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ExperienciasMyanmar

Monte Popa: una visita para olvidar

por Cristina 23/07/2014

En nuestro viaje a Myanmar había un buen número de lugares de obligada visita y luego otros digamos opcionales. Si nos cuadraba en tiempo e itinerario, los iríamos incluyendo.
El Monte Popa era uno de estos lugares y como íbamos a disponer de tiempo suficiente en Bagan organizamos para ir una mañana a este monte que se eleva casi 800 metros sobre la planicie birmana.
Salimos de la ciudad de la pagodas con un sol radiante, pero según nos íbamos acercando a nuestro destino, la niebla se convirtió en nuestra compañera de viaje. Aún así pudimos hacer una parada para contemplar en la distancia el monte y disfrutar de la que sin duda es la mejor perspectiva del lugar.
El Monte Popa es el más importante lugar de culto a los nat (seres espirituales con la capacidad de proteger o hacer daño a los hombres) en todo el país, por lo que es un importante lugar de peregrinación. No se puede acceder a lugar con ropa negra ni roja, tampoco con objetos de piel. Y nada de hablar mal de nadie ni con palabras malsonantes si no se quiere provocar la ira de los nats.

Una de la razones de visitar este lugar era conocer la pagoda que se alza en lo más alto del monte desde la que habíamos leído que las vistas eran merecedoras de la casi media hora de ascenso por la empinada escalinata. Cuando llegamos a la base de la montaña, ya intuimos que vistas tendríamos pocas, pues además de la niebla que rodeaba el monte, estaba empezando a lloviznar. Pero ya que estábamos allí, habría que subir de todos modos.
Antes de bajar del coche otra de las cosas que comprobamos es que los monos sobre los que habíamos leído campaban a sus anchas por la pequeña localidad que se ha formado a los pies del monte.

Monte PopaEl conductor del coche que nos había llevado hasta allí nos dejó justo en la entrada al Monte. Suponíamos que había que descalzarse, pero el conductor nos dijo que no, que podíamos entrar calzados. Así que cogimos nuestra mochila con los chubasqueros y la cámara de fotos y nos dispusimos a comenzar el ascenso.
Pero….¡¡¡horror!!! Según me acerqué a la puerta por la teníamos que entrar a la escalera el olor a pis era tan horrible y desagradable que me dieron ganas de vomitar. Yo no soy asquerosa y hago de tripas corazón habitualmente. No me importa descalzarme, ni probar cosas nuevas, ni dejo de ver lugares porque huela “ligeramente” mal. Pero es que lo de ese lugar era insoportable hasta el punto de que le dije a Arturo que yo no subía. El suelo estaba mojado, el olor del pis, había cacas de mono por todas las escaleras…. Pero él me hizo entrar en razón y me dijo que era un lugar al seguramente no íbamos a volver, que ya que estábamos allí teníamos que hacer de tripas corazón y subir para ver la pagoda. Así que dicho y hecho, uno a uno fuimos subiendo escalones y parando en los pequeños santuarios que albergaban algunos nats (para entrar si que había que descalzarse).
Más o menos animada seguía a Arturo por aquella asquerosa escalera, pensando que al menos podía llevar puestas las sandalias cuando…. ¡¡¡¡equivocación!!! Podíamos ir calzados hasta un punto, pero a partir de ahí tocaba dejar los pies al aire y continuar descalzos. De nuevo momento de tensión, otra vez empecé a notar el olor a orines y a ver cacas por todos los rincones. De nuevo Arturo se sentó a mi lado y me animo a continuar.

Bien, fuera zapatos…. y que algún nat reparta suerte para no terminar tirados en el suelo tras escurrirnos en las escaleras mojadas de lluvia y pis.

Ya sin zapatos comenzamos el ascenso por unos escalones de baldosas super escurridizas. Que digo yo, que en un país con épocas de tanta lluvia, ¿de quién habrá sido la idea de utilizar ese material? Durante toda la subida nos cruzamos con trabajadores secando con fregonas el suelo, o al menos intentando quitar la cantidad de agua que había en algunos lugares. Claro, mejor no pensar el estado de dichas fregonas…. digamos sencillamente que eran lo más alejado a nuestro concepto de limpieza.
Teníamos que subir con más cuidado esquivando monos con caras de pocos amigos, sus cacas y pegados a la barandilla para poder agarrarnos y evitar caernos. Y el olor a pis igual de intenso que al principio. (Me pregunto como puedo salir en la foto de abajo con una sonrisa cuando lo que quería era gritar y salir de allí).

Nats en el Monte PopaSegún íbamos ganando altura la temperatura iba bajando, los escalones estaban más fríos, los pies se nos quedaban helados, yo quería caminar de puntillas del asco que me daba y Arturo me regañaba e insistía en que plantara todo el pie o me iba a terminar cayendo. Justo me decía eso cuando dos turistas que bajaban se escurrieron en los escalones encharcados y una de ellas se pegó tal golpe que en poco minutos tenía el brazo completamente amoratado. Las encontramos de nuevo a la bajada y no tenían ni una buena palabra para el sagrado Monte Popa.
Por fin llegamos a lo más alto del lugar, a la pagoda. Tal y como ya imaginábamos vista no había ninguna. La niebla era tan densa que apenas podíamos distinguir bien unos metros más allá. La sensación que tuve es que sin vistas, el lugar no vale nada. En el viaje por Myanmar vimos muchas pagodas más grandes, más bonitas y con tanta historia como la del Monte Popa. Subir todos esos escalones para mi no había merecido la pena, había sido más bien un suplicio sin recompensa final.
Arriba nos encontramos con un grupo de birmanos que habían acudido allí en peregrinación y que rápidamente nos pidieron fotografiarse con nosotros. Primero con Arturo, luego conmigo, después los dos… Fue una larga sesión de retratos, pero eran tan agradables que no fuimos capaces de decir que no.

Monte PopaNos quedaba volver sobre nuestros pasos. Otra vez esos escalones sucios y malolientes, los monos que a mi me parecían cada vez más atrevidos y agresivos… No veía el momento de llegar abajo y olvidarme de ese lugar que tan poco me estaba gustando. Entonces uno de esos monos empezó a tirarme del pantalón y en vista de que yo no le hacía ni caso, de un salto se subió a mi cabeza… Se me juntó el susto con el asco y comencé a levantar la voz cada vez más angustiada y nerviosa, hasta que vino una de las personas que vigilan que los monos no ataquen a los peregrinos y le espanto con solo enseñarle un largo palo… Y a todo esto, Arturo haciendo una foto… Creo que no llegó a ser consciente del mal momento que yo estaba pasando.

Cuando por fin llegamos al lugar donde poder calzarnos no daba a basto con las toallitas húmedas para limpiarme los pies. Solamente quería salir de allí y llegar al hotel para darme un ducha de agua bien caliente y quitarme de encima ese olor a pis y excrementos de mono que tenía la sensación de llevar pegado al cuerpo.

