En nuestro viaje a Myanmar había un buen número de lugares de obligada visita y luego otros digamos opcionales. Si nos cuadraba en tiempo e itinerario, los iríamos incluyendo.
El Monte Popa era uno de estos lugares y como íbamos a disponer de tiempo suficiente en Bagan organizamos para ir una mañana a este monte que se eleva casi 800 metros sobre la planicie birmana.
Salimos de la ciudad de la pagodas con un sol radiante, pero según nos íbamos acercando a nuestro destino, la niebla se convirtió en nuestra compañera de viaje. Aún así pudimos hacer una parada para contemplar en la distancia el monte y disfrutar de la que sin duda es la mejor perspectiva del lugar.
El Monte Popa es el más importante lugar de culto a los nat (seres espirituales con la capacidad de proteger o hacer daño a los hombres) en todo el país, por lo que es un importante lugar de peregrinación. No se puede acceder a lugar con ropa negra ni roja, tampoco con objetos de piel. Y nada de hablar mal de nadie ni con palabras malsonantes si no se quiere provocar la ira de los nats.
Una de la razones de visitar este lugar era conocer la pagoda que se alza en lo más alto del monte desde la que habíamos leído que las vistas eran merecedoras de la casi media hora de ascenso por la empinada escalinata. Cuando llegamos a la base de la montaña, ya intuimos que vistas tendríamos pocas, pues además de la niebla que rodeaba el monte, estaba empezando a lloviznar. Pero ya que estábamos allí, habría que subir de todos modos.
Antes de bajar del coche otra de las cosas que comprobamos es que los monos sobre los que habíamos leído campaban a sus anchas por la pequeña localidad que se ha formado a los pies del monte.
El conductor del coche que nos había llevado hasta allí nos dejó justo en la entrada al Monte. Suponíamos que había que descalzarse, pero el conductor nos dijo que no, que podíamos entrar calzados. Así que cogimos nuestra mochila con los chubasqueros y la cámara de fotos y nos dispusimos a comenzar el ascenso.
Pero….¡¡¡horror!!! Según me acerqué a la puerta por la teníamos que entrar a la escalera el olor a pis era tan horrible y desagradable que me dieron ganas de vomitar. Yo no soy asquerosa y hago de tripas corazón habitualmente. No me importa descalzarme, ni probar cosas nuevas, ni dejo de ver lugares porque huela “ligeramente” mal. Pero es que lo de ese lugar era insoportable hasta el punto de que le dije a Arturo que yo no subía. El suelo estaba mojado, el olor del pis, había cacas de mono por todas las escaleras…. Pero él me hizo entrar en razón y me dijo que era un lugar al seguramente no íbamos a volver, que ya que estábamos allí teníamos que hacer de tripas corazón y subir para ver la pagoda. Así que dicho y hecho, uno a uno fuimos subiendo escalones y parando en los pequeños santuarios que albergaban algunos nats (para entrar si que había que descalzarse).
Más o menos animada seguía a Arturo por aquella asquerosa escalera, pensando que al menos podía llevar puestas las sandalias cuando…. ¡¡¡¡equivocación!!! Podíamos ir calzados hasta un punto, pero a partir de ahí tocaba dejar los pies al aire y continuar descalzos. De nuevo momento de tensión, otra vez empecé a notar el olor a orines y a ver cacas por todos los rincones. De nuevo Arturo se sentó a mi lado y me animo a continuar.
Bien, fuera zapatos…. y que algún nat reparta suerte para no terminar tirados en el suelo tras escurrirnos en las escaleras mojadas de lluvia y pis.
Ya sin zapatos comenzamos el ascenso por unos escalones de baldosas super escurridizas. Que digo yo, que en un país con épocas de tanta lluvia, ¿de quién habrá sido la idea de utilizar ese material? Durante toda la subida nos cruzamos con trabajadores secando con fregonas el suelo, o al menos intentando quitar la cantidad de agua que había en algunos lugares. Claro, mejor no pensar el estado de dichas fregonas…. digamos sencillamente que eran lo más alejado a nuestro concepto de limpieza.
Teníamos que subir con más cuidado esquivando monos con caras de pocos amigos, sus cacas y pegados a la barandilla para poder agarrarnos y evitar caernos. Y el olor a pis igual de intenso que al principio. (Me pregunto como puedo salir en la foto de abajo con una sonrisa cuando lo que quería era gritar y salir de allí).
Según íbamos ganando altura la temperatura iba bajando, los escalones estaban más fríos, los pies se nos quedaban helados, yo quería caminar de puntillas del asco que me daba y Arturo me regañaba e insistía en que plantara todo el pie o me iba a terminar cayendo. Justo me decía eso cuando dos turistas que bajaban se escurrieron en los escalones encharcados y una de ellas se pegó tal golpe que en poco minutos tenía el brazo completamente amoratado. Las encontramos de nuevo a la bajada y no tenían ni una buena palabra para el sagrado Monte Popa.
Por fin llegamos a lo más alto del lugar, a la pagoda. Tal y como ya imaginábamos vista no había ninguna. La niebla era tan densa que apenas podíamos distinguir bien unos metros más allá. La sensación que tuve es que sin vistas, el lugar no vale nada. En el viaje por Myanmar vimos muchas pagodas más grandes, más bonitas y con tanta historia como la del Monte Popa. Subir todos esos escalones para mi no había merecido la pena, había sido más bien un suplicio sin recompensa final.
Arriba nos encontramos con un grupo de birmanos que habían acudido allí en peregrinación y que rápidamente nos pidieron fotografiarse con nosotros. Primero con Arturo, luego conmigo, después los dos… Fue una larga sesión de retratos, pero eran tan agradables que no fuimos capaces de decir que no.
Nos quedaba volver sobre nuestros pasos. Otra vez esos escalones sucios y malolientes, los monos que a mi me parecían cada vez más atrevidos y agresivos… No veía el momento de llegar abajo y olvidarme de ese lugar que tan poco me estaba gustando. Entonces uno de esos monos empezó a tirarme del pantalón y en vista de que yo no le hacía ni caso, de un salto se subió a mi cabeza… Se me juntó el susto con el asco y comencé a levantar la voz cada vez más angustiada y nerviosa, hasta que vino una de las personas que vigilan que los monos no ataquen a los peregrinos y le espanto con solo enseñarle un largo palo… Y a todo esto, Arturo haciendo una foto… Creo que no llegó a ser consciente del mal momento que yo estaba pasando.
Cuando por fin llegamos al lugar donde poder calzarnos no daba a basto con las toallitas húmedas para limpiarme los pies. Solamente quería salir de allí y llegar al hotel para darme un ducha de agua bien caliente y quitarme de encima ese olor a pis y excrementos de mono que tenía la sensación de llevar pegado al cuerpo.
Aún hoy, con el paso de ese tiempo que suele convertir hasta los peores recuerdos en simples anécdotas, el Monte Popa continúa siendo uno de mis peores recuerdos viajeros. No creo que aunque regresara a Myanmar y tuviera garantía de disfrutar de un sol espléndido volviera a subir allí… pero nunca se sabe, los viajeros estamos un poco locos y somos capaces de probar suerte una y otra vez hasta que las cosas pintan como a nosotros nos gustan.



