12 de Octubre – Miyajima
Subimos en el ferry que hemos cogido en Hiroshima para llegar a la pequeña isla de Miyajima, que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El barco va hasta arriba de turistas y muchos esperamos emocionados en cubierta el momento en el que pasemos cerca del torii rojo del santuario principal de la isla. Es uno de los lugares más fotografiados de Japón, y con razón. Ver esa gran estructura de madera emerger del agua con su brillante color rojo merece más de un disparo de la cámara.
Una vez en la isla todos desembarcamos para dirigirnos en primer lugar a la pequeña bahía donde se encuentra el Itsukushima-jinja, el santuario al que pertenece el símbolo de Miyajima: el torii rojo que ya habíamos visto desde el ferry. Parejas, familias y grupos de amigos caminan por la zona esquivando a los atrevidos ciervos que no tienen ningún reparo en acercarse a cualquiera que sospechen que puede tener comida. Nosotros paramos una y otra vez a disfrutar de las vistas y contemplar como algunas piraguas pasan alrededor de la puerta del santuario, pues en ese momento la marea está muy alta.
La verdad es que uno no se cansa de pasear por la zona, el ambiente es alegre, todo el mundo parece tener ganas de pasarlo bien y nosotros nos somos menos. Rodeamos la bahía hasta el lado opuesto y bajamos a la zona de arena donde en ese momento no llega la marea. Hacemos algunas fotos más y disfrutamos del cielo azul y el sol que aún calienta.
Aún tenemos que encontrar nuestro alojamiento, el , que es uno de los ryokanes de la isla. Después de algunas vueltas damos con él, y es lo que imaginábamos: un casa tradicional como tantas que ya hemos visto en otros lugares de Japón. Sale a nuestro encuentro la dueña del establecimiento que nos atiende en un perfecto inglés (mucho mejor que el mio….), y nos invita a descalzarnos, pues dentro del ryokan solamente se puede caminar descalzo o con unas zapatillas que ellos te dejan. Nos lleva a nuestra habitación y nos enseña todas las instalaciones del lugar, entre las que hay una sala de estar en la parte superior. La habitación tiene aseo, pero no ducha, por lo que nos enseña donde podemos bañarnos o ducharnos. De nuevo un pequeño onsen del que tomamos buena nota para utilizar esa misma noche.
Instalados en nuestra habitación, llega la hora de salir a cenar. Se ha hecho de noche y Miyajima parece otra. Los turistas han desaparecido y la calma se ha adueñado del lugar. Con un plano en la mano que nos han dado en el ryokan vamos buscando los lugares que nos recomiendan, y terminamos en uno muy sencillo pero donde probamos una de las comidas más ricas que se pueda imaginas: el okonomiyami. Es un plato que admite cualquier cosa, como si fuera una pizza pero sin masa. También se podría decir que es algo así como una tortilla, pero tampoco es exactamente eso. Lo único que puede decir es que si vas a Japón, tienes que probarlo.
Con la tripa llena salimos rumbo al ryokan pero por supuesto haciendo una parada delante del torii sobre el agua y verlo iluminado. Es un lugar alucinante, da igual que sea de día o de noche, que hay más o menos agua. Siempre es bello y por desgracia no son muchos lo lugares de los que podemos decir eso. Al llegar al ryokan subimos para cambiarnos y bajar con la yukata al onsen. Nos damos un baño totalmente reparador, y dormimos estupendamente en nuestras camas sobre el suelo.
13 de Octubre
La noches en Miyajima ha sido tranquila, hemos dormido y además descansado, estamos como nuevos. Solamente nos falta desayunar para tener energía suficiente para patear Miyajima, así que en cuanto lo hacemos recogemos nuestras cosas y dejamos la mochila en recepción para pasar a por ella más tarde.
Por supuesto que lo primero que hacemos es ir a ver el torii flotante que nos muestra una imagen totalmente diferente a la del día anterior: la marea a bajado y podemos caminar hasta su base. Nos parecía que era temprano, pero vemos que no tanto como habíamos pensado, pues ya hay un montón de japoneses por la zona. Bajamos pisando sobre la arena mojada pero firme, y nos acercamos al que visto de cerca es un torii realmente enorme. Su color destaca sobre el cielo azul cuando miras hacia arribe. Es de esos lugares que uno no se cansa de mirar y me siento afortunada de haberlo podido conocerlo.