Aún hoy, con el paso de ese tiempo que suele convertir hasta los peores recuerdos en simples anécdotas, el Monte Popa continúa siendo uno de mis peores recuerdos viajeros. No creo que aunque regresara a Myanmar y tuviera garantía de disfrutar de un sol espléndido volviera a subir allí… pero nunca se sabe, los viajeros estamos un poco locos y somos capaces de probar suerte una y otra vez hasta que las cosas pintan como a nosotros nos gustan.

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PerúPerú

Itinerario en Perú, tres semanas en el país de los incas

por Cristina 18/07/2014
Itinerario en Perú

Nosotros elegimos junio como mes para viajar a Perú porque, a pensar de ser el mes en el que comienza el invierno y las temperaturas en algunas zonas pueden ser bastante frías sobre todo por la noche, es la época seca. Y aunque el tiempo está un poco loco, al menos las posibilidades de lluvia son menos. Tocó leer mucho pues se trata de un destino con multitud de lugares de interés, pero finalmente nos decidimos centrar el viaje en la zona sur del país. Este fue nuestro itinerario en Perú para las tres semanas que pasamos en el país:

9 junio

Salida de Madrid con destino Lima. En lugar de quedarnos en la capital de Perú decidimos de antemano coger vuelo a Arequipa, de ese modo evítamos tener que pernoctar dos veces en nuestra Lima. Llegamos aún temprano a nuestro hotel Tierra Viva y aún tuvimos muchas horas para ir descubriendo con calma la ciudad e ir habituándonos al mal de altura.

10 junio

Día completo en Arequipa, la ciudad blanca de Perú. Paseamos por su Plaza de Armas, conocimos el Monasterio de Santa Catalina y vimos de cerca a la momia Juanita en el Museo de los Santuarios Andinos.

11 junio

Abandonamos Arequipa rumbo al Cañón del Colca, lo hacemos con una excursión organizada que se encarga del transporte y de las visitas durante nuestra estancia en esa zona. Hacemos varias paradas para ver vicuñas, alpacas y las vistas desde el mirador de los volcanes. Sin embargo nosotros nos alojamos en Yunque cuando el resto del grupo que nos acompaña se queda en Chivay. Aprovechamos la tarde para conocer el pueblo y hacer una caminata por los alrededores.

12 junio

Día completo en el Cañón del Colca. Por la mañana temprano nos vamos hacia la Cruz del Condor parando en el camino para visitar Maras y algunos miradores. La tarde, para conocer probar la Inka Cola, jugar con las llamas del pueblo y descubrir como son los cementerios en esta zona de Perú.

13 junio

Tenemos varias horas por la mañana antes de que nos recogan para salir con rumbo a Puno, de modo que aprovechamos para dar un paseo a caballo y disfrutar del sol y el maravilloso paisaje de la zona. Más tarde conocemos Chivay y antes de llegar a Puno vimos el volcán Ubinas con una gran fumarola y un bonito enclave llamado Lagunillas. Ya de noche entrábamos en Puno, ciudad que encontramos iluminada por una luna llena que se reflejaba en el lago Titicaca.

14 junio

Este primer día en Puno fuimos a visitar la Catedral, las islas de los Uros en el lago Titicaca, pasamos por el atractivo mercado de la ciudad y por la tarde nos acercamos a Ichu y Chucuito. En esta último vimos la celebración de varias bodas, algo muy alejado de aquello a lo que estamos acostumbrados en España.

15 junio

Teniendo como base Puno contratamos los servicios de un taxi para llegar a la península de Capachica, un lugar precioso y alejado (al menos de momento) del turismo masivo. Allí disfrutamos de unas impresionantes vistas del lago Titicaca desde Llachón, vimos una playa en Chifrón e hicimos un buen número de fotos del mercado de Capachica. Antes de regresar a Puno paramos en Sillustani donde vimos las tumbas de la cultura Kolla.

16 junio

Abandonamos en autobús la ciudad de Puno para empezar a descender hacia Cusco. Llegamos al comienzo de la tarde, con tiempo justo para dejar las cosas en el hotel y salir a dar una vuelta por una de la ciudades coloniales más bonitas de América.

17 junio

Nuestro primer día en Cusco lo dedicamos a visitar la Plaza de Armas, algunas iglesias, mercados y subir hasta la Iglesias de San Cristobal para disfrutar de las bonitas vistas del conjunto de la ciudad.

18 junio

La segunda jornada en la ciudad de Cusco la empezamos en Qorikancha, los restos del templo más ricos del imperio inca. Seguimos visitando algunos museos de la ciudad ubicados en antiguas casas coloniales y viendo como se celebra en la ciudad con distintas procesiones la fiesta del Corpus.

19 junio

Día dedicado a conocer la ruinas incas en las cercanías de Cusco. En autobús fuimos hasta el recinto más alejado de la ciudad, Tambomachay, y desde allí caminamos de regreso los 8 kilometros que separan Cusco de ese lugar aprovechando para conocer Pukapukara, Q’endo y Sacsayhuamán.

20 junio

Dejamos atrás Cusco para adentrarnos en el Valle Sagrado de los Incas. Para ellos contratamos un taxi y así podíamos parar donde nos parecíara. Dedicamos la mañana a conocer las ruinas incas de Pisac, hicimos todo el recorrido andando para llegar a uno de los más atractivos mercados peruanos. Acabamos el día en Ollantaytambo, ciudad en la que íbamos a pasar dos noches.

21 junio

Un buen madrugón para coger el tren que nos llevaría a Aguas Calientes, lugar en el que cogimos un autobús para subir a las ruinas incas más famosas del mundo: Machu Picchu. Pasamos allí casi todo el día, regresando a Aguas Calientes con el tiempo justo de beber una cerveza antes de volver a subir al tren que nos llevaría a Ollantaytambo.

22 junio

Aprovechamos la mañana para conocer la preciosa Ollantaytambo antes de salir hacia Cusco. En esta ocasión la ruta fue por el sur del Valle Sagrado, y paramos en Maray, Salinas y Chinchero, uno de los lugares de Perú que me conquisto.

23 junio

Cambio radical de escenario. Abandonamos la historia y las ciudades para volar a la selva. Nuestro destino: Puerto Maldonado, a orillas del río Madre de Dios.

24 y 25 junio

Dos días completos en la selva. Calor, humedad, caminatas, monos, chaparrones, fantásticas puestas de sol y un cielo con más estrellas de las que uno pueda imaginar fueron nuestros compañeros esas jornadas.

26 junio

Se acerca el final del viaje y volvemos en avión a Lima. Antes de coger el vuelo tenemos tiempo para dar una vuelta por Puerto Maldonado y para variar acabamos perdidos en un mercado en el que se vendían alimentos a los que no fuimos capaces de poner nombre. Al caer la tarde llegamos a la capital peruana donde pasamos nuestra última noche en Perú.

27 junio

Por la mañana aprovechamos para conocer el casco antiguo de Lima, con su Plaza de Armas, la Catedral, algunos conventos y varias casas coloniales. Nuestro vuelo sale a última hora de la tarde por lo que pudimos disfrutar con cierta calma de nuestro último día en el país.

