxi y pasear con Arturo para ver que se cocía a las afueras del pueblo. Vimos mujeres con trajes tradicionales y sombreros diferentes a los habíamos visto en otros sitios, los puestos estaban en el suelo y todo se coloca por zonas. Carnes, pescado, ropa… hasta hay una zona de trueque. La gente nos miraba con cierta curiosidad pero si hacer demostración de que no es habitual para ellos ver turistas en su mercado dominical. Este fue el primer regalo inesperado del día.

lago Titicaca

Lago Titicaca mercado de Capachica

Avanzamos en nuestro recorrido hacia Llachón por una carreterita en obras al borde del lago. Las vistas eran increíbles, por lo que ir despacio era un verdadero regalo. En no mucho tiempo llegamos al pequeño pueblo que era nuestro destino, el cual está situado al final de la península. Paramos en la plaza donde había apenas un puñado de gente y acordamos con Freddy que nos esperase allí mientras nosotros subíamos por ladera de la montaña para disfrutar de las prometidas vistas del lago, y luego bajábamos hasta la playita al borde del lago.
Hacía sol y una temperatura muy agradable, pero con lo que cuesta moverse a esas alturas parecía a cada paso que se nos saldría el corazón por la boca (bueno, a mi, Arturo iba más fresco que una lechuga). Con más o menos esfuerzo llegamos a la cima…y confirmo que mereció la pena. Las vistas del lago Titicaca y los alrededores eran preciosas. Sin duda era el segundo regalo de este día que se iba perfilando perfecto.

Lago Titicaca

Después de bajar hasta la playa que tiene Llachón al borde del lago Titicaca (y posterior agotadora subida) nos marchamos de este encantador lugar hacia Chifrón, otro pequeño pueblo de la Península. Para ello pasamos de nuevo por Capachica y luego llegamos a otra playa del lago Titicaca en la que al ser domingo vimos a algunas familias pasando el día e incluso algún valiente que se atrevía a meterse al agua. Dimos un pequeño paseo y nos fuimos por esas largas carreteras hacia nuestro siguiente destino: Sillustani.

DSC_0024

En el camino paramos en algunas casa muy curiosas hechas de piedra y con formas de lo más peculiar, todas con las estancias alrededor de un patio. Fuera de la mayoría de ellas había algunas llamas o alpacas. Yo iba buscando una casa en concreto para entregar una foto de otra viajera que estuvo unos años antes por allí, así que nos tocó parar en varias de ellas hasta encontrar la correcta, pero tuve que dejar las fotos a una vecina, porque los dueños estaban de fiesta (o eso nos dijeron)
Llegamos alrededor de las dos de la tarde, buena hora ya que es más tarde cuando empiezan a ocupar el lugar los grupos de turistas. El coche nos dejó en un parking y paseamos hasta la entrada de la ruinas (hay que pagar para acceder a ellas) bajo un precioso cielo azul. Y para variar, tocaba subir por la ladera de una montaña hasta las chullpas, tumbas de la cultura Kolla. En la explanada superior pudimos ver varias de estas enormes sepulturas construidas con enormes rocas. Alguna de ellas mantiene abierto la pequeña apertura que daba acceso al interior donde se encontraban los restos momificados en posición fetal del difunto.
De camino vimos rebaños de alpacas (supongo que se denominan así, como los de ovejas…) y disfrutamos de la vista desde lo alto. Al fondo hay un lago con una curiosa isla, donde una vez más los colores de tierra, cielo y agua forman una estampa increíble.

Lago Titicaca, Puno y Sillustani

Lago Titicaca

Una vez visto todo regresamos al coche, donde pude entregar otra de las fotos de “Tengo una foto para ti“, esta vez al amigo del chico de la foto. Y luego otra vez carretera hasta Puno, que de nuevo me pareció una ciudad fea, desde que entramos de nuevo en ella intenté encontrar algo bonito en sus calles, pero de verdad que me resulto imposible. La salva sin duda el lago Titicaca y azul intenso de sus aguas.
Volvimos al hotel porque ya tocaba abrigarse bien, descansamos un rato y salimos a tomar un pisco sour, esta vez en un local de Jirón Lima que se llama Colors. Cuando el hambre empezó a dar señales de vida, nos fuimos a buscar restaurante y entramos en uno de menú que estaba bastante animado, y nos pedimos unas pizzas que no eran nada del otro mundo. De las cenas de Puno, esta sin duda fue la peor.
Poco más dio de si el día, como anochece tan pronto y hace tanto frío, no apetece mucho andar buscando algún local donde tomar algo más, así que nos fuimos a preparar equipaje para nuestra salida temprano la mañana siguiente hacia Cusco.