Después de mirar, tocar y rodear el torii de Miyajima, nos vamos de nuevo a la isla para visitar otros lugares. En primer lugar pasamos por un pequeño pero importante templo budista, el Daigan-ji, situado muy cerca del paseo que hay sobre la bahía. Sin ser nada excepcional resulta agradable por su banderas de colores y la cercanía al mar. Rodeamos a continuación el Itsukushima-jinja para llegar hasta el Senjö-kaku, un pabellón enorme y sin paredes que se eleva sobre una ladera de la isla y junto al cual hay una pagoda colorida de cinco alturas. Para entrar en el pabellón hay que pagar entrada y descalzarse, personalmente y después de haber entrado creo que no merece especialmente la pena.
Y ahora nos toca ascender al Monte Misen. Existe la opción de subir andando (mejor nos la saltamos), subir hasta casi la cima y bajar en teleférico (para los muy vagos) y la de subir en teleférico y descender andando (esta será la nuestra, ni mucho ni poco). Para llegar hasta la estación donde se coge el teleférico se puede utilizar el servicio de un mini bus, cerca de cuya parada está el lugar donde comprar los tickets para el transporte que nos subirá montaña arriba. Como el paseo no es muy largo pasamos del bus y decidimos adentranos en el bosque donde además nos encontramos con algunos ciervos. En pocos minutos llegamos al lugar donde coger el primero de los teleféricos que tendremos que utilizar, es de cabinas pequeñas, para unas seis personas y las vistas desde él son realmente preciosas. Aunque no tanto como las que tendremos cuando subamos en el siguiente teléferico (una cabina mucho más grande que la anterior, donde caben un puñado de personas de pie). Según ascendemos empezamos a divisar vistas del Mar de Aki que rodea la isla.
Una vez bajamos del teleférico y vamos ascendiendo las vistas son increíbles. Merece la pena sin lugar a dudas llegar hasta allí. Un mar de un intenso color azul salpicado de islas se muestra antes nosotros. Es una de esas vistas que unos es quedaría mirando sin esperar que pase nada, solamente por el placer de la contemplación.
En el mirador más cercano al lugar donde hemos bajado de nuestro transporte hay una serie de carteles con nombre de diferentes islas y encima un agujero por el que si miras localizarás exactamente la isla.
Aún tenemos que caminar unos 15 minutos para llegar a la cima del Misen, donde una vez más lo que vemos nos recompensa con creces el calor que estamos pasando. El mar azul nos sigue rodeando resplandeciente. Pasamos allí un rato, tomando fuerzas y disfrutando del lugar antes de comenzar el descenso.
Comenzamos a bajar, y de camino pasamos por un templo en el que encontramos a un montón de gente descansando (normal, es como para descansar la subidita que hemos tenido que hacer, no quiero ni pensar en el que sube andando desde el pueblo). A partir de ahí ya es todo bajada por un camino muy cómodo que discurre dentro del bosque. En algunos puntos se abre un claro con una vez más maravillosas vistas, y en otros aparece una señal que indica que hay algún templo o santuario. Nosotros no nos desviamos, encontramos por el camino gente que sube andando (valientes) y también algún pequeño ciervo que no sabe si confiar en nosotros o no. Cuando ya llevamos andando cerca de una hora vemos entre los árboles el famoso torii de Miyajima que a esa hora ya emerge de las aguas.
Antes de alcanzar el pueblo pasamos por el Daishö-in, un imponente templo construido en la ladera de la montaña. En sus escaleras hay muchos rodillos de oración y sus jardines están llenos de estatuas de pequeños monjes. Además hay una gruta con imágenes de 88 templos de peregrinación. Desde luego es la visita perfecta para acabar el descenso (aproximadamente hora y media hemos tardado) del Monte Misen.
Llegamos al pueblo y nos acercamos a un puesto de comida que vimos el día anterior y donde nos llamaron la atención unos pinchos de ostras que vendían. Nos compramos uno… y uf, está tan bueno que no podemos evitar repetir. En otro lugar compramos una de esa especie de galleta rellena de queso o chocolate que venden por todas partes en Japón. Creo que podría vivir de ese tipo de comida varios días, está bien bueno todo.
Y antes de marcharnos al ferry para regresar a Hiroshima y luego a Kioto nos despedimos del famoso torii de la isla de Miyajima.
El camino de vuelta es a la inversa que el día anterior, primero el ferry, luego un tren local hasta la estación central de Hiroshima, y desde allí un shinkansen a Kioto. Llegamos tarde y un poco cansados, así que comemos en un local cerca del hotel donde la cena como casi siempre en Japón está deliciosa.
Y a dormir en la nueva habitación del hotel, que tiene unas camas cómodas y llenas de almohadas. Felices sueños.

Una vez fuera del recinto del palacio queda recorrer los jardines, pero apenas nos da tiempo a hacer unas fotos a un precioso estanque cuando empieza a caer agua como si no hubiera un mañana. Nos protegemos debajo de los saledizos del tejado, y toca esperar un buen rato antes de que la lluvia pare. Finalmente conseguimos salir y recorrer todos los senderos que discurren por los enormes y preciosos jardines. La pena es que estaba todo muy gris, probablemente con sol sea aún más bonito.