Dudamos al organizar este itinerario en Perú si incluir Trujillo o Nazca, pero finalmente nos decantamos por la húmeda selva peruana. Fue una ruta bastante completa que pudimos hacer cómodamente y disfrutando con tranquilidad de cada lugar visitado.

Para saber que hicimos en cada ciudad, solamente tenéis que leer nuestro diario de viaje por Perú.

Y si queréis viajar a Perú y tenéis muchas duda, consultad mi Guía de viaje de Perú. Seguro que os aclara bastantes cosas.

 

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Perú

Qué ver en Lima en 1 día

por Cristina 17/07/2014

Después del vuelo desde Puerto Maldonado con parada una parada técnica en Cusco para que subieran pasajeros llegábamos a la capital peruana. Desde el aire fuimos viendo como el paisaje iba cambiando debajo de nosotros hasta que en un momento dado estábamos volando sobre el Océano Pacífico para luego girar y descender para aterrizar en el aeropuerto de la capital peruana. En breve íbamos a conocer todos los lugares que ver en Lima.

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Perú

Diario de viaje: Puerto Maldonado y la selva del Amazonas

por Cristina 16/07/2014
Puerto Maldonado

23 de Junio – Puerto Maldonado

Ese día nuestro vuelo con destino Puerto Maldonado salió del Cusco pasadas las doce del mediodía. Íbamos con algo de retraso y el aeropuerto cusqueño es tan pequeño que los minutos se hacen pesados pues hay poco que hacer y además a esa hora había bastantes vuelos programados, por lo que tan siquiera era sencillo encontrar un asiento donde descansar, y pasear era poco más que dar vueltas alrededor de las tiendas que hay en el centro de la zona de embarque.

Una vez en el avión nos dispusimos a disfrutar de las vistas que ofrece Perú desde el aire, pero durante la primera parte del vuelo estuvo bastante nublado, por lo que vimos menos montañas y valles de lo que hubiéramos deseado. Más llegó un momento en el que las nubes empezaron a desaparecer casi llegando a Puerto Maldonado y el paisaje que teníamos debajo nos encandiló: árboles hasta la linea del horizonte atravesados por serpenteantes cursos de agua de color marrón. Era la selva amazónica en la que pasaríamos los siguientes tres días.

Puerto Maldonado

El vuelo duró apenas una hora, al llegar a Puerto Maldonado y bajar de avión en mitad de la selva lo primero que sentimos fue un tremendo y húmedo calor que nos iba a acompañar los siguientes días.
En la calle nos estaba esperando David, el que sería nuestro guía durante la estancia en el EcoAmazonia Lodge. Nos acompañó a un bus abierto donde ya esperaban otras personas, unos brasileños y otros australianos, y todos juntos emprendimos camino hacia el embarcadero desde donde llegaríamos en barca hasta nuestro alojamiento. En el camino nos pararon en una tienda de comestibles y nos dijeron que podíamos comprar lo que necesitáramos, como agua o aperitivos, pues en el lodge no podríamos adquirir nada de comer. Y tontos de nosotros, picamos. El agua (que pagamos casi a precio de cerveza) no vino bien, pero los snacks no sirvieron de nada, pues realmente hay comida de sobra en el lodge y no necesitas nada más…

Se suponía que antes de embarcar y partir hacia la selva íbamos a pasar por las oficinas de EcoAmazonia en Puerto Maldonado y dejar allí parte del equipaje, pues nos dijeron que por cuestión de espacio no se podía llevar más que una maleta pequeña o una mochila por persona. Nosotros habíamos organizado para llevar solamente un trolley pequeño con todo lo necesario para los dos, pero el resto de gente que venía no lo sabían y tuvieron que reorganizar todo su equipaje. Pero les tocó hacerlo bajo un techado junto al embarcadero, pues al llegar tarde nuestro vuelo desde Cusco íbamos un poco justos de tiempo. Así que allí abandonamos todos nuestras cosas para correr cuesta abajo hacia la barca que nos llevó durante dos horas a través del río Madre de Dios por mitad de la selva hasta el que sería nuestro alojamiento las siguientes tres noches.

Nada más subir a la barca nos tuvimos que poner un salvavidas. Afortunadamente íbamos deprisa y bajo techo, de modo que a pesar del calor no se hacía incómodo llevar puesta esa prenda naranja y que no traspiraba. Al principio el viaje era entretenido, íbamos pendientes de todo, pero después de media hora ya era siempre lo mismo: árboles, árboles y más árboles. Y dos horas de ese modo.

Puerto Maldonado

Cuando bajamos de la barca había pasado la hora de la comida en el lodge, por lo que nos dijeron que antes de ir a las habitaciones pasáramos al comedor y así el personal podría recoger pues éramos los que faltaban por comer. Atravesamos el gran espacio de la recepción desde una puerta daba al bar y la otra al comedor, todo sin ventanas y con mosquiteras. Pero ni luz ni por mucho menos un ventilador que aliviara el calor que hacía a esa hora. Pedimos agua para acompañar la comida y nos servimos de lo que había en el buffet, no era muy variado pero todo me supo bien.

Una vez terminada la comida nos adjudicaron las habitaciones y nosotros tuvimos la “buena suerte” de que nos correspondió la más alejada a las zonas comunes. Con nuestro mini equipaje allá fuimos, nos habían dicho en recepción que era la mejor del complejo… así que nos quedamos de piedra cuando entramos y nos encontramos con un fuerte olor a humedad, una bañera con agua estancada y un inodoro sucio. Salimos de la cabaña más deprisa de lo que habíamos entrado y me fui a recepción a pedir otra habitación y explicar el estado en el que estaba esa. Me dieron la llave de un par de ellas y al final nos quedamos con la cabaña “Serpiente”. No era una maravilla, seguía oliendo a humedad, pero al menos parecía más limpia que la otra, aunque al no haber luz eléctrica era complicado tener claro el estado de limpieza del cuarto. Tuvimos el tiempo justo de lavarnos las manos y salir corriendo porque a las 15:30 salíamos atravesando la selva hacia un lago con el resto del grupo.

Conocimos a Rosita, un monito encantador que acompañaba a nuestro guía a todas partes y a partir de ese momento fue uno más del grupo. El calor era intenso, la ropa se nos iba pegando, pero aguantamos el tirón hasta que llegamos al espacio abierto donde estaba el lago con un pequeño mirador con bancos donde pudimos descansar y contemplar algunos caimanes pequeños que había cerca.Puerto MaldonadoPoco más hicimos ese día porque anochece muy pronto, a las seis, y había que regresar al campamento antes de que oscureciera del todo. La cena era a las 19:30, de modo que tuvimos tiempo de volver a la cabaña en la que a partir de las cinco de la tarde había luz y ventilador (imprescindible, gracias a él pudimos ducharnos y no estar empapados de nuevo a los cinco minutos). Nos duchamos con agua fría, pues a pesar de que en la página web del lodge pone que hay agua caliente, resulta que solamente es en algunas cabañas, y la nuestra no era de esas. Nos pusimos ropa limpia y nos acercamos a las zonas comunes donde había una mesa de ping-pong, y acompañados de una cerveza fresquita jugamos unas partidas (Arturo ganó todas…. que vergüenza). Yo creo que aguantamos allí porque la mesa estaba justo debajo de un ventilador, porque de verdad, tela el calor que hacía. A la hora de la cena la gente estaba ya como loca por entrar al comedor, así que no íbamos a quedarnos los últimos. Allá fuimos y esa noche lo único que recuerdo es que la cena nos la fueron sirviendo en la mesa, que estaba todo bueno y que el postre era un dulce delicioso.