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Perú

Diario de viaje: del Cañón del Colca a Puno

por Cristina 09/07/2014
Del Colca a Puno, Volcán Ubinas

13 de junio

Parte de la ruta que hicimos este día desde Chivay fue la misma que cuando llegamos al Colca desde Arequipa. El mismo paisaje, pero esta vez sin ninguna parada.

En Pataguas hicimos la parada obligada para reponer fuerzas, ir al baño, y en nuestro caso, para cambiar al bus que nos llevaría a Puno. Hacía bastante más aire y frío que dos días antes, así que entramos a tomarnos un mate triple de coca y así prepararnos para la altura que nos esperaba en la ciudad ubicada al orillas del lago Titicaca. Ese día jugaba España en la Copa del Mundo de Brasil, era su primer partido. Holanda era el contrincante, y justo cuando nosotros estábamos esperando la salida de nuestro transporte le metieron a España el primero de los cinco de goles que vendrían…. pero de ese resultado nos enteremos ya en nuestro destino.

Una vez en la carretera hacia Puno vimos una gran nube blanca que resultó ser la fumarola de uno de los volcanes activos peruanos, el Ubinas. Un poco más adelante pudimos parar y hacer algunas fotos, aunque por el viento la gran fumarola que habíamos visto concentrada se había convertido en una especie de nube alargada.
La siguiente parada la hicimos en un lugar llamado Lagunillas donde habitualmente hay muchas aves migratorias. Nosotros tan solo pudimos ver a lo lejos algunos flamencos y patos.

Del Colca a Puno

El resto del viaje fue bastante monótono, y además se nos hizo de noche por lo que no podíamos ver ya nada fuera del bus. Llegamos a Puno de noche, cerca de las ocho, y mientras entrábamos en la ciudad pudimos contemplar una gran y dorada luna en el cielo que se reflejaba sobre la aguas del lago Titicaca. No hay fotos, pero fijo que esa imagen no se nos olvida a ninguno de los que íbamos en el bus, pues nos mostró una ciudad que parecía mágica, con montones de casitas iluminadas en la ladera de la montaña y que a la mañana siguiente, al menos nosotros, descubrimos que la magia había desaparecido con la luz del sol.
El bus nos dejó en la Plaza de Armas pues la calle de nuestro hotel supuestamente era peatonal (pero luego entraban coches). Caminamos hasta otro Tierra Viva en el que íbamos a pasar tres noches, y sorpresa de bienvenida: nos dicen que nos han asignado una habitación superior en lugar de la standard que habíamos reservado. Mientras se hacía el check-in, aprovechamos para tomar un mate de coca disponible todo el día para los clientes del hotel, y luego subimos a la habitación a dejar el equipaje, abrigarnos y salir a cenar.

Del Colca a Puno Hotel Tierra Viva

Bien abrigamos salimos a la calle, y aún así yo tenía frío. La temperatura en Puno durante el invierno cae en picado, y estar a cero grados o menos es habitual por la noche.
La calle más turística de la ciudad estaba a escasos metros del hotel, y allí es donde podíamos encontrar un lugar para cenar. Paseamos un poco en busca de alguno que nos cuadrase más, y al final encontramos en La Hacienda, y local con luz tenue, velas, un horno y en el que al menos no hacía demasiado frío. Yo cené un menú de tres platos por 15 soles entre los cuales había un crema de champiñón bien caliente, gracias a la cual conseguí entonar el cuerpo. Arturo se decantó por una pizza que sin ser gran cosa le supo a gloria.
Al salir poco más había que hacer, salvo descansar para la jornada del día siguiente que resultó mucho menos interesante de lo que yo hubiera querido.

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