Salimos del santuario y atravesando el camino bordeado de árboles llegamos al punto donde se bifurcan los ríos… y nos damos cuenta que se acerca la hora del visita al Palacio Imperial y que estamos a cierta distancia. Aceleramos el paso, llegamos a la valla de los jardines y parece que no va a acabar nunca, por más que andamos siempre vemos metros y metros de jardines delante de nosotros. Entre las prisas y la carrera llegamos agotados y sudorosos a la Agencia de la Casa Imperial (a través de la cual y desde España reservamos día y hora para la visita), desde nos mandan a la entrada del Palacio (hay que seguir andando) para acceder con el grupo de las diez de la mañana. Llegamos a tiempo y no somos los últimos. Nos van mandando a una sala con asientos, máquinas de bebidas y baños, donde nos ponen un dvd sobre la historia del palacio. Más tarde y con la guía de habla inglesa accedemos al recinto del Palacio y vamos descubriendo los diferentes edificios. Resulta una visita interesante que da la posibilidad de visitar con tranquilidad el lugar donde a día de hoy se sigue coronando a cada nuevo emperador.
Aprovechando que el sol luce nos vamos en bus (la parada estaba junto a la valla de los jardines imperiales) hacia el Pabellón Dorado, uno de los lugares más conocidos de Kioto. Los autobuses son de tamaño medio y al igual que vimos en otros lugares, se paga al salir con el importe exacto depositado en una máquina (si no tienes ese dinero justo, la misma máquina te posibilita cambiar previamente). Bajamos a poca distancia de la entrada a Kinkaku-ji. Originalmente fue una casa de retiro para un sogún, pero su hijo lo convirtió en templo. Después de pagar la entrada, se accede al recinto donde todo el mundo posa para una foto delante del lago donde se refleja el Pabellón dorado. El recorrido está marcado por un sendero que sube por una pequeña ladera desde la cual se puede apreciar otra vista del lugar. La verdad es que fue un acierto aprovechar un día de sol, la imagen del Pabellón sobre el lago es de las cosas más bonitas que recuerdo de Kioto.
Aunque el siguiente lugar que queremos conocer está algo alejado, el metro en esa zona no existe, y los autobuses no comunican como necesitamos, y aunque tenemos un buen plano con todas las opciones pensamos que podemos llegar andando. Por fortuna esta vez el objetivo no está demasiado lejos y además es cuesta abajo, así que antes de lo que pensamos llegamos al Daitoku-ji, un conjunto de templos zen rodeados de jardines y senderos sinuosos, es un lugar muy relajado y sin casi visitantes. En total hay 24 templos y subtemplos, pero solamente algunos están abiertos a las visitas. Nosotros no entramos en ninguno de ellos, nos limitamos a acceder hasta donde estaba permitido sin pagar. Al final ni teníamos tiempo ni presupuesto para visitar todos y cada uno de los templos de pago. Hay que fiarse del instinto y pensar que los que eliges son los mejores, al menos para ti.
Nos espera uno de los santuarios más antiguos de Japón y también Patrimonio de la Humanidad. Se trata del Kamigamo-jinja, y para llegar lo hacemos en un bus que nos deja en el parking del santuario. Para entrar al recinto hay que recorrer una esplanada de cesped perfectamente cuidado y pasar bajo la puerta de cualquier santuario, el torii. Una vez en el recinto, hay más de 40 edificios, reproducciones exactas de los originales. El lugar está dedicado a Raijín, el dios del trueno y me llamaron la atención las dos mini montañas cónicas de arena blanca frente que dicen está esculpidas para el descenso de los dioses…. cosas de la fé.
Continuamos nuestro paseo por el barrio y nos dirigimos al sur de Shijó-dori, otra zona de las partes más bonitas de Gion y donde he leído que al caer la tarde es posible ver alguna de las pocas geishas que quedan en la ciudad. Caminamos arriba y abajo, vemos taxis vacios que pasan constantemente, miramos cada puerta e intentamos adivinar que hay tras cada celosía de madera que tapa las ventanas, pero nos parece una misión imposible lo de cruzarnos con una geisha… hasta que de repente, una calle estrecha y vacía se llena con el color del traje de una maiko que camina todo lo deprisa que le permite su vestido hacia su cita. Nos quedamos sin habla, era como una aparición que pasó junto a nosotros y nos dibujó una sonrisa que decía “existen y podemos verlas”. Así que decidimos seguir caminando con la ilusión de ver alguna más. Y nuestro esfuerzo tuvo recompensa, pues vimos varias maikos y geikos en diferentes lugares. Fue realmente emocionante, yo estaba feliz y creo que Arturo lo estaba de verme a mi con esa alegría. Se que no se las debe perseguir ni hacer fotos, pero de verdad que cuando ves una no puedes evitar levantar la cámara y disparar.