Después de cenar nos fuimos todos al embarcadero desde donde salimos a mitad del río en busca de caimanes, aunque a mi lo que de verdad me impresionó fue silencio que nos rodeaba, tan solo se escuchaba el sonido de la selva. Y lo más increíble aquel cielo cuajado de estrellas. Un momento de esos especiales que uno se lleva para siempre en la mochila.

De vuelta al lodge poca cosa se podía hacer: ojear algunos libros sobre la selva en el lobby, ir a las hamacas junto al río, jugar al ping-pong o al billar… y ya está. No había tele ni mucho menos internet (lo cual es un descanso que yo agradecía y que me hizo ver lo bien que estoy sin móvil) Ir a la cabaña donde a pesar del ventilador aún hacía más calor que en los espacios abiertos tampoco era buen panorama. Así que aguantamos paseando y rociados en repelente de mosquitos, pero estábamos cansados y antes de las diez estámos en la cama, tumbados debajo del ventilador que sabíamos que se pararía en cuando dieran las diez y que todo quedaría a oscuras hasta que comenzara a amanecer.

Lo cierto es que por la noche hacia calor, pero según pasaban las horas iba refrescando, hasta el punto de que un poco antes de amanecer yo tuve que taparme incluso con la colcha. Momentos de placer antes del “sufrimiento” por las altas temperaturas que tendríamos durante el día.

24 de junio

Esa mañana nos despertó el sonido de la selva, las aves saludaban el día que comenzaba para ellas y para nosotros, porque tocaba desayunar para salir a recorrer la selva por trochas preparadas para ello. Salimos todos rumbo al Lago Apu Victor, íbamos acompañados de Rosita que se pasó el camino de mano en mano según la apetecía más estar con unos u otros. Por el camino vimos tarántulas muertas, y David, el guía, con un palo largo y fino invitaba a alguna a salir de sus nidos, y lo consiguió más de una vez. También nos enseño a sobrevivir en la selva: de donde sacar gusanos comestibles, que plantas se pueden comer, como conseguir agua… Confieso que si mañana me perdiera en mitad de la selva del Amazonas me moriría de hambre y de sed, porque no recuerdo como conseguir nada de todo aquello, además del miedo que me daría estar allí sola escuchando a vete a saber que animales alrededor….. Grrrrrr….. miedito solo pensarlo.Puerto MaldonadoDesde la orilla pudimos ver una anaconda en el agua, junto a la barca en la íbamos a subir para recorrer el pequeño lago. Fue tan rápido y me quedé tan sorprendida por la presencia del reptil que cuando quise pensar “voy a hacer una foto” no conseguí ni que saliera enfocada, y al momento la serpiente desapareció… Pero la vi, y eso el lo que cuenta.

Dimos un paseo a pleno sol por el lago, era bonito, pero íbamos abrasados por el sol, y al final solamente eran árboles por todas partes y como mucho vimos unas tortugas o unas garzas volando sobre nosotros. Pero la selva es así, y como no es un zoo, pues los animales salen cuando quieren y lo normal es que no lo hagan cuando hay gente cerca.

Otra vez en la orilla subimos a lo alto de una mirador desde el que tuvimos una bonita vista del lago y los alrededores. La selva llegaba a la linea del horizonte, jamás en mi vida me había sentido rodeada de naturaleza hasta ese punto. Como cosa curiosa, decir que aquí ya no nos costaba nada subir escaleras, habíamos vuelto al modo “poca altura” al que nuestro cuerpo está acostumbrado y si algo nos costaba trabajo era por el calor, ya no por la altura.

Puerto Maldonado

Regresamos al campamento donde aún quedaba tiempo para la hora de comer, así que como había una piscina grande y rodeada de mosquiteras decidimos darnos un baño. Arturo se bañó, pero yo después de llegar hasta allí con el bañador puesto decidí no meterme al agua: estaba tan sucia que se me quitaron las ganas de un chapuzón. El fondo estaba cubierto de una especia de pelusa negra, y el agua totalmente turbia, así que mi gozo en un pozo. Me di un ducha y andando.

A las una era la comida, y nos fuimos bastante hambrientos al comedor. Era de nuevo buffet, y esta vez había arroz, sopa (muy apropiada para esos calores) y dos tipos de carne. Y de postre fruta. Todo estaba bueno, no para tirar cohetes, pero si bastante decente. Con la tripa llena y el calor que hacía en la calle no me apetecía nada estar fuera hasta las tres y media que era la hora a la que saldríamos para la siguiente excursión a la Isla de los Monos, así que nos fuimos a la cabaña con la inteción de dormir un rato. Como no había luz a esa hora, pues nada de ventiladores. Me di una ducha y me tumbé en la cama, y a pesar de que empecé a sudar al momento estaba tan cansada que me quedé completamente dormida hasta que Arturo me avisó para vestirnos y salir.

Era la hora acordado cuando subíamos todos a la barca para cruzar el río Madre de Dios hasta la isla de los monos situada justo enfrente de nuestro alojamiento. Al llegar bajamos a una especie de playa de arena fina que en ese momento estaba seca y cuarteada después de la bajada del río tras la época de lluvias. Tuvimos que caminar bajo el sol unos metros que a todos se nos hicieron interminables, alguno hasta se quitó la camiseta para convertirla en un sombrero. Veíamos los árboles frente a nosotros pero parecía que nunca llegábamos a ellos. Cuanto por fin los alcanzamos caminamos por la selva hasta un claro donde parecía que un montón de monos estuviera esperando que llegáramos. David llevaba un montón de plátanos y entre todos empezamos a ofrecérselos a los animales los cuales se acercaban sin mucho reparo a nosotros. A mi me encantaron los monos araña y sus peculiares andares, aunque se tomaban una confianza que cualquiera nos hubiera dicho que podría haber sido peligrosa, porque tener a monos encima de la cabeza o abrazando tu cuerpo en mitad de la selva no parece lo más responsable, pero gracias a ellos pasamos una tarde divertida y especial.

Puerto Maldonado

Puerto MaldonadoVolvimos sobre nuestros pasos para regresar a la barca y mientras cruzábamos la gran zona de arena aprovecha para caminar descalza mientras mis pies se hundían en la cálida superficie arenosa a la vez que contemplaba el bonito color en el horizonte mientras el sol se iba poniendo.

