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Japón

Diario de viaje Japón: Kioto

por Cristina 20/03/2014

9 de Octubre – Kioto

El viaje en tren desde Takayama con una cambio en Nagoya dura casi cuatro horas, pero como siempre en Japón son trayectos muy cómodos y la espera entre un tren y otro el justo para tomar un refresco y cambiar de anden.

Una vez en Kioto nos encontramos en el centro de una increíble estación de techos altísimos y espacios abiertos. Por sus pasillos se encuentran entradas a grandes centros comerciales y hoteles, además de un sin fin de tiendas de recuerdos y comida. También hay una gran oficina de turismos con empleados que hablan diferentes idiomas y facilitan planos y toda la información necesaria.

Nada más salir de la estación por su parte norte nos encontramos con la Torre de Kioto que sobresale del tejado del hotel Kyoto Tower. Dudamos si andar hasta el hotel o coger un bus, pero como no llevamos nada más que dos mini maletas con ruedas decidimos caminar y estirar las piernas. Además hace un día fantástico, todo lo contrario que en Takayama.

De camino a nuestro hotel, el Citadines Karasuma que está en Gojo dori, pasamos por delante del enorme templo Higashi Hongan-ji que está rodeado de un mini foso con nenúfares. No tardamos mucho en llegar a nuestro hotel, al igual que en Tokio es de la cadera Citadines. En seguida nos dan la llave y la maleta que mandamos desde la capital. Subimos a dejar todo para salir a descubrir la ciudad.

Plano en mano nos vamos al metro para llegar al Nijö-jö, el castillo de Kioto que poco tiene que ver otros del país. Cometemos el error habitual cuando se llega a una ciudad nueva: no tener claro como son las distancias reales. Y mira que llevamos un plano, y que dice la escala… pero da igual. Hay que confundirse para aprender, y a nosotros el aprendizaje nos cuesta un gran paseo desde la estación de metro Nijö hasta la entrada al castillo. Además comienza a poner muy gris, por lo que tenemos terminar mojándonos.
Una vez pagada la entrada, atravesamos el gran muro que rodea el recinto y nos acercamos a la gran puerta Karamon que da acceso al palacio Ninomaru, al cual se puede acceder, pero siempre descalzo. Tiene una sola planta y lo más llamativo del edificio, además de los largos pasillos, son las magníficas pinturas que decoran los paneles que separan las habitaciones y los llamados suelos “ruiseñor” que se Ieyasu mandó colocar para protegerse de cualquier posible traidor, pues suenan como si fueran pájaros en cuanto pones un pie encima… y comprobado que es imposible pasar sin hacerlos sonar.
En el interior no se puede fotografiar, así que el quiera verlo tendrá que ir….

Kioto puerta KaramonUna vez fuera del recinto del palacio queda recorrer los jardines, pero apenas nos da tiempo a hacer unas fotos a un precioso estanque cuando empieza a caer agua como si no hubiera un mañana. Nos protegemos debajo de los saledizos del tejado, y toca esperar un buen rato antes de que la lluvia pare. Finalmente conseguimos salir y recorrer todos los senderos que discurren por los enormes y preciosos jardines. La pena es que estaba todo muy gris, probablemente con sol sea aún más bonito.

La luz de día ya comienza a escasear, y toca pensar en cenar. Por si no habíamos caminado bastante, y para terminar de hacer hambre, nos vamos andando hasta la zona de Ponto-chö, zona de vida nocturna de Kioto. La verdad es que llegamos sin muchas fuerzas y terminamos cenando una suculenta pizza en un restaurante que tiene mesas junto a un canal, no podíamos haber elegido mejor modo de acabar el día.

10 de Octubre

Nuevo y soleado día en Kioto. Y tenemos una cita: la visita al Palacio Imperial a las diez de la mañana. Pero nos parece que tenemos tiempo para ver algo más antes, así que bien temprano salimos del hotel y tomamos el metro junto al hotel hasta la estación de Kuramaguchi. Desde allí tenemos que caminar en busca de un santuario Patrimonio de la Humanidad, el Shimogamo-jinja, situado en la bifurcación de dos ríos, el Kamo y el Takano. La verdad es que nos cuenta un poco orientarnos, pero gracias a los encantadores japoneses que vamos encontrando por el camino conseguimos llegar. Nadie habla una palabra de inglés, no digamos ya de castellano, pero ante nuestros seguramente mal pronunciados konnichiwa y arigatö todos sonríen y ayudan como pueden.
Entramos el recinto (gratuito) por un lateral, y nos encontramos con un claro rodeado de altísimos árboles, donde se situan los diferentes edificios del complejo, así como varios torii de diversos tamaños. Hay muchos farolillos de colores, que junto con el rojo de los edificios resplandecen bajo el sol de justicia que ya hay a esa hora de la mañana.