Después de la emoción de nuestro paso por el barrio de las geishas terminamos el día con otra cosa tipicamente japonesa: el sushi. Buscamos un restaurante que había visto recomendado, Chojiro, en la zona de Ponto-chö. Nos costó un poco dar con él y tuvimos que esperar un rato en las escaleras a que quedara vacía una mesa. Pero creo que acertamos. Un local moderno donde pides la comida a través de una tablet, el servicio es amable, hay una cocinera que habla perfectamente castellano y el pescado está realmente delicioso. Todo a su favor.
En un barrio lleno de templos y santuarios había que elegir que visitar y que no, es imposible conocer todos y cada uno de los lugares que salpican la ciudad. Nosotros nos guiamos principalemente por las recomendaciones de Lonely Planet y de algunos foros, así que el siguiente templo al que nos dirigimos fue Chion-in, cuya entrada al recindo es gratuita, tan solo hay que pagar para acceder a los jardines.
De camino al colorido santuario custodio de Gion, el Yasaka-jinja, pasamos primero por Maruyama-koën, un parque con jardines, estanques y lugares donde tomar algo.
El paseo continuó por uno de los barrios mejor restaurados de Kioto, la zona de Ninen-zaka y Sannen-zaka. Es tan bonito como turístico, y las calles están llenas de encanto, con casas tradicionales, tiendas de recuerdos y restaurantes.
Volvimos a bajar Chawna-zaka, teníamos que llegar a otro lugar en el que yo tenía una cita para recoger mi regalo de cumpleaños: me iba a convertir en
Una vez desmaquillada (a ver si no como salía a la calle…) nos vamos paseando tranquilamente bajo el sol de la tarde. Nos dirigimos a Gion disfrutando del paseo, parando en cada calle o rincón que nos llama la atención y curioseando en algunas tiendas con las que nos encontramos. Llegamos pronto a nuestro destino y celebramos el buen día con una cerveza. Luego salimos a ver si vemos alguna geisha y de nuevo tenemos suerte, aunque esta vez solamente es una. Terminamos cenando en un restaurante camino al hotel, pero todo estaba escrito en japonés así queno puedo dar más pistas.
14 de Octubre
Regresamos a la estación de Kioto y desde allí fuimos en metro de nuevo a la estación de Higashiyama, esta vez para conocer la zona norte de las montañas. El primer lugar que visitamos es Heian-jingü, un impresionante complejo de santuarios construidos para conmemorar el 1100 aniversario de la fundación de Kioto en 1895. Son coloridas réplicas pero a menor escala del Kioto Gosho. Aunque no entramos a los jardines, alguien nos dijo después que merecen la pena (son la única parte de pago del complejo)
Regresando al Sendero del filósofo lo recorremos en dirección contrario curioseando en el interior de algunos templos con los que nos vamos cruzando en el camino y disfrutando de las vistas que hay en ciertos lugares de los tejados de Kioto. Al final del camino llegamos a otro de los templos más interesantes de la zona, el Nanzen-ji, con un amplio recindo donde lo más llamativo es gran puerta principal y el acueducto de ladrillo que hay en la parte posterior. Un sendero que parte de este último lugar lleva a un santuario en la montaña pero nosotros no llegamos a verlo. También es posible disfrutar de un jardín zen, pero ya era tarde para entrar a la hora de nuestra llegada.
15 de Octubre
Para llegar a 
Volvemos a Shijö-dori para subir al bus que nos llevará al noroeste de la ciudad donde están los dos últimos templos que vamos a visitar en Kioto, y también en Japón. El primero es el Ninna-ji, otro de los lugares Patrimonio de la Unesco en la ciudad. Tiene una gran zona que se puede visitar de forma gratuita y que fue la que nosotros vimos. En ella destaca una pagoda de cinco pisos rodeada de un bosque bajo el cual hay una alfombra de musgo de un verde reluciente y un aspecto tan acolchado que pude evitar pisar para comprobar la consistencia del terreno, que tal y como parecía, era blandido, como pisar nubes (bueno, ya sé que las nubes no se pueden pisar, pero si se pudiera seguro que sería como es musgo). En el recinto nos encontramos con un grupo de escolares de picnic, todos encantadores y sumamente discretos y educados como seguro lo son sus progenitores.



