Puerto Maldonado

De nuevo en el campamento poco había que hacer, así que nos dimos una ducha para luego regalamos una cerveza bien fresquita y jugamos un rato al ping-pong (volví a perder) mientras llegaba la hora de la cena. Y después de la cena un poco más de tenis de mesa y a la cama…. Además había que aprovechar mientras había luz para asearse y ordenar un poco antes de meterse en la cama. Al día siguiente nos íbamos a levantar a las cinco de la mañana y no habría luz eléctrica y aún no habría amanecido, teníamos que dejar todo preparado antes de dormir.

25 de junio

Puntualmente pasó David por el exterior de las cabañas para hacernos de despertador. Los pájaros aún no se habían despertado y aún se sentía ese agradable frescor de la mañana cuando nos dirigimos al comedor para desayunar. A las seis de la mañana nos montábamos en un barca por el río para unos metros río arriba comenzar una ruta por las trochas de la selva. El paisaje era prácticamente el mismo del día anterior, y vimos alguna tarántula más, mariposas, algunas aves…. Nos habían pedido a todos desde el primer día que guardáramos silencio pues la voz humana es lo que más alerta a los animales, y los dos días previos no hubo problema al respecto. Pero este día se había unido una pareja española al grupo y ella no dejaba de hablar, además en un tono alto. En algún momento todos la dijimos delicadamente que se callara, pero no hacia caso. Cada vez que David señalaba algo, ya fuera una planta o un animal, ella se pasaba cinco minutos preguntado donde estaba aquello, o diciendo “una foto, una foto”… Yo que de por si soy bastante impaciente me estaba poniendo de los nervios, y un par de veces la insinué que debía callarse. Pero la entraba por un oído y la salía directamente y sin paradas por el otro.

Puerto Maldonado

Al cabo de un par de horas llegamos a nuestro destino, la Cocha Perdida, una especie de laguna que se abría camino en la selva y nos situaba en un claro desde el que poder apreciar mejor la vegetación y las aves. Nos subimos todos ordenadamente a una barca y David nos indicó que teníamos que remar. Repartimos un remo por pareja y la charlatana, sentada detrás de mi no paraba de decir “quiero remar, quiero remar”. La dieron un remo y comenzamos a avanzar por el agua que serpenteaba entre la vegetación, donde distinguimos algunos caimanes semi ocultos entre las plantas. A los pocos minutos de comenzar el paseo me di cuenta que la española no paraba de hablar y quejarse del calor, del sol, de que si habíamos pagado mucho para que nos hicieran remar…. pero justo eso era lo que no hacía: remar. Ya cansada de sus tonterías me di la vuelta y la dije que había insistido mucho en llevar un remo, que no era un adorno y que se moviera de una vez y se quedara callada un rato. Pero le duró poco la reprimenda…. y es que hay personas que no conciben el respeto a los demás del modo más acertado y entiendo que casi siempre trabajar en grupo facilita conseguir un fin, ya sea que la barca avance o conseguir ver algún animal.

Terminado el paseo en barca continuamos paseando por la selva con la mona Rosita (se me olvidó decir que seguía las rutas a nuestro lado) a nuestra espalda. Una trocha nos llevó hasta el mirados amazónico, una estructura de gran altura desde la que las vistas de la selva fueron mucho mejores que las del día anterior. Lo más curioso es que estaba en una zona intermedia entre dos tipos de terreno, uno muy húmero donde crecían infinidad de palmeras, y otro más seco donde la vegetación era distinta. Desde la altura esta diferencia se veía claramente..Puerto MaldonadoTardamos hora y media en regresar al lodge sudorosos y cansados, y con el disgusto de que Rosita había desaparecido. Todo el tiempo iba con nosotros, y la última en verla fui yo, pero al aviar a David de que no nos seguía me dijo que no pasaba nada, que ya nos alcanzaría… Espero que al día siguiente la encontraran, porque hasta donde yo se no apareció.

Teníamos el tiempo justo para una ducha e ir a comer. Ese día recuerdo con claridad la comida: juanes, un plato típico de la selva que consiste en un arroz que se cuece con carne y verduras en una hora de platanera. Al destaparlo me recordó de repente a una paella aunque en sabor nada tenía que ver.

Esa tarde no teníamos ninguna actividad, pero lo si teníamos claro es que no íbamos a ir a la cabaña para pasar el calor del día anterior, así que nos fuimos a la zona de las hamacas donde nos tumbamos en dos a la sombra para intentar descansar y dormitar, pero como era de tela te envolvían de tal modo que tampoco te daba el aire. Pero al menos de vez en cuando si se notaba algo de brisa. No se cuanto tiempo pasamos allí, no había nada que hacer y yo no tenía ganas ni de leer, me había llevado un libro que no abrí en toda la estancia en la selva. A media tarde decidí que había que moverse y nos fuimos a investigar por los alrededores de las cabañas, y vimos algunas avez y un par de guacamayos que viven siempre en el EcoAmazonia, uno tenía una ala rota y ambos bastante mal humor. Les dimos un plátano que nos entregó un trabajador del lodge y los pajarracos en lugar de ser agradecidos casi me pican.

Tras una nueva ducha y ya con luz en la habitación preparamos la maleta pues a la mañana siguiente saldríamos hacia Puerto Maldonado a las 8 de la mañana. Llegada la hora de la cena, pues lo de todos los días, comedor, cerveza… ¿y ping-pong? ¡¡¡No!!! Hoy tocaba billar. Y Arturo, para variar, pues eso… ganó también. Que aburrimiento de hombre, jejejeje.

26 de junio

Después del desayuno recogimos nuestras cosas y nos fuimos a la barca en la que iríamos a Puerto Maldonado para subir el avión que nos llevaría a Lima, la última escala de nuestro viaje.

El viaje hasta Puerto Maldonado fueron otras dos horas por el río con el mismo paisaje de tres días antes. Llegamos al embarcadero donde el bus de EcoAmazonia nos esperaba para llevarnos a sus oficinas donde todos teníamos parte de nuestro equipaje y en las cuales podríamos esperar hasta la hora de ir a la estación de bus o al aeropuerto. Fue muy gracioso ver como según llegamos allí todos se pusieron como locos con el móvil aprovechando el wifi disponible.

Nuestro avión salía de Puerto Maldonado a las 13:50 por lo que teníamos bastante tiempo antes de ir al aeropuerto, así que preguntamos por algo que hacer en Puerto Maldonado y nos dijeron que el mercado era lo más interesante, y como a mi gusta tanto curiosear entre puestos de comida pues allá que fuimos. Estaba apenas a dos manzanas de la oficina y aunque los puestos que daban a la calle no eran muy llamativos al entrar en la zona interior descubrimos los puestos de frutas, verduras y sobre todo de pescado o carne, donde los cortes de estas últimas e incluso los animales que vendían jamás los habíamos visto en las carnicerías de España. En cuanto al pescado, que decir… irreconocibles para mi. A pesar del calor tengo que decir que el mercado no olía mal, ni tan siquiera fuerte, y que ver un armadillo destripado y sin cabeza fue lo que más me impresionó.

