17 de Octubre – Nara
Es el último día que vamos a poder dedicar por completo a visitar algún lugar, y el sol nos regala un cielo azul propicio para salir de excursión. Así que cámara al cuello y guía bajo el brazo regresamos a la estación de Kioto porque nos vamos a Nara, la que en su momento fue la primera capital permanente de Japón.
Tenemos que subir a un tren local y tardamos una hora en llegar a nuestro destino. Una vez en la calle tan solo hay que caminar por la avenida comercial Senjö-dori entre tiendas de antigüedades y recuerdos para llegar a un templo que cuando se fundó llegó a tener más de 150 edificios, pero debido a incendios la mayoría han desaparecido quedando ahora apenas una docena de ellos. Me encantaron las dos pagodas, una de tres pisos y otra de cinco. También fue curioso contemplar a un grupo de japoneses durante lo que supusimos una especie de rezo colectivo… pero son especulaciones nuestras, claro.
Salimos del recinto del templo por el este para adentrarnos en la zona de Nara-köen, un precioso y gran parque en el que además de poder visitar algunos de los lugares de interés de la ciudad nos encontramos con algunos de los 1200 ciervos que lo habitan. No llevábamos nada para darles de comer, tan solo una bolsa de caramelos y se me ocurrió sacarla para probar si les gustaban. Fue escuchar el sonido del plástico de la bolsa y estaba rodeada de ciervos de todos los tamaños buscando como desesperados que les diera lo que quisiera que hubiera en la bolsa. Tengo que reconocer me sentí un poco agobiada cuando vi que los caramelos les gustaban y que se iban acabando con velocidad mientras no dejaban de llegar ciervos que me terminaron “acorralando” contra el tronco de un árbol. Yo le decía a Arturo que hiciera algo, pero él en la distancia se lo estaba pasando pipa haciendo fotos mientras yo me ponía más y más nerviosa. Al final tuve que zafarme como pude los animales y propinar algún cachete a alguno. Y en eso estaba cuando llegó un macho por detrás (afortunadamente con los cuernos cortados) y me propinó un golpe en el muslo. Y fue con muy mala leche seguro que por haberle dejado sin caramelos, porque me hizo un hematoma que me duró un par de semanas….
Superado el momento de crisis nos dirigimos hacia el lugar más visitado de la ciudad, el templo Tödai-ji. Para llegar hasta él hay que caminar por una pequeña calle del parque en la que hay tiendas de recuerdos, puesto de comida y por supuesto, ciervos. Al llegar al templo lo primero que se ve es la imponente puerta Nandai-mon que da paso al recinto del templo, el cual se puede visitar en su mayor parte de forma gratuita.
Todo el templo cuenta con unos cuidados jardines, con grandes praderas verdes que cruzan algunos senderos. En un lateral también hay un bonito estanque. Se pasa una segunda puerta y al fondo se ve el muro que rodea la atracción estrella de Nara: el Daibutsu (Gran Buda). Para acceder a esa zona del templo si que hay que pagar, lo cual hicimos entrando por la parte izquierda del muro.
Una vez dentro ante nosotros estaba el edificio de madera más grande del mundo.

Es un edificio sin lugar a dudas majestuoso e imponente, rodeado de jardines y con una avenida que lleva a la entrada principal delante de la cual no faltaba gente prendiendo incienso que llenaba el aire de ese aroma especial.
Una vez en el interior lo primero que vimos fue al inquilino de tan magna construcción, una escultura de bronce que es una de las mayores del mundo de ese material. Mide 16 metros , y está hecha de 437 toneladas de bronce y 130 kilos de oro. Casi nada…. Para hacerse idea del tamaño, el orificio de su nariz es del tamaño de un agujero que hay en una de las columnas de madera que sujetan el templo y por el cual puede entrar una persona. Dicen que quien lo consigue alcanza la iluminación, así que aporto pruebas de que ese estado de gracia que ahora tengo lo conseguí allí, al pasar sin problema por el hueco, jajajajaja.
Muy cerca del templo del Daibutsu y también dentro del Nara-köen hay un lugar que merece la pena visitar, sobre todo por la vistas y el ambiente relajado, son los pocos los viajeros que llegan a ese punto. Se trata de una plaza con un santuario y dos pabellones. Nosotros subimos a la terraza del Nigatsu-dö, una construcción de madera con una gran terraza sobre la ciudad y con algunos detalles en su decoración de lo más pintorescos.