Kioto Shimogamo-jinjaSalimos del santuario y atravesando el camino bordeado de árboles llegamos al punto donde se bifurcan los ríos… y nos damos cuenta que se acerca la hora del visita al Palacio Imperial y que estamos a cierta distancia. Aceleramos el paso, llegamos a la valla de los jardines y parece que no va a acabar nunca, por más que andamos siempre vemos metros y metros de jardines delante de nosotros. Entre las prisas y la carrera llegamos agotados y sudorosos a la Agencia de la Casa Imperial (a través de la cual y desde España reservamos día y hora para la visita), desde nos mandan a la entrada del Palacio (hay que seguir andando) para acceder con el grupo de las diez de la mañana. Llegamos a tiempo y no somos los últimos. Nos van mandando a una sala con asientos, máquinas de bebidas y baños, donde nos ponen un dvd sobre la historia del palacio. Más tarde y con la guía de habla inglesa accedemos al recinto del Palacio y vamos descubriendo los diferentes edificios. Resulta una visita interesante que da la posibilidad de visitar con tranquilidad el lugar donde a día de hoy se sigue coronando a cada nuevo emperador.

Kioto Palacio Imperial Aprovechando que el sol luce nos vamos en bus (la parada estaba junto a la valla de los jardines imperiales) hacia el Pabellón Dorado, uno de los lugares más conocidos de Kioto. Los autobuses son de tamaño medio y al igual que vimos en otros lugares, se paga al salir con el importe exacto depositado en una máquina (si no tienes ese dinero justo, la misma máquina te posibilita cambiar previamente). Bajamos a poca distancia de la entrada a Kinkaku-ji. Originalmente fue una casa de retiro para un sogún, pero su hijo lo convirtió en templo. Después de pagar la entrada, se accede al recinto donde todo el mundo posa para una foto delante del lago donde se refleja el Pabellón dorado. El recorrido está marcado por un sendero que sube por una pequeña ladera desde la cual se puede apreciar otra vista del lugar. La verdad es que fue un acierto aprovechar un día de sol, la imagen del Pabellón sobre el lago es de las cosas más bonitas que recuerdo de Kioto.

Kioto Pabellón DoradoAunque el siguiente lugar que queremos conocer está algo alejado, el metro en esa zona no existe, y los autobuses no comunican como necesitamos, y aunque tenemos un buen plano con todas las opciones pensamos que podemos llegar andando. Por fortuna esta vez el objetivo no está demasiado lejos y además es cuesta abajo, así que antes de lo que pensamos llegamos al Daitoku-ji, un conjunto de templos zen rodeados de jardines y senderos sinuosos, es un lugar muy relajado y sin casi visitantes. En total hay 24 templos y subtemplos, pero solamente algunos están abiertos a las visitas. Nosotros no entramos en ninguno de ellos, nos limitamos a acceder hasta donde estaba permitido sin pagar. Al final ni teníamos tiempo ni presupuesto para visitar todos y cada uno de los templos de pago. Hay que fiarse del instinto y pensar que los que eliges son los mejores, al menos para ti.

Kioto Daitoku-jiNos espera uno de los santuarios más antiguos de Japón y también Patrimonio de la Humanidad. Se trata del Kamigamo-jinja, y para llegar lo hacemos en un bus que nos deja en el parking del santuario. Para entrar al recinto hay que recorrer una esplanada de cesped perfectamente cuidado y pasar bajo la puerta de cualquier santuario, el torii. Una vez en el recinto, hay más de 40 edificios, reproducciones exactas de los originales. El lugar está dedicado a Raijín, el dios del trueno y me llamaron la atención las dos mini montañas cónicas de arena blanca frente que dicen está esculpidas para el descenso de los dioses…. cosas de la fé.

Como ya está bien de visitar a templos y palacios, nos volvemos a subir al bus para llegar a Gion, el barrio más famoso de Kioto y que está situado en la orilla oriental del río Kamo. Aunque es una zona llena de locales nocturnos, restaurantes y tiendas de recuerdos, aún quedan zonas llenas de encanto, tal y como eran los hanamachi (barrios de las geishas), a cuyas calles dan las puertas de las okiyas (casas de maikos durante su aprendizaje).
Paseamos por sus calles hasta encontrar Shimbashi, una de las más bonitas de Kioto. Casas tradicionales, puentes y almendros crean casi un lugar de postal.

Kioto ShimbashiContinuamos nuestro paseo por el barrio y nos dirigimos al sur de Shijó-dori, otra zona de las partes más bonitas de Gion y donde he leído que al caer la tarde es posible ver alguna de las pocas geishas que quedan en la ciudad. Caminamos arriba y abajo, vemos taxis vacios que pasan constantemente, miramos cada puerta e intentamos adivinar que hay tras cada celosía de madera que tapa las ventanas, pero nos parece una misión imposible lo de cruzarnos con una geisha… hasta que de repente, una calle estrecha y vacía se llena con el color del traje de una maiko que camina todo lo deprisa que le permite su vestido hacia su cita. Nos quedamos sin habla, era como una aparición que pasó junto a nosotros y nos dibujó una sonrisa que decía “existen y podemos verlas”. Así que decidimos seguir caminando con la ilusión de ver alguna más. Y nuestro esfuerzo tuvo recompensa, pues vimos varias maikos y geikos en diferentes lugares. Fue realmente emocionante, yo estaba feliz y creo que Arturo lo estaba de verme a mi con esa alegría. Se que no se las debe perseguir ni hacer fotos, pero de verdad que cuando ves una no puedes evitar levantar la cámara y disparar.