Puerto Maldonado

Visto aquello poco más había que hacer en Puerto Maldonado, así que volvimos a las oficinas donde al menos se estaba medianamente fresco. A las once y media salimos hacia el aeropuerto, el cual estaba en obras y tuvimos que pasar un control de equipajes para lo que facturamos de lo menos efectivo: abría la maleta, un empleado de la compañía aérea metía la mano en cualquier sitio y volvías a cerrar la maleta. Seguridad cero, sin duda. Por no decir lo poco que me gusta que nadie meta la mano en mitad de mi ropa o mis cosas, pero no iba a discutir allí por eso. Tardamos casi una hora en llegar al mostrador para que nos entregaran nuestras tarjetas de embarque y facturar equipaje, y otra hora más sentados esperando antes de poder subir al avión. La aventura en Puerto Maldonado llegaba a su fin. Nos espera Lima y la última noche en Perú.

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Perú

Diario de viaje: sur del Valle Sagrado de los incas

por Cristina 15/07/2014
Valle Sagrado de los incas

22 de Junio – Sur del Valle Sagrado de los Incas

A las once subimos al coche con Hugo para abandonar Ollantaytambo de regreso a Cusco. Lucía como todos los días un sol increíble, pero hacía algo de aire que refrescaba bastante el ambiente. Volvimos a pasar por la misma carretera que nos trajo a Ollanta dos días antes, pero esta vez al llegar a Urubamba nos desviamos hacia el sur. Primera parada: las salinas de Maras.

En mitad de la nada tomamos una desviación que nos llevó cruzando un llano y disfrutando de unas vistas preciosas hasta un lugar que a mi me recordó a la zonas de los tintoreros en Fez (Marruecos), pero en este caso todo de color blanco. Hay que pagar antes de llegar tan siquiera a poder disfrutar de una lejana vista del lugar, y puedo asegurar que había bastantes turistas que habían llegado en grupo, incluso algunos que iban con sus bicicletas, aunque a lo mejor esos llegan por otra ruta y se libran del pago.

El uso de estas salinas data de cientos de años atrás, y actualmente la explotación y distribución corre a cargo de los propios habitantes de Maras, quienes se encargan de trabajar el lugar y que han prescindido de intermediarios. Todas estas salinas están en una ladera y la sal que se va depositando en ellas proviene de un manantial que las atraviesa. Hay unas 5000 pozas y se puede pasear entre ellas con prudencia para no meter los pies o romper algún borde. Después de aparcar el coche, tuvimos que caminar atravesando una zona de puestos de venta de sal y de frutos secos que nos daban a probar. Unos metros más allá apareció ante nosotros el curioso espectáculo de las pozas blancas construidas como si fueran las tradicionales terrazas incas. Para variar y por si lo echaba de menos, una vez visitado el lugar y hechas algunas fotos nos tocó volver a subir todo lo bajado. Menos mal que el sueño reparador y el suculento desayuno me habían devuelto casi todas las fuerzas perdidas el día anterior.

Valle Sagrado de los incas

Nos alejamos de las salinas por el mismo camino que habíamos hecho al llegar, y nos fuimos hacia el pueblo de Maras. Sus calles estaban desiertas a esa hora, tan solo pudimos ver a lo lejos alguna mujer con su carga del mercado a la espalda mientras dábamos un pequeño paseo por la calle principal en la cual el único reclamo pueden ser las portadas de algunas casas en las que llama la atención la decoración en la que se mezclan elementos religiosos católicos con otros tradicionales del valle, como el maíz o el puma. Aparte de eso el pueblo nada como para que merezca la pena parar.
Pero se pasa por él para llegar a Moray, otro de esos curiosos lugares incas esparcidos por el Valle Sagrado de los Incas. Este se trata de una serie de andenes circulares que descienden cada vez más unos dentro de otros. Aún hoy no se tiene muy claro el sentido del lugar, algunos dicen que era un observatorio astronómico, aunque la teoría que tiene más fuerza es la que habla del lugar como una especie de “laboratorio” en el que se experimentaba con las plantas para encontrar la altura y orientación más apropiadas para su cultivo. En esta ocasión yo iba muy emocionada por bajar a ver el lugar de cerca, pero entre lo profundo que estaba, que luego que había que subir y que se nos hacía tarde para llegar a Chinchero decidí que lo mejor era verlo desde arriba y ya está. Eso si, vimos gente abajo y se les veía diminutos. Por cierto, la entrada es con el boleto turístico.

valle Sagrado de los incas

El último lugar a visitar ese día en el Valle Sagrado de los Incas fue Chinchero y para mi fue un final genial. No hubiera imaginado que ese pueblo pudiera ser tan bonito. Nada más aparcar el coche en la plaza pudimos comprar unos refrescos en una pequeña tienda y acercarnos a ver el famoso mercado de la ciudad. Es más pequeño que el de Pisac pero a mi gusto tiene más encanto. Las mujeres iban ataviadas con el traje típico de esta zona del Valle Sagrado de los Incas y vendían artículos textiles de gran calidad hechos por ellas mismas y que poco tienen que ver con los que se ven en el resto del país. Después de una vuelta por el lugar, nos dispusimos a subir (¡¡¡otra vez!!!) hacia la parte histórica de Chinchero pero antes probamos una comida nueva y muy típica: el choclo con queso.

Valle sagrado de los incas

Valle Sagrado de los incas

Con él en la mano empezamos a subir las empedradas cuestas de esta pequeña población del Valle Sagrado de los Incas. En cualquier rincón se distinguen restos de la que fue la antigua ciudad pero al llegar a lo alto del pueblo y atravesar los arcos que llevan a la plaza la evidencia del origen de Chinchero salta a la vista. Allí se pueden ver muros de grandes dimensiones sobre los que se levanta la iglesia que los españoles construyeron sobre el palacio inca. Bajando desde la plaza de la iglesia uno se encuentra en una gran explanada desde donde las vistas de las montañas, los restos incas y la iglesia son de lo mejor que he contemplado en Perú. Además a esa hora todo iba tornándose dorado y una suave brisa refrescaba el ambiente. El silencio era total pues aparte de nosotros no había mucha gente para un espacio tan amplio y se podía disfrutar del lugar sin ninguna molestia. Vimos a una señora separando patatas y otras que iban subiendo a la plaza de la iglesia con sus mercancías para vender a la espalda. Al asomarnos al borde de lo que parecía un precipicio vimos los andenes incas. De verdad que el conjunto es de esos que merece la pena visitar con calma.

Valle Sagrado de los incas

Valle Sagrado de los incas

Antes de regresar al coche entramos en la iglesia. Por fuera es sencilla pero su interior me gustó tanto como el resto del pueblo: techo y paredes estaban decorados con pinturas lo que dotaba al interior del pequeño templo de un colorido ausente en el resto de iglesias que habíamos visitado en Perú. Una vez en la plaza vimos que se había llenado de mujeres que habían colocado su mercancía sobre el suelo improvisando un mercado de artesanía. Al preguntarlas la razón del traslado de la parte baja del pueblo a esa zona nos dijeron que Chinchero es el último pueblo que visitan los grupos de turistas y que a todos los llevan directamente a la iglesia y a los restos incas, por lo que si algo podían vender aún ese día sería allí arriba. Desde luego estas mujeres se ganaban bien el dinero, porque había que verlas subir por aquellas cuestas con toda la carga de sus telas a la espalda.