Poco más hicimos ese día porque anochece muy pronto, a las seis, y había que regresar al campamento antes de que oscureciera del todo. La cena era a las 19:30, de modo que tuvimos tiempo de volver a la cabaña en la que a partir de las cinco de la tarde había luz y ventilador (imprescindible, gracias a él pudimos ducharnos y no estar empapados de nuevo a los cinco minutos). Nos duchamos con agua fría, pues a pesar de que en la página web del lodge pone que hay agua caliente, resulta que solamente es en algunas cabañas, y la nuestra no era de esas. Nos pusimos ropa limpia y nos acercamos a las zonas comunes donde había una mesa de ping-pong, y acompañados de una cerveza fresquita jugamos unas partidas (Arturo ganó todas…. que vergüenza). Yo creo que aguantamos allí porque la mesa estaba justo debajo de un ventilador, porque de verdad, tela el calor que hacía. A la hora de la cena la gente estaba ya como loca por entrar al comedor, así que no íbamos a quedarnos los últimos. Allá fuimos y esa noche lo único que recuerdo es que la cena nos la fueron sirviendo en la mesa, que estaba todo bueno y que el postre era un dulce delicioso.
Desde la orilla pudimos ver una anaconda en el agua, junto a la barca en la íbamos a subir para recorrer el pequeño lago. Fue tan rápido y me quedé tan sorprendida por la presencia del reptil que cuando quise pensar “voy a hacer una foto” no conseguí ni que saliera enfocada, y al momento la serpiente desapareció… Pero la vi, y eso el lo que cuenta.

Volvimos sobre nuestros pasos para regresar a la barca y mientras cruzábamos la gran zona de arena aprovecha para caminar descalza mientras mis pies se hundían en la cálida superficie arenosa a la vez que contemplaba el bonito color en el horizonte mientras el sol se iba poniendo.

Tardamos hora y media en regresar al lodge sudorosos y cansados, y con el disgusto de que Rosita había desaparecido. Todo el tiempo iba con nosotros, y la última en verla fui yo, pero al aviar a David de que no nos seguía me dijo que no pasaba nada, que ya nos alcanzaría… Espero que al día siguiente la encontraran, porque hasta donde yo se no apareció.









Aunque me sentí feliz de estar arriba y lo volvería hacer, tengo que reconocer que la vista de Machu Picchu desde lo alto está a años luz de la que se tiene desde abajo, es algo completamente distinto pero no se aproxima ni de lejos a la belleza de la imagen más conocida de la ciudad inca.