Kioto GeishasDespués de la emoción de nuestro paso por el barrio de las geishas terminamos el día con otra cosa tipicamente japonesa: el sushi. Buscamos un restaurante que había visto recomendado, Chojiro, en la zona de Ponto-chö. Nos costó un poco dar con él y tuvimos que esperar un rato en las escaleras a que quedara vacía una mesa. Pero creo que acertamos. Un local moderno donde pides la comida a través de una tablet, el servicio es amable, hay una cocinera que habla perfectamente castellano y el pescado está realmente delicioso. Todo a su favor.

Y después de la cena, paseito al hotel y a descansar, que al día siguiente habrá más.

11 de Octubre

Hoy es el día que vamos a dedicar el sur de Higashiyama, las montañas de la zona oriental de Kioto. Vamos en metro hasta la estación con el mismo nombre que las montañas, y desde allí paseamos poca distancia hasta el primero de los templos que queremos ver, el Shören-in. Este lugar se distingue con facilidad por los enormes alcanforeros que crecen junto a sus muros. Fue primero residencia de una abad de la escuela budista Tendai, y posteriormente se convirtió en el templo que es hoy. Es un lugar muy tranquilo que hay que visitar descalzo (excepto los jardines, para eso te puedes calzar) y hay algunos paneles con unas pinturas realmente llamativas. El precio incluye la visita a todo el recinto.

Kioto Shören-inEn un barrio lleno de templos y santuarios había que elegir que visitar y que no, es imposible conocer todos y cada uno de los lugares que salpican la ciudad. Nosotros nos guiamos principalemente por las recomendaciones de Lonely Planet y de algunos foros, así que el siguiente templo al que nos dirigimos fue Chion-in, cuya entrada al recindo es gratuita, tan solo hay que pagar para acceder a los jardines.
Este templo es la sede de la escuela budista Jödo, y es un lugar majestuoso, donde todo parece hecho a gran escala, desde los puentes a la campana, pasando por supuesto por la puerta y la enorme sala principal que nosotros solamente pudimos intuir pues estaba en obras y tapada por una estructura realmente grande. En la parte posterior del recinto hay unas escaleras que conducen a un cementerio en diferentes niveles, así como a otras zonas del templo. Merece la pena el pequeño esfuerzo de subir, pues las vistas desde arriba son bastante bonitas y sin casi gente.

Kioto Chion-inDe camino al colorido santuario custodio de Gion, el Yasaka-jinja, pasamos primero por Maruyama-koën, un parque con jardines, estanques y lugares donde tomar algo.
El santuario nada tiene que ver con los templos que habíamos visitado un poco antes. Aquí todo es bullicio, color y gente que va y viene. No tiene nada especial que le haga destacar, pero para nosotros era un lugar de paso y disfrutamos de la sonrisa de un grupo de jovencitas que iban vestidas con los tradicionales yukata y que posaron encantadas para nosotros.

Kioto Yasaka-jinjaEl paseo continuó por uno de los barrios mejor restaurados de Kioto, la zona de Ninen-zaka y Sannen-zaka. Es tan bonito como turístico, y las calles están llenas de encanto, con casas tradicionales, tiendas de recuerdos y restaurantes.

Kiyomizu-dera es probablemente el templo más visitado de esta zona de la ciudad, y hacia él fuimos subiendo la transitada Chawan-zaka que está bordeada de tiendas de comida rápida, de recuerdos y de artesania. Gente que sube y baja sin parar, todos con la cámara de fotos y alguna bolsa con su compras.
Al llegar a la parte alta de la calle encontramos la puerta de entrada al templo y una pagoda, que curiosamente lucen un precioso color rojo que hasta alturas del viaje nosotros ya asociamos más a los santuarios sintoistas que a los templos budistas. Hay que continuar ascendiendo y tras pagar el importe de la entrada ya se puede acceder a la sala principal, una gran estructura de madera con una gran terraza que se sostiene sobre cientos de columnas sobresaliendo por encima de la ladera. El nombre del templo quiere decir “del agua pura”, y el manantial con ese agua se encuentra debajo de la terraza, la gente hace cola para poder beber ese agua que parece ser tiene propiedades terapéuticas.
Desde la terraza del templo se puede ver al fondo otra pequeña pagoda roja de tres pisos, casi nadie llega a ella, pero está cerca del camino principal y es sencillo acceder.

Kioto Kiyomizu-deraVolvimos a bajar Chawna-zaka, teníamos que llegar a otro lugar en el que yo tenía una cita para recoger mi regalo de cumpleaños: me iba a convertir en maiko por un día. Desde España buscamos las opciones para una transformación en geisha, y esta me pareció la más interesante, así que reservamos para un día y hora concretos. Y fue toda una experiencia, ni yo misma me reconocía cuando terminaron de vestirme y maquillarme. Y que decir de Arturo que no supo que era yo hasta que no le hablé…. Sin duda uno de los mejores regalos de cumpleaños que he tenido jamás.