Valle Sagrado de los incas

Al llegar al coche ya había bajado mucho el sol y comenzaba a refrescar, así que agradecimos tener allí a Hugo esperando y poder entrar al resguardo del vehículo. Salimos de Chichero y a los pocos minutos ya había oscurecido por completo. Al hacerse de noche el viaje, aunque corto, se hizo más pesado, sobre todo al entrar en Cusco y aumentar el tráfico. De todos modos no tardamos mucho en estar bajando el equipaje en el hotel donde pasaríamos la última noche en esa zona del país, al día siguiente nos márchabamos a Puerto Maldonado

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Perú

Diario de viaje: Machu Picchu

por Cristina 14/07/2014
Machu Picchu

21 de Junio – Machu Picchu

Después de hora y media en tren desde Ollantaytambo llegamos a la estación de Aguas Calientes, aunque ahora se indica en un gran cartel nada más salir de la estación Machu Picchu pueblo. Es muy temprano, ni tan siquiera las ocho de la mañana y hace frío pues el pueblo está en un valle y seguramente hasta que el sol no suba bastante se mantendrá la sensación de frescor y humedad.
Sabemos que podemos subir andando hasta el recinto arqueológico pero nosotros habíamos pensado llegar arriba en bus y regresar caminando ya que esta mañana aún nos esperaba la subida a Huayna Picchu y queríamos reservar las fuerzas.
Nos dirigimos al puesto donde venden los ticket y compramos el de solo ida por 9 dólares, si se compra ida y vuelta cuesta 17, pero por un solo dolar de diferencia preferimos adquirir el de vuelta sólo si no nos animamos a bajar andando.
El bus sale cuando está completo, pero se llena rápido con la llegada de cada tren, por lo que nosotros tuvimos que dejar pasar solo un bus y pudimos subir en el siguiente. El ascenso se hace por la ladera de la montaña, por una carretera/camino en el que una curva sigue a la anterior. Se sube muy despacio, pero yo iba tan emocionada que no presté demasiada atención al tiempo que tardamos del pueblo a las ruinas.

Al llegar al final del trayecto nos encontramos junto al único hotel que hay cerca de la ruinas y en medio de gente que iba y venía, unos solos, otros en grupos…. Frente a nosotros estaba el acceso a la ciudad inca más famosa del mundo, y hacia ella fuimos con nuestras entradas en la mano. Yo intenté comprarlas a través de la página oficial en internet, pero cuando tras varios intentos no hubo forma de hacerlo, recurrí a una agencia de viajes. Contacte con varias y al final Responsible Travel Perú fue la que me las consiguió con menor comisión y tal y como yo las quería: entrada a Machu Picchu y subida a Huayna Picchu a las 10 de la mañana.
Una vez pasado el control de entradas y pasaportes caminamos los 100 metros de un sendero al borde de la montaña en la que ya daba de lleno el sol y de repente estábamos allí, Machu Picchu estaba ante nosotros. Las montañas, las ruinas, los bancales…. lo que tantas veces habíamos visto en foto estaba allí con la diferencia de que ahora no era solo la vista el sentido que lo percibía: podíamos tocar sus piedras, sentir el viento de las montañas y oler los matorrales. Ahora Machu Picchu tenía vida para nosotros, ahora era tridimensional, ahora era real.

Machu Picchu

Eran poco más de la ocho y media, teníamos hora y media antes de poder acceder a Huayna Picchu. No teníamos ninguna prisa aparte de esa “cita”, nuestra vuelta a Ollanta era muy tarde y nuestra intención era pasar todo el tiempo posible en Machu Picchu, así que podíamos sentarnos cada vez que nos apeteciera y disfrutar del lugar y del sol que iluminaba todo. Aunque todas la flechas indicaban un recorrido hacia la izquierda, nosotros nos fuimos a la derecha, nos parecía el camino más directo para llegar a Huayna Picchu y en el que lo que había que ver nos llevaría menos tiempo que el otro lado, así que empezamos a bajar junto a los bancales para llegar al Templo de Condor, a la zona de la prisión y a los sectores industrial y residencial.

Machu Picchu

Pasados unos minutos de las diez de la mañana ya estábamos listos para el ascenso a Huayna Picchu. La entrada es un poco lenta, pues cada persona que entra tiene que registrarse en un libro en el cual controlan que regresas. Con nuestra mochila cargada de agua entramos felices y contentos deseando llegar a lo alto de aquella montaña. Y os puedo decir que la alegría duro poco. A esa hora hacia calor, además no había nubes y durante algunos tramos nada nos protegía del sol. Y si en algún trecho se desciende…. sólo es para luego seguir subiendo. Estábamos a más de 3000 metros y el cuerpo eso lo acusa con cada paso, el organismo necesita el mismo oxígeno que a nivel del mar pero nuestro cuerpo no está preparado para hacer que llegue correctamente a cada órgano, puedes no acusar el mal de altura pero sí agotarte con cada paso que das. Yo al principio iba pensando que no sería para tanto, veía a la gente delante de mi subir con mayor o menor esfuerzo, pero sí me daba cuenta que cuanto más alto estábamos más despacio íbamos todos. Había gente que se paraba, otros incluso se sentaban. Perdí a Arturo de vista, y yo solamente me decia “Cris, tú puedes, es una montaña de nada, no mires arriba y sigue subiendo una pierna tras otra”. Pero llegado un punto me sentía realmente agotada y sudorosa. No tuve más remedio que pararme unos minutos, mirar al horizonte y relajarme disfrutando de lo que tenía delante. Cuando mi corazón volvió a su ritmo normal empecé de nuevo a subir por aquellas escaleras que en algunos tramos estaban en tan mal estado que pensé que un traspies… y bueno, que mejor sigo subiendo sin pensar.
Bastante más arriba me encontré de nuevo con Arturo y le comenté lo cansada que estaba. Él me dijo que mirara arriba que ya no me quedaba nada, pero yo prefería no hacerlo, las apariencias engañan y a lo mejor me parecía mucho aunque él dijera lo contrario. Seguimos subiendo juntos…. y antes de lo que pensaba estábamos arriba los dos. Increíble sentir el aire fresco y ver todo lo que nos rodeaba.Machu PicchuAunque me sentí feliz de estar arriba y lo volvería hacer, tengo que reconocer que la vista de Machu Picchu desde lo alto está a años luz de la que se tiene desde abajo, es algo completamente distinto pero no se aproxima ni de lejos a la belleza de la imagen más conocida de la ciudad inca.
Tras recobrar fuerzas y disfrutar del lugar, empezamos el descenso. Y si subir me parecía peligroso, la bajada en ciertos puntos lo es mucho más. Escalones incas junto a las construcciones tan pequeños que apenas cabe un pie y además al borde de un precipicio. Vamos, que el que tenga vértigo lo mejor que puede hacer es contentarse con lo que pueda ver desde abajo o como mucho desde lo alto de los bancales.