Para regresar al centro de Nara bajamos por la parte posterior del Tödai-ji, bajando por la que sin duda es una de las rutas más pintorescas de la ciudad. En el camino encontramos árboles cargados de frutas y varias pintores con su caballete plasmando rincones de la calle por la que nosotros estábamos caminando.
De nuevo en Senjö-dori nos dirigimos hacia el sur donde se encuentra el barrio antiguo de la ciudad, Naramachi. Sus calles están llenas de casas tradicionales (machiya), algunas convertidas hoy en tiendas o galerias de arte. Nos vamos parando para curiosear aquí y allá, entramos en una preciosa tienda de té donde compramos un lata decorada y seguimos hacia delante buscando la Naramachi Koushi-no-le, una casa antigua que nos costó un poco encontrar. Se puede acceder a ella sin pago y observar como son por dentro estas viviendas y a la vez ir descubriendo objetos cotidianos antiguos que están expuestos en cada estancia de la casa. Al final la vivienda se convierte en una pequeña tienda donde venden muñecas saru-bobo y otros recuerdos.
Continuando con el paseo sin rumbo, descubrimos una kura (almacén de barro) restaurada que estaba sirviendo como sala de exposición de artesanía y dentro de la cual había mucha animación. Entramos a curiosear, como no… y nos convertimos durante unos segundos en centro de miradas discretas. Una japonesa de cierta edad se nos acercó y nos preguntó en inglés sobre nuestro país y nuestro viaje, y nos contó que era de Hiroshima y que algunos objetos de la exposición eran obra de su hermana. Nos despedimos al cabo de unos minutos y de nuevo nos pasó algo especial. La señora salió detrás de nosotros para darnos como recuerdo una par de apoya palillos de cerámica que se vendían en la exposición y agradecernos que hubiéramos entrado a ver sus objetos. Increíble, de verdad. No había día que algún japonés no nos sorprendiera gratamente.
Con tanto caminar por Nara y sin haber comido ya solamente pansábamos en llenar la tripa. Nos fuimos hasta la galería comercial Higashi-muki que parte de Senjö-dori. En el interior hay un buen número de restaurantes, nosotros nos decidimos por uno donde comer tonkatsu, y fue una acierto. Tuvimos una bonita y tranquila mesa junto a un jardín interior, el servicio muy amable y la comida suuuuper rica.
Con la tripa llena y de camino ya al tren nos encontramos con una tienda Daiso, lo que sería la versión japonesa de los “Todo a 1 €” españoles pero con muchas diferencias. Nada más cruzar la puerta ya es evidente que los japoneses tratan con mimo todo aunque vayas a pagar por ello solamente 100 yenes. Está todo ordenado, limpio, hay cestas para usar durante las compras… y además no se como lo hacen que todo parece práctico y atractivo. Total que nos liamos y empezamos a cargar con todo tipo de cosas, desde bolsas para la ropa hasta post-it con atractivos dibujos. Salimos con dos bolsas llenas de cosas y apenas nos gastamos 15 euros. (Y una vez en casa todo nos ha venido bien y ha dado buen resultado)
Al final se nos había hecho de noche e hicimos el viaje de regreso a Kioto con algo de tristeza, era nuestra penúltima noche y realmente ese día había sido el último que habíamos tenido completo para disfrutarlo. Ahora tocaba volver al hotel y terminar de organizar las maletas para dejar todo listo para el día siguiente.

Alcanzamos la zona del castillo, el Okayama-jö, el cual está situado junto al río Asahi, en el que se refleja su imponente exterior. También se le conoce como el castillo del Cuervo. Lo que queda hoy día es solamente una parte de lo que fue uno de los castillos más grandes de Japón, y fue reconstruido a mediados del siglo XX. Para entrar hay un ticket conjunto que también da acceso al Köraku-en, por lo que nuestra intención inicial era acceder al castillo aunque no habíamos leído que fuera especialmente interesante, pero resultó que había una exposición temporal lo que hacía que hubiera que pagar un importe extra elevado, así que nos conformamos con verlo por fuera.
Tan solo hay que cruzar un puente desde el que hay una bonita perspectiva del Okayama-jö junto al río para llegar al . A la entrada de los jardines pagamos nuestro ticket y nos adentramos en un espacio cuidado en cada detalle y sin duda pensando para ser admirado. Tiene una preciosa pradera en torno a un estanque con isla y puente incluidos, en torno a la cual el jardín está divido por zonas en cada una de la cuales crece un tipo de vegetación determinado: té, lotos, pinos, bambú… Mientras se pasea por los senderos es como encontrarse en jardines distintos, todos igualmente cuidados.
También llegamos por uno de los senderos a la parte del jardín desde la que se ve el castillo sobre el río. En ese momento empezaban a retirarse las nubes dejando un cielo de un azul intenso con manchas blancas de alguna nube.
Cuando terminamos de ver el jardín no podemos evitar volver al castillo para hacer alguna foto más ahora que ha salido el sol. Está tan cerca que no nos cuesta trabajo y conseguimos algunas instantáneas mucho más bonitas de las que hicimos unas horas antes.
Regresamos andando tranquilamente a la estación de tren desde donde cogeremos de nuevo el tren que nos lleve a Kioto, donde aprovechamos que no es demasiado tarde para cenar en la zona de Ponto-chö. Y coger fuerzas para nuestro penúltimo día en
El espacio del acuario está dispuesto en torno a tanque gigante que el visitante va rodeando, y según bajas de nivel te encuentras con la fauna que habitaría cada zona de océano o del mar. Desde los mamíferos como las nutrias arriba, hasta extraños peces abisales en el nivel inferior.
En la zona donde están los delfines o las focas a ciertas horas los cuidadores entran en los tanques para darles de comer y se convierten en el centro de atención de todos los visitantes, aunque seas mayor te sientes como un niño viendo como los animales juegan con las personas que les están dando de comer, hay un complicidad entre ellos increíble.
Un poco más adelante entramos en al Ártico y nos encontramos con los pingüinos, los más pequeño muy inquietos entrando y saliendo del agua. Pero ahí estaba el imponente pingüino rey, elegante e indiferente a todo lo que pasaba a su alrededor. Nada que ver con el resto de pingüinos que yo había visto hasta ese momento.
Mientras intentamos hacer una foto de las luces de neón de Osaka, se nos acerca un grupo de estudiantes cargados con paragüas y gran cámara y me dicen que me quieren entrevistar. Hace un tiempo terrible, lluvia y mucho aire. Pero ellos están dispuestos a grabar su entrevista sea como sea. De modo que no me puedo negar y respondo a sus preguntas (una chica las hace en japonés y otra las traduce al inglés…) y consigo que se vayan encantados sabiendo que lo que más me gusta de Japón son ellos, los japoneses.
Nada más entrar en el parque lo primero que vimos es la Cúpula de la Bomba Atómica, sin duda el recuerdo más desolador de lo que ocurrió aquel 6 de agosto de 1945. En aquel momento el edificio era el Pabellón de Fomento de la Industria, y todas las personas que había dentro murieron. Se decidió conservar el armazón tal y como quedó en homenaje, y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Cruzando el puente sobre el Motoyasu-gawa se llega al Parque de la Paz, en el que se pueden ver el Cenotafio y la Llama de la Paz, la cual no se apagará hasta que no haya desaparecido de la Tierra la última arma nuclear. También en esa zona están la Campaña de la Paz y el Monumento infantil de la Paz, homenaje a Sadako Sasaki, una niña que falleció como consecuencia de una leucemia provocada por los efectos de la bomba. Esta niña se propuso hacer mil grullas de papel convencida de que si las hacía se salvaría, pero no puedo acabar su proyecto. Fueron sus compañeros de clase quienes acabaron las que faltaban, y desde entonces continúa la tradición de hacer esas grullas.
Volviendo sobre nuestros pasos cruzamos las vías del tranvía para caminar hasta el castillo de la ciudad. Quedó destruido totalmente por la bomba, y lo que se puede ver ahora es una reconstrucción. Se le conoce también como el castillo de la Carpa. Nosotros vimos el recinto solamente desde el exterior pues teníamos que continuar viaje hacia
Tenemos que regresar de nuevo a la parada del tranvía, el cual tenemos que coger hasta la parada del tren de la linea JR San-yö. Antes hacemos una parada para tomar un tentempie en uno de esos sitios japoneses donde coges la comida expuesta con unas pinzas, la depositas en un bandeja y cuando lo tienes todo pasas por caja. Ya sin hambre nos vamos en tren hasta el muelle desde el que sale el ferry de la compañía JR (no tenemos que pagar al tener el JR pass) que nos va a llevar a nuestro destino final del día: Miyajima.
La verdad es que uno no se cansa de pasear por la zona, el ambiente es alegre, todo el mundo parece tener ganas de pasarlo bien y nosotros nos somos menos. Rodeamos la bahía hasta el lado opuesto y bajamos a la zona de arena donde en ese momento no llega la marea. Hacemos algunas fotos más y disfrutamos del cielo azul y el sol que aún calienta.
Instalados en nuestra habitación, llega la hora de salir a cenar. Se ha hecho de noche y Miyajima parece otra. Los turistas han desaparecido y la calma se ha adueñado del lugar. Con un plano en la mano que nos han dado en el ryokan vamos buscando los lugares que nos recomiendan, y terminamos en uno muy sencillo pero donde probamos una de las comidas más ricas que se pueda imaginas: el okonomiyami. Es un plato que admite cualquier cosa, como si fuera una pizza pero sin masa. También se podría decir que es algo así como una tortilla, pero tampoco es exactamente eso. Lo único que puede decir es que si vas a Japón, tienes que probarlo.
Con la tripa llena salimos rumbo al ryokan pero por supuesto haciendo una parada delante del torii sobre el agua y verlo iluminado. Es un lugar alucinante, da igual que sea de día o de noche, que hay más o menos agua. Siempre es bello y por desgracia no son muchos lo lugares de los que podemos decir eso. Al llegar al ryokan subimos para cambiarnos y bajar con la yukata al onsen. Nos damos un baño totalmente reparador, y dormimos estupendamente en nuestras camas sobre el suelo.
Después de mirar, tocar y rodear el torii de Miyajima, nos vamos de nuevo a la isla para visitar otros lugares. En primer lugar pasamos por un pequeño pero importante templo budista, el Daigan-ji, situado muy cerca del paseo que hay sobre la bahía. Sin ser nada excepcional resulta agradable por su banderas de colores y la cercanía al mar. Rodeamos a continuación el Itsukushima-jinja para llegar hasta el Senjö-kaku, un pabellón enorme y sin paredes que se eleva sobre una ladera de la isla y junto al cual hay una pagoda colorida de cinco alturas. Para entrar en el pabellón hay que pagar entrada y descalzarse, personalmente y después de haber entrado creo que no merece especialmente la pena.
Aún tenemos que caminar unos 15 minutos para llegar a la cima del Misen, donde una vez más lo que vemos nos recompensa con creces el calor que estamos pasando. El mar azul nos sigue rodeando resplandeciente. Pasamos allí un rato, tomando fuerzas y disfrutando del lugar antes de comenzar el descenso.
Comenzamos a bajar, y de camino pasamos por un templo en el que encontramos a un montón de gente descansando (normal, es como para descansar la subidita que hemos tenido que hacer, no quiero ni pensar en el que sube andando desde el pueblo). A partir de ahí ya es todo bajada por un camino muy cómodo que discurre dentro del bosque. En algunos puntos se abre un claro con una vez más maravillosas vistas, y en otros aparece una señal que indica que hay algún templo o santuario. Nosotros no nos desviamos, encontramos por el camino gente que sube andando (valientes) y también algún pequeño ciervo que no sabe si confiar en nosotros o no. Cuando ya llevamos andando cerca de una hora vemos entre los árboles el famoso torii de Miyajima que a esa hora ya emerge de las aguas.
Antes de alcanzar el pueblo pasamos por el Daishö-in, un imponente templo construido en la ladera de la montaña. En sus escaleras hay muchos rodillos de oración y sus jardines están llenos de estatuas de pequeños monjes. Además hay una gruta con imágenes de 88 templos de peregrinación. Desde luego es la visita perfecta para acabar el descenso (aproximadamente hora y media hemos tardado) del Monte Misen.
El camino de vuelta es a la inversa que el día anterior, primero el ferry, luego un tren local hasta la estación central de Hiroshima, y desde allí un shinkansen a Kioto. Llegamos tarde y un poco cansados, así que comemos en un local cerca del hotel donde la cena como casi siempre en Japón está deliciosa.
Una vez fuera del recinto del palacio queda recorrer los jardines, pero apenas nos da tiempo a hacer unas fotos a un precioso estanque cuando empieza a caer agua como si no hubiera un mañana. Nos protegemos debajo de los saledizos del tejado, y toca esperar un buen rato antes de que la lluvia pare. Finalmente conseguimos salir y recorrer todos los senderos que discurren por los enormes y preciosos jardines. La pena es que estaba todo muy gris, probablemente con sol sea aún más bonito.
Salimos del santuario y atravesando el camino bordeado de árboles llegamos al punto donde se bifurcan los ríos… y nos damos cuenta que se acerca la hora del visita al Palacio Imperial y que estamos a cierta distancia. Aceleramos el paso, llegamos a la valla de los jardines y parece que no va a acabar nunca, por más que andamos siempre vemos metros y metros de jardines delante de nosotros. Entre las prisas y la carrera llegamos agotados y sudorosos a la Agencia de la Casa Imperial (a través de la cual y desde España reservamos día y hora para la visita), desde nos mandan a la entrada del Palacio (hay que seguir andando) para acceder con el grupo de las diez de la mañana. Llegamos a tiempo y no somos los últimos. Nos van mandando a una sala con asientos, máquinas de bebidas y baños, donde nos ponen un dvd sobre la historia del palacio. Más tarde y con la guía de habla inglesa accedemos al recinto del Palacio y vamos descubriendo los diferentes edificios. Resulta una visita interesante que da la posibilidad de visitar con tranquilidad el lugar donde a día de hoy se sigue coronando a cada nuevo emperador.
Aprovechando que el sol luce nos vamos en bus (la parada estaba junto a la valla de los jardines imperiales) hacia el Pabellón Dorado, uno de los lugares más conocidos de Kioto. Los autobuses son de tamaño medio y al igual que vimos en otros lugares, se paga al salir con el importe exacto depositado en una máquina (si no tienes ese dinero justo, la misma máquina te posibilita cambiar previamente). Bajamos a poca distancia de la entrada a Kinkaku-ji. Originalmente fue una casa de retiro para un sogún, pero su hijo lo convirtió en templo. Después de pagar la entrada, se accede al recinto donde todo el mundo posa para una foto delante del lago donde se refleja el Pabellón dorado. El recorrido está marcado por un sendero que sube por una pequeña ladera desde la cual se puede apreciar otra vista del lugar. La verdad es que fue un acierto aprovechar un día de sol, la imagen del Pabellón sobre el lago es de las cosas más bonitas que recuerdo de Kioto.
Aunque el siguiente lugar que queremos conocer está algo alejado, el metro en esa zona no existe, y los autobuses no comunican como necesitamos, y aunque tenemos un buen plano con todas las opciones pensamos que podemos llegar andando. Por fortuna esta vez el objetivo no está demasiado lejos y además es cuesta abajo, así que antes de lo que pensamos llegamos al Daitoku-ji, un conjunto de templos zen rodeados de jardines y senderos sinuosos, es un lugar muy relajado y sin casi visitantes. En total hay 24 templos y subtemplos, pero solamente algunos están abiertos a las visitas. Nosotros no entramos en ninguno de ellos, nos limitamos a acceder hasta donde estaba permitido sin pagar. Al final ni teníamos tiempo ni presupuesto para visitar todos y cada uno de los templos de pago. Hay que fiarse del instinto y pensar que los que eliges son los mejores, al menos para ti.
Nos espera uno de los santuarios más antiguos de Japón y también Patrimonio de la Humanidad. Se trata del Kamigamo-jinja, y para llegar lo hacemos en un bus que nos deja en el parking del santuario. Para entrar al recinto hay que recorrer una esplanada de cesped perfectamente cuidado y pasar bajo la puerta de cualquier santuario, el torii. Una vez en el recinto, hay más de 40 edificios, reproducciones exactas de los originales. El lugar está dedicado a Raijín, el dios del trueno y me llamaron la atención las dos mini montañas cónicas de arena blanca frente que dicen está esculpidas para el descenso de los dioses…. cosas de la fé.
Continuamos nuestro paseo por el barrio y nos dirigimos al sur de Shijó-dori, otra zona de las partes más bonitas de Gion y donde he leído que al caer la tarde es posible ver alguna de las pocas geishas que quedan en la ciudad. Caminamos arriba y abajo, vemos taxis vacios que pasan constantemente, miramos cada puerta e intentamos adivinar que hay tras cada celosía de madera que tapa las ventanas, pero nos parece una misión imposible lo de cruzarnos con una geisha… hasta que de repente, una calle estrecha y vacía se llena con el color del traje de una maiko que camina todo lo deprisa que le permite su vestido hacia su cita. Nos quedamos sin habla, era como una aparición que pasó junto a nosotros y nos dibujó una sonrisa que decía “existen y podemos verlas”. Así que decidimos seguir caminando con la ilusión de ver alguna más. Y nuestro esfuerzo tuvo recompensa, pues vimos varias maikos y geikos en diferentes lugares. Fue realmente emocionante, yo estaba feliz y creo que Arturo lo estaba de verme a mi con esa alegría. Se que no se las debe perseguir ni hacer fotos, pero de verdad que cuando ves una no puedes evitar levantar la cámara y disparar.
Después de la emoción de nuestro paso por el barrio de las geishas terminamos el día con otra cosa tipicamente japonesa: el sushi. Buscamos un restaurante que había visto recomendado, Chojiro, en la zona de Ponto-chö. Nos costó un poco dar con él y tuvimos que esperar un rato en las escaleras a que quedara vacía una mesa. Pero creo que acertamos. Un local moderno donde pides la comida a través de una tablet, el servicio es amable, hay una cocinera que habla perfectamente castellano y el pescado está realmente delicioso. Todo a su favor.
En un barrio lleno de templos y santuarios había que elegir que visitar y que no, es imposible conocer todos y cada uno de los lugares que salpican la ciudad. Nosotros nos guiamos principalemente por las recomendaciones de Lonely Planet y de algunos foros, así que el siguiente templo al que nos dirigimos fue Chion-in, cuya entrada al recindo es gratuita, tan solo hay que pagar para acceder a los jardines.
De camino al colorido santuario custodio de Gion, el Yasaka-jinja, pasamos primero por Maruyama-koën, un parque con jardines, estanques y lugares donde tomar algo.
El paseo continuó por uno de los barrios mejor restaurados de Kioto, la zona de Ninen-zaka y Sannen-zaka. Es tan bonito como turístico, y las calles están llenas de encanto, con casas tradicionales, tiendas de recuerdos y restaurantes.
Volvimos a bajar Chawna-zaka, teníamos que llegar a otro lugar en el que yo tenía una cita para recoger mi regalo de cumpleaños: me iba a convertir en
Una vez desmaquillada (a ver si no como salía a la calle…) nos vamos paseando tranquilamente bajo el sol de la tarde. Nos dirigimos a Gion disfrutando del paseo, parando en cada calle o rincón que nos llama la atención y curioseando en algunas tiendas con las que nos encontramos. Llegamos pronto a nuestro destino y celebramos el buen día con una cerveza. Luego salimos a ver si vemos alguna geisha y de nuevo tenemos suerte, aunque esta vez solamente es una. Terminamos cenando en un restaurante camino al hotel, pero todo estaba escrito en japonés así queno puedo dar más pistas.
14 de Octubre
Regresamos a la estación de Kioto y desde allí fuimos en metro de nuevo a la estación de Higashiyama, esta vez para conocer la zona norte de las montañas. El primer lugar que visitamos es Heian-jingü, un impresionante complejo de santuarios construidos para conmemorar el 1100 aniversario de la fundación de Kioto en 1895. Son coloridas réplicas pero a menor escala del Kioto Gosho. Aunque no entramos a los jardines, alguien nos dijo después que merecen la pena (son la única parte de pago del complejo)
Regresando al Sendero del filósofo lo recorremos en dirección contrario curioseando en el interior de algunos templos con los que nos vamos cruzando en el camino y disfrutando de las vistas que hay en ciertos lugares de los tejados de Kioto. Al final del camino llegamos a otro de los templos más interesantes de la zona, el Nanzen-ji, con un amplio recindo donde lo más llamativo es gran puerta principal y el acueducto de ladrillo que hay en la parte posterior. Un sendero que parte de este último lugar lleva a un santuario en la montaña pero nosotros no llegamos a verlo. También es posible disfrutar de un jardín zen, pero ya era tarde para entrar a la hora de nuestra llegada.
15 de Octubre
Para llegar a 
Volvemos a Shijö-dori para subir al bus que nos llevará al noroeste de la ciudad donde están los dos últimos templos que vamos a visitar en Kioto, y también en Japón. El primero es el Ninna-ji, otro de los lugares Patrimonio de la Unesco en la ciudad. Tiene una gran zona que se puede visitar de forma gratuita y que fue la que nosotros vimos. En ella destaca una pagoda de cinco pisos rodeada de un bosque bajo el cual hay una alfombra de musgo de un verde reluciente y un aspecto tan acolchado que pude evitar pisar para comprobar la consistencia del terreno, que tal y como parecía, era blandido, como pisar nubes (bueno, ya sé que las nubes no se pueden pisar, pero si se pudiera seguro que sería como es musgo). En el recinto nos encontramos con un grupo de escolares de picnic, todos encantadores y sumamente discretos y educados como seguro lo son sus progenitores.