Madrid está llena de lugares encantadores pero os aseguro que pocos tienen la magia de una pequeña tienda que descubrí por casualidad el otro día: El taller de las Hadas.
Había visitado con mi sobrina una exposición en el Caixa Forum y salimos para ir paseando hacia la Puerta del Sol cuando de repente algo nos llamó la atención: en la oscuridad de la noche vimos una luz rosada, tutus que parecían querer salir volando y pequeños zapatos brillantes. ¿Qué era aquello? Nos acercamos curiosas para descubrir que estábamos ante El taller de las hadas, una pequeña tienda que destila magia en cada rincón.

Estábamos mirando con asombro cada pequeño artículo que aparecía ante nosotras cuando se nos acercó Pilar León, dueña de este reduzco dedicado a hacer realidad los sueños de muchas niñas… y también de algunas madres. Nos invitó a entrar y nos fue mostrando con amor todas sus pequeñas creaciones, desde sonrientes hadas a varitas mágicas de color rosa que se pueden personalizar a gusto de su futura dueña. Encontramos pequeños sombreritos decorados con flores, cojines para guardar esos dientes que recogerá el Ratoncito Pérez, cestas cubiertas de plumas perfectas para guardar esos secretos que solamente las hadas conocen…

La parte delantera de El taller de las hadas está destinado a tienda, allí se muestran con mimo todos esos complementos que convertirán a cualquier pequeña en la más bonita de las hadas. Pero es en la trastienda donde de verdad ocurre la magia. Entre cintas, estrellitas, mariposas de colores y cientos de adornos llenos de brillo es donde Pilar convierte el más sencillo de los objetos en algo encantador. Sus manos parecen estar hechas para esto, su imaginación no tienen límites… por eso dejó su trabajo como economista para compartir sus sueños con todo el que quiera cruzar el umbral de El taller de las Hadas.
El Taller de las Hadas
Calle Alameda nº 8 – Madrid






Con la tripa llena volvimos a nuestra habitación y al consultar el pronóstico del tiempo para ese día parecía que poco a poco el cielo iría abriendo y podríamos disfrutar del sol. De modo que decidimos ponernos los bañadores, coger los bronceadores y unos libros para pasar el día en la playa, esa playa privada que el Hotel El Conquistador tiene en Isla Palomino. Para llegar allí nos dijeron que había un ferry desde el pequeño embarcadero del hotel que cada hora salía rumbo a la playa, lugar en el que nos comentaron que nos darían toallas y tendríamos bar, baños y actividades para pasar el día. Nosotros nos subimos en el ferry de las 10 de la mañana dispuestos a pasar un día relajados a la sombra de alguna palmera, aunque el horizonte amenazaba más con descargar agua sobre nuestras cabezas que con dejar salir el sol.


Pasadas las tres pensamos que lo mejor era dejarnos de playa y sol, no era plan terminar colorados como tomates el primer día en 





Cuando aterrizamos en el aeropuerto de San Juan ya era de noche, allí anochece a las seis de la tarde y nosotros tomamos tierra pasadas las ocho. Salimos pronto del avión y gracias a ello estuvimos de los primeros en el control de pasaportes, tardamos poco en recoger nuestra maleta y en pocos minutos habíamos cruzado el aeropuerto en dirección al punto en el que yo había acordado con la empresa de alquiler de coches que no iban a recoger.