Machu Picchu

Después de dos horas entre subida y bajada volvimos a estar en la puerta de acceso a Huayna Picchu, donde escribimos nuestra hora de salida junto a nuestro nombre escrito a la entrada.
Estaba totalmente agotada, nos sentamos un rato en una sombra para beber agua y comer algo antes de seguir recorriendo las ruinas. Pero ya no hubo nada que consiguiera devolverme la energía. Mi ritmo quedó ralentizado y me costó moverme el resto del día. Subí, bajé, caminé…. pero yo notaba que me costaba. Jamás en mi vida me había sentido cansada hasta ese nivel. No iba a perderme nada por cansancio, eso lo tenía claro, pero tuve que descansar con mucha frecuencia a partir de ese momento.
Paseamos junto a la plaza central para llegar a los baños ceremoniales y desde allí subir a la zona religiosa del recinto, donde vimos los templos del Sol, el de la Tres Ventanas y el templo Principal. Nos llamó la atención la diferencia en la piedra utilizada en esta zona y en la residencial e industrial. En la zona de los templos las piedras están mucho mejor trabajadas y colocadas creando esa sensación que me dan la construcciones de ser un rompecabezas donde cada piedra se busca para encaje perfectamente con las que la rodean. En la parte más alta de esta zona está el Intihuatana (amarradero del sol), un pilar de roca tallado que al parecer los astrónomos incas usaban para predecir los solsticios.

Machu Picchu

Una vez visitada esa zona tocaba seguir subiendo (yo cada vez me tenía que tomar con más calma los ascensos, y ya no por la altura, solamente porque no podía con las piernas) hasta la Cabaña del guardián de la Roca funeraria, desde donde veríamos la mejor de la vistas de la ciudad inca. Menos mal que llevaba a Arturo que a pesar de que yo no decía ni mu sobre lo cansada que estaba notaba que algo me pasaba, y todo el tiempo estaba pendiente de mi, de que bebiera agua o de si necesitaba ayuda para continuar subiendo. A pesar del agotamiento yo pensaba que no tenía prisa y eso al menos me hacia sentir mejor. Al igual que me hizo sentir genial conseguir llegar a lo alto de los bancales y contemplar de nuevo la vista de Machu Picchu rodeada del paisaje que la convierte en el lugar tan especial que es.

Machu Picchu

Aún nos quedaba llegar al puente inca, para lo cual, como no, tocaba subir un poco más. Afortunadamente daba la sombra en casi todo el sendero y eso al menos facilitaba el caminar. Tuvimos que escribir de nuevo nuestro nombre en un libro en el control de entrada y continuar al borde de la montaña hasta pasar un recodo tras el cual pudimos ver de lejos el puente, que no es otra cosa que unas maderas junto a la pared de piedra uniendo dos caminos en la montaña. Yo me conformé con aquello y con sentarme disimuladamente a mirar, pero es que sentía que las fuerzas me iban abandonando por minutos Pero yo hacía de tripas corazón y me repetía que estaba en uno lugar increíble y que tenía que disfrutarlo. Eso me daba ánimo para seguir pero a las piernas cada vez las costaba un poquito más contagiarse de ese espíritu positivo.

De regreso a lo alto de los bancales nos encontramos con una española sentada que entablo conversación con nosotros y que no tardó en sacar unos plátanos de su mochila y compartirlos con nosotros. Creo que eso me dio algo de energía, pues el tiempo que aún permanecimos en Machu Picchu estuve más animosa, aunque tengo que confesar que ya no tuve que volver a subir a ningún sitio, y que bajar siempre es más sencillo que subir.

Machu Picchu

Según pasaban las horas cada vez había menos gente en Machu Picchu y esta iba cambiando de color con el movimiento del sol. Se había levantado un poco de aire y nos sentamos por última vez a contemplar la famosa imagen de postal junto a otro puñado de viajeros rezagados antes de bajar definitivamente a la salida. En los últimos bancales nos cruzamos con unas llamas que ya habíamos visto allí por la mañana, un par de ellas adultas y otra muy pequeña. Nos dijo uno de los vigilantes que tenía solamente tres días y a mi se me pasaron de golpe todos los males y me puse como una niña a perseguirla para conseguir una foto. Seguro que no es la mejor que hice ese día, pero si la más simpática.

Machu Picchu

Eran más de las cuatro cuando abandonamos el recinto de Machu Picchu rumbo al bus que nos llevaría a Aguas Calientes, porque ya le había dicho a Arturo que no tenía fuerzas para bajar andando, que realmente me hubiera gustado pero no me sentía con ánimo para hacerlo, así que hicimos lo más sensato que era comprar el billete y regresar del mismo modo que por la mañana: en el bus de 9 dólares el viaje.

Ya en Aguas Calientes dimos una mini vuelta y como aún quedaba hora y media para que saliera el tren buscamos un lugar donde tomar una cerveza. El pueblo está llenos de hoteles, restaurantes y tiendas, no hay otra cosa. En la plaza encontramos un local con terraza abierta y subimos (más escalones) a tomar algo. Fue la cerveza más cara del viaje, lo mismo que la limonada, que igualmente fue la peor. Además en este local fue el único de todo Perú en el que nos cobraron además del precio un 10% de tasas de servicio.

A las seis de la tarde yo ya estaba cansada de todo: de cerveza, de limonada, de Aguas Calientes y solamente quería volver a Ollanta. Pero el tren no salía hasta las 18:35. Esa media hora se me hizo eterna. Cuando finalmente me vi sentada lista para el viaje pensé que me dormiría de tan cansada como estaba, pero nada de eso. Pasé la hora y media de viaje con los ojos como platos, y como fuera era completamente de noche, no había nada que ver.

Pasadas las ocho llegábamos a Ollanta, y en ese momento me sentí afortunada por no tener que dar un pasa más para llegar al hotel. Subimos a la habitación, nos aseamos y esa noche cenamos en el coqueto e íntimo restaurante del Albergue. Era el plan inicial, pero si no lo hubiera sido creo que lo hubiéramos cambiado con tal de no tener que caminar hasta el centro del pueblo. El comedor era muy romántico, iluminado con velas, y la carta aunque un poco escasa tenía para todos los gustos. Recuerdo unas riquísimas causitas… y poco más. Excepto que el camarero era bastante antipático y parecía que nos estaba haciendo un favor cada vez que nos traía un nuevo plato a la mesa. Me molestó bastante su actitud, y en otras circunstancias es probable que se lo hubiera hecho saber, pero había sido un buen día aunque agotador y prefería irme a la cama con el buen sabor de boca de la rica cena que estábamos degustando.

Pocas veces he agradecido tanto una buena ducha y una cama cómoda y calentita. Me dispuse a dormir, y esta vez tardé cero coma. Lo siguiente que recuerdo es el sonido de un tren y un poco de luz que se filtraba por la ventana…. Había llegado un nuevo día y nos marchábamos a seguir descubriendo el Valle Sagrado de los Incas.

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