Maiko HenshinUna vez desmaquillada (a ver si no como salía a la calle…) nos vamos paseando tranquilamente bajo el sol de la tarde. Nos dirigimos a Gion disfrutando del paseo, parando en cada calle o rincón que nos llama la atención y curioseando en algunas tiendas con las que nos encontramos. Llegamos pronto a nuestro destino y celebramos el buen día con una cerveza. Luego salimos a ver si vemos alguna geisha y de nuevo tenemos suerte, aunque esta vez solamente es una. Terminamos cenando en un restaurante camino al hotel, pero todo estaba escrito en japonés así queno puedo dar más pistas.
Tocaba preparar maleta, porque al día siguiente nos vamos a Hiroshima y Miyajima y hay que dejar todo organizado.

12 de Octubre

Después de recoger todo el equipaje y desayunar nos marchamos de Kioto con una pequeña mochila. Dejamos todo en la consigna del hotel, pues vamos a regresar mañana por la noche. Es como hacer una escapada de fin de semana. Nuestro destino: Hiroshima y Miyajima.

13 de Octubre

Llegamos ya de noche a Kioto, y antes de entrar en el hotel cenamos en un restaurante cercano. Ya habíamos probado la experiencia de la máquina que registra la comanda. Es muy sencillo: indicas bebida y comida que quieres tomar, pagas y entregas la nota a una camarero. Más fácil imposible. A mi me recordaba la máquina un poco a las expendedoras de tabaco de España, pero con más botones.

Y con la tripa llena al hotel. La habitación esta vez nos gustó más, aunque la cama era un poco más pequeña (la otra habitación tenía dos juntas) el resto de la habitación nos resultaba más cómoda y espaciosa.

Citadines Kioto14 de Octubre

Hoy es mi cumpleaños, luce el sol y estoy en Kioto. ¿Qué más puedo pedir? Pues muy sencillo: visitar el santuario Fushimi Inari, uno de los lugares más conocidos de Japón gracias al paseo de la protagonista de Memorias de una geisha bajo sus torii.
Para llegar al santuario tan solo tuvimos que ir a la estación de Kioto y allí coger lo que sería una linea de cercanías hasta la estación de Inari. La verdad es que no elegimos el mejor día para la visita, pues en Japón el 14 de octubre resultó ser festivo y no era día lectivo, por lo que había gran cantidad de gente tanto en el tren como en el santuario. Pero era lo que tocaba, de modo que nos acercamos a la entrada del lugar, visitamos los edificios principales y a continuación empezamos a subir por la montaña bajo la hilera inacabable de torii rojos situados uno junto a otro. Es un paseo muy agradable que va pasando por los cinco santuarios que se extienden por las laderas boscosas del Inari-yama.

Fushimi-Inari, KiotoRegresamos a la estación de Kioto y desde allí fuimos en metro de nuevo a la estación de Higashiyama, esta vez para conocer la zona norte de las montañas. El primer lugar que visitamos es Heian-jingü, un impresionante complejo de santuarios construidos para conmemorar el 1100 aniversario de la fundación de Kioto en 1895. Son coloridas réplicas pero a menor escala del Kioto Gosho. Aunque no entramos a los jardines, alguien nos dijo después que merecen la pena (son la única parte de pago del complejo)
Durante la visita vimos a una familia celebrando el nacimiento de un bebé y posaron con agrado para nuestra cámara.

A continuación nos dirigimos al Sendero del filósofo, un camino peatonal que discurre junto a un canal a los pies del Higashiyama y que está bordado de árboles y banquitos donde sentarse a descansar. También encontramos algunas tiendas de artesanía con cierto estilo (y precio acorde) a lo largo del paseo.

Al final del sendero y subiendo una pequeña cuesta se llega al Ginkaku-ji. Es también uno de los lugares más concurridos de la ciudad, y previo pago se accede al recinto que aloja el conocido como Pabellón de plata, aunque dicho edificio nunca llegó a estar recubierto de ese metal. La verdad es que este lugar me decepcionó un poco, no se si por la cantidad de gente, porque el recorrido era estrecho e imposible desviarse de él o porque el pabellón me resultó tremendamente soso. Todo el mundo dice que merece mucho la pena, pero para mi son más bonitos otros lugares de Kioto.

Ginkaku-ji, KiotoRegresando al Sendero del filósofo lo recorremos en dirección contrario curioseando en el interior de algunos templos con los que nos vamos cruzando en el camino y disfrutando de las vistas que hay en ciertos lugares de los tejados de Kioto. Al final del camino llegamos a otro de los templos más interesantes de la zona, el Nanzen-ji, con un amplio recindo donde lo más llamativo es gran puerta principal y el acueducto de ladrillo que hay en la parte posterior. Un sendero que parte de este último lugar lleva a un santuario en la montaña pero nosotros no llegamos a verlo. También es posible disfrutar de un jardín zen, pero ya era tarde para entrar a la hora de nuestra llegada.

Ya solamente quedaba ir a cenar, y el lugar elegido fue un restaurante que ya habíamos visitado: Chojiro. Me apetecia cenar pescado y como la vez anterior había sido tan divertido y la comida rica, decidimos volver. Y salimos más contentos aún que la primera vez. En primer lugar probamos anguila, y jamás hubiera pensando que podía estar tan bueno ese pescado. Además al comentar con la cocinera que hablaba español que era mi cumpleaños, el dueño del local me preparo y obsequió con un plato de sushi tan bonito que daba pena comerlo. Y también me regaló una botella de un nuevo tipo de sake espumoso que resultó estar bastante bueno. Un fin de fiesta genial.

Sushi en Chojiro, Kioto15 de Octubre

El día amanece con lluvia y con pronóstico de que será así todo el día de modo que cambiamos el plan inicial sobre la marcha y pensamos que es el día perfecto para ir a Osaka y visitar su Acuario. Pero antes nos apetece acercarnos a uno de los mercados de Kioto, el Nishiki, que está cubierto y nos parece una visita perfecta para un día lluvioso. No está muy lejos del hotel, así que aunque llueve nos vamos paseando hasta hasta allí, tan solo una manzana al norte de Shijo-dori. Dentro encontramos tanto orden y limpieza como ya esperábamos, así como muchas tiendas de recuerdos, algunos restaurantes y puestos de comida donde vemos productos que no somos capaces ni de adivinar que son. Lo que más hay son diferentes tipos de algas y todo tipo de pescado y marisco, pero nada de lo que vemos consigue abrirnos el apetito… igual es porque acabamos de desayunar. Lo único que compramos en una tienda es un precioso paraguas transparente con flores de colores, y desde luego le vamos a dar buen uso ese día.

DSC_0333Para llegar a Osaka tenemos que ir hasta la estación de Kioto y desde allí podemos coger cualquier tren, así que una vez en la estación averiguamos el primer tren que sale y en apenas media hora estamos en nuestro destino.

16 de Octubre

Este día se lo vamos a dedicar a Okayama, en principio iba a ser una visita combinada en un solo día con Osaka, pero el tiempo ha impuesto que sea de otro modo, así que volvemos a la estación de Kioto, por la que ya nos movemos con cierta soltura, y tomamos el primer shinkansen que sale con destino a la ciudad que queremos visitar y a la que llegamos en algo más de una hora.

Al volver por la tarde a Kioto nos apetece volver a la zona de Gion, pasear, buscar geishas y tomar una cerveza en una especie de curiosa taberna que habíamos descubierto en la zona comercíal de Teramachi. A pesar de sus cuadros tipicamente japoneses, había algo en ese lugar que me recordaba a las bodegas y bares del antiguo Madrid. Arturo decía que si, pero creo que solo por darme la razón…. Os dejo aquí alguna foto a ver si alguien piensa como yo.

17 de Octubre

Es nuestro penúltimo día en Kioto y nos queda una visita pendiente: la ciudad de Nara. Así que hay que solucionarlo y nos vamos a visitarla. Los trenes en este caso son locales y tardan una hora en unir ambas ciudades.

18 de Octubre

Toca preparar equipaje y hacer el check-out pues a mediodía abandonamos Kioto. Pero aún tenemos por delante una mañana para conocer algún nuevo lugar de esta ciudad que nos ha enamorado.
Lo primero que hacemos es ir hasta la zona de Gion, la hemos visto varias veces por la tarde y por la noche, pero nunca hemos caminado por las calles del barrio durante la mañana y el ambiente no tiene nada que ver: no hay turistas y si muchos trabajadores que se dirigen a su trabajo, furgonetas con el reparto del supermercado llevando mercancía a supermercados, e incluso calles vacias a las que asoman casas que con toda probabilidad son casas de té o bien okiyas y ante cada una de las cuales invento una historia con lo que ocurre dentro. Fijo que no doy una, pero se nos hace muy entretenido el camino.

Gion, Kioto

Caminando llegamos a la orilla de río, y tras cruzar el puente Shijö bajamos para hacer unas fotos de la parte posterior de los locales de Ponto-chö y ver la ciudad desde otra perspectiva.

KiotoVolvemos a Shijö-dori para subir al bus que nos llevará al noroeste de la ciudad donde están los dos últimos templos que vamos a visitar en Kioto, y también en Japón. El primero es el Ninna-ji, otro de los lugares Patrimonio de la Unesco en la ciudad. Tiene una gran zona que se puede visitar de forma gratuita y que fue la que nosotros vimos. En ella destaca una pagoda de cinco pisos rodeada de un bosque bajo el cual hay una alfombra de musgo de un verde reluciente y un aspecto tan acolchado que pude evitar pisar para comprobar la consistencia del terreno, que tal y como parecía, era blandido, como pisar nubes (bueno, ya sé que las nubes no se pueden pisar, pero si se pudiera seguro que sería como es musgo). En el recinto nos encontramos con un grupo de escolares de picnic, todos encantadores y sumamente discretos y educados como seguro lo son sus progenitores.

No demasiado lejos del Ninna-ji se encuentra Ryöan-ji, , que también es Patrimonio de la Humanidad. Nada más entrar al recinto pagamos la entrada que nos da la oportunidad de contemplar uno de los famosos jardines secos japoneses. Para llegar a la zona de templo donde está dicho jardín hay que pasear por un precioso bosque que rodea un enorme y precioso estanque.
Al entrar al edificio donde esta el mirador sobre el jardín zen, hay que descalzarse. Se pueden ver diferentes salas interiores con sus paneles bellamente decorados, y en un lateral, una terraza con un par de niveles de asientos donde sentarse a disfrutar del mar de arena del que sobresalen 15 piedras. Siendo sincera, a mi ni fu ni fa… Está bien por verlo, es curioso, pero nada más, personalmente me quedo con cualquier jardín tradicional con sus árboles y sus flores.

DSC_0756

Al acabar la visita al templo nos vamos a coger el bus que nos deja relativamente cerca del hotel, pedimos nuestro equipaje y nos vamos por última vez a la estación de Kioto por la que hemos pasado tantas veces en los últimos días. Cogeremos nuestro último shinkansen hasta la Tokio, y desde allí el último tren del viaje a Narita, donde vamos a pasar la última noche. Nuestro vuelo sale por la mañana y el hotel APA Keisei que hemos reservado cuenta con servicio gratuito de traslado al aeropuerto. Es un hotel pensado justo para eso, pasar una noche y salir a otro destino. Cerca hay alguno restaurantes y supermercados, pero nosotros terminamos tomando cerveza en un lugar con algo más de encanto que el resto. Luego a dormir la última noche (por ahora) en suelo japonés.

Porque Japón nos ha gustado TANTO que seguro volveremos.

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Japón

Diario de viaje Japón: Takayama

por Cristina 18/03/2014
Takayama, Japón

7 de Octubre – Takayama

Se nos acaba el tiempo en Tokio, hoy nos marchamos de la capital japonesa después de una semana llena de actividad, y el destino es Takayama, en los Alpes japoneses.
Hacemos el check-out en el hotel y recurrimos a la opción del envio de equipaje. Como en Takayama vamos a pasar nada más dos noches, hemos decidido que la maleta más grande nos la manden directamente del hotel de Tokio al de Kioto. Casualmente son de la misma cadena, pero eso hubiera dado igual. Para registrar todos los datos y saber el precio del envío miden y pesan la maleta, toman nota de como es y calculan el importe. En nuestro caso no llegó a 18 euros quitarnos ese peso de encima.
Así que ligeros de equipaje nos vamos a la estación de tren de Shinjuku desde donde iremos en tren a Nagoya con una parada intermedia para cambiar de tren en Shinagawa. En Nagoya tenemos que cambiar de tren y tomar otro que nos lleva a través de las montañas y junto al río Hida hasta nuestro destino. Este último tramo es una preciosidad, además luce el sol y las vistas desde la ventana de tren nos tienen entretenidos hasta que llegamos a Takayama. En total el viaje son casi cinco horas, pero entre los cambios de tren y las vistas no es tan pesado como pueda parecer.
Cuando llegamos a nuestro destino, luce el sol y nos quedan aún unas cuantas horas para conocer esta pequeña ciudad. El hotel en el que nos alojamos, el Takayama Green hotel, está un poco alejado del centro pero cuenta con un servicio gratuito de traslado desde y hasta la estación de tren. Cuando salimos a este lugar que aún no conocemos enseguida nos encontramos con un microbus que nos espera y nos conduce hasta el hotel. La habitación aún no está disponible, de modo que dejamos en consigna nuestro equipaje y con la guía y la cámara de fotos regresamos al centro de la ciudad utilizando de nuevo el servicio de transporte gratuito.

Desde la estación que es donde nos deja el bus, nos acercamos en primer lugar al templo Hida Kokubun-ji, un pequeño recinto en cuya puerta vemos por primera vez las saru-bobo, las muñecas rojas recuerdo de las que las abuelas hacían a sus nietos con trozos de retales. Del templo lo que más no llama la atención es la pagoda de tres pisos y el gran árbol gingko lleno de nudos.

 Hida Kokubun-ji

Al salir del templo avanzamos por la calle principal hasta el puente sobre el Miya-gawa, el río que atraviesa la ciudad. Paseando por calles donde las casas son tradicionales, salimos a Yasagawa-dori, la avenida que nos lleva al distrito de Teramachi. Allí nos espera un precioso paseo a través de cementerios budistas y templos, pasamos de uno a otro casi sin darnos cuenta mientras el sol va tiñendo todo de dorado. Es un paseo increíble y muy recomendable que tuvimos la suerte de hacer prácticamente en soledad, pues tan solo nos cruzamos con un par de monjes y otra viajera.

Teramachi

Acababa el día y se hacía hora de cenar, por aprovechar a tope la luz no habíamos comida nada. Así que regresamos a la avenida principal de la ciudad, pero encontramos que muchos de los restaurantes solamente abrían al mediodía… así que recurrimos a los lugares recomendamos en Tripadvisor, y acertamos. Cenamos en Ebihachi, un restaurante donde se puede probar una fantástica tempura sentado a la barra del local.

DSC_0869

Había que volver al hotel, y ya no podíamos hacerlo en el bus para los clientes porque el servicio acababa a las seis, de modo que volvimos dando un paseo que resultó más cómodo de lo que habíamos pensado por la distancia. Ya estaba nuestra habitación preparada, habíamos elegido estilo japonés y fue algo diferente ver como las camareras abrían armarios para montar las camas en pocos minutos y dejar el espacio listo para la noche.

TAKAYAMA GREEN HOTEL

Pero antes de acostarnos teníamos algo pendiente. El hotel es enorme y en cualquier pasillo te cruzas con japoneses ataviados con la correspondiente bata que van o vienen del onsen que es magnífico además de incluido en el precio. Yo no podía utilizarlo porque tengo un tatuaje y el acceso a estos baños está restringido a cualquier persona tatuada. Así que tuvimos que recurrir a la opción B, que era un mini onsen de pago perteneciente al gran supermercado del hotel. Seguro que no es lo mismo, pero a mi como experiencia me sirvió acceder a ese espacio tan relajante donde me pude sumergir en un bañera de piedra con agua a alta temperatura. Nos quedamos super relajados y podemos decir que dormimos como bebés…

8 de Octubre

Nuevo día en Takayama. Después del desayuno (nos lo organizamos en la habitación con galletas, zumo y tés) nos vamos en el bus del hotel a uno de los dos mercados matutinos de la ciudad, el Jinya-mae. Está situado en una plaza delante del Takayama-jinya, un edificio del gobierno perteneciente al periodo de uno de los sogunatos. No visitamos este edificio, y creo que fue por la decepción que me entró con el mercado. Acostumbrada a los mercados asiáticos llenos de vida, color y gente por todas partes este de Takayama me pareció casi un decorado: pocos puestos, todo extremadamente limpio (bueno, es Japón, no debía haber esperado otra cosa) y pocos productos a la venta, apenas unas verduras y unas flores. Ni fotos hice….

Nos pusimos a caminar en busca de las más bellas calles de la ciudad, que se encuentran en el distrito de Sanmachi. Son un puñado de largar y ordenas calles llenas de viviendas tradicionales, muchas de las cuales se han convertido hoy en tiendas de recuerdos o bien cuelga en su puerta una gran bola de cedro que indica que ahí se vende sake. En una de esas tiendas compramos una pequeña tetera de cerámica que se convirtió no solamente en el recuerdo físico que tenemos en casa, si no también en el de una nueva y especial experiencia de compras en Japón.

Takayama, Japón

Paseando por esas calles nos fuimos acercando al otro mercado matutino de la ciudad, pero la verdad es que encontramos lo mismo: orden, limpieza, tiendas de recuerdos y algún puesto con verdura ordenada y casi lista para comer. De nuevo no me entraron ganas de sacar la cámara….
Con la decepción de los mercados y el buen sabor de boca de las calles del casco antiguo, nos fuimos a buscar la parada del bus en la estación de tren para llegar a Hida-no-sato, una aldea tradicional montada con casas reconstruidas de distintas partes de la región, todas ellas situadas alrededor de un lago y en la ladera de una montaña un poco por encima del nivel de Takayama. Las casas se pueden visitar por dentro, contemplar como era la vida de granjeros y ganaderos, pasar un rato con juegos típicos o vestirse con ropas de la zona para hacerse una foto. Hacen falta unas tres horas para ver todo con tranquilidad. ¡Ah! Y para entrar en las casas hay que descalzarse… imagino que invierno puede ser terrible el frío.

Hida-no-Sato, Takayama, Japón

Hida. no-Sato, Takayama, Japón

Terminada la visita volvemos en bus a la estación de tren de Takayama para acabar con las visitas en la ciudad. Nos dirigimos en primer lugar a una de las más importantes casas de mercaderes de la ciudad convertida hoy en museo y que aparece en diferentes publicaciones de arquitectura: Yoshijima-ke. El interior no tiene ningún ornamento por lo que se puede disfrutar del edificio y contemplar los diferentes espacios construidos en madera, con grandes vigas y paneles de papel en la zona privada de la casa. Constantemente tienen un puchero con caldo del que se puede tomar una taza que te sirves tu mismo.

Yoshijima-ke

El 9 de Octubre hay una famosa festividad en Takayama, el Hachiman Matsuri, durante la cual una serie de enormes carrozas desfilan por las calles de la ciudad y acude gente de toda la región para participar. Por ello algunos de los almacenes donde guardan esas carrozas tienen sus puertas abiertas para que los visitantes los puedan ver. Nosotros de camino a uno de los santuarios de Takayama pudimos ver uno de esos almacenes abiertos.

La última visita del día será el santuario Sakurayama Hachiman-gü que se encuentra en la ladera de la montaña y al que se accede por unas escaleras que comienzan detrás del torii de entrada. En el recinto se esta preparando todo para la fiesta del día siguiente… pero el cielo comienza a ponerse oscuro y el pronóstico no es nada bueno: lluvia todo el día.
La calle que lleva al santuario se ensancha justo antes del torii y en ella hay un gran número de tiendas de recuerdos, algunas de tallas de madera maravillosas a unos precios que no lo son en absoluto. Así que lo que nos terminamos comprando son unos calcetines la mar de graciosos.

Sakurayama Hachiman-gü, Takayama, Japón

Entre visita y visita se hace la hora de cenar, y ya tenemos claro que queremos probar algún plato de ternera de Hida. Tenemos referencias por la Lonely Planet de un restaurante en Shimo-Ni-no, una de las calles principales de Takayama. Nos vamos hacia allá y encontramos un lugar informal anexo a un impoluta carnicería. La carta es breve, tres opciones de carne con diferentes salsas. Pero como solamente está en japonés, pues decidimos por la foto y la verdad es que acertamos. Lo que nos sirven son unos grandes cuencos de carne guisada muy sabrosa. Para mi gusto bien para probarla, pero quizás un poco grasa, aunque al parecer eso es lo que la hace tan jugosa. No puedo compartir las fotos porque no las encuentro, pero si dejar el nombre del local: Takumi-ya.

Con la tripa llena nos vamos al hotel dando otro paseo y al llegar mientras yo preparaba la maleta Arturo se marchó al gran onsen del hotel. Una pena no haberlo podido probar yo….

9 de Octubre

Tal y como el pronóstico del tiempo decía, amanece lloviendo y con ganas. Y parace que será así todo el día. Tenemos que decidir que hacer. Nuestra idea inicial era aprovechar toda la mañana para irnos a conocer Shirakawa-gö y por la tarde salir hacia Kioto. Pero con este tiempo tan poco agradable pensamos que lo mejor es marcharnos tranquilamente de Takayama, ya que nos dicen que las carrozas tampoco podrán salir si la lluvia continúa.
Así que terminamos de hacer maletas y nos marchamos en el bus a la estación para coger el tren dirección Nagoya y desde allí a Kioto.

Sayonara, Takayama

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Japón

Diario de viaje Japón: Matsumoto

por Cristina 16/03/2014
Castillo de Matsumoto, Japón

6 de Octubre – Matsumoto

Parece que el tiempo hoy se va a portar mejor con nosotros, y con pronóstico de sol nos vamos a la estación de tren para salir hacia Matsumoto. Es un viaje directo de casi tres horas desde Tokio, pero decidimos ir y volver en el día debido a que ya teníamos activa la JR pass y así evitábamos traslados más complicados, cargar más veces con maletas y algún cambio extra de hotel.
Este fue nuestro primer viaje largo en un tren Shinkansen, alta velocidad japonesa, y la verdad es que resultó de lo más cómodo. Asientos amplios, espacio sobrado para las piernas, grandes ventanas… vamos, un lujo.

Al llegar a Matsumoto nos encontramos una ciudad soleada, limpia y muy tranquila. Era domingo por la mañana y se respiraba ese ambiente de jornada no laboral. En la estación preguntamos sobre el préstamo de bicicletas gratuito que hay en la ciudad, y nos dieron un par de direcciones, pero mientras caminábamos decidimos que después de tres horas sentados y ya que las distancias no eran grandes íbamos a ir andando.
Cruzamos el Chitose-bashi sobre el río de la ciudad y unos 200 metros más allá entramos en recinto de los jardines que rodean el castillo.

Castillo de Matsumoto

Después de hacer algunas fotos nos acercamos a la entrada para adquirir el ticket y atravesar la muralla. Una vez dentro nos encontramos con otros preciosos y cuidados jardines, y en una esquina, imponente, el castillo de madera más antiguo de Japón.
Nuestra idea en este viaje era ir al castillo de Himeji, pero al estar en restauración, elegimos como segunda opción el de Matsumoto que es una de las cuatro fortalezas clasificadas como tesoro nacional japonés.

El castillo se puede visitar por dentro, basta con descalzarse y meter los zapatos en una bolsa que te entregan al entrar. No quiero pensar como puede ser visitar el lugar en invierno, porque no parece que haya ningún sistema de calefacción y si muchas ventanas y huecos por todas partes… Vamos, que yo daba gracias por estar allí en un día cálido. El interior no tiene nada, es totalmente diáfano con suelos y paredes de madera, y se accede por la ruta marcada de piso en piso observando como está construido. Las escaleras no en todos los puntos son accesibles para cualquiera. Desde las ventanas abiertas o los ventanucos se ve bien el exterior, y también merece la pena fijarse en los huecos que se utilizaban para lanzar aceite hirviendo a quien quisiera entrar al edificio por algún lugar que no fuera la puerta (ya sabéis de que hablo: invasiones, guerras,….)

Al salir del castillo aún dimos un paseo a su alrededor del foso e hicimos alguna foto más. También vimos una pareja que estaba celebrando su boda vestidos con trajes tradicionales japoneses.

Novios japoneses, Matsumoto, Japón

Nos fuimos hacia el barrio de Nakamachi, la zona del antiguo barrio de mercaderes donde casi todos los almacenes son hoy en día cafés, restaurantes o tiendas de recuerdos. A mi personalmente me pareció un lugar tranquilo y agradable para dar un paseo, pero no tan especial como los barrios antiguos que más tarde durante el viaje vería en otras ciudades.

Paramos en Nawate-dori, una calle junto al río con algunos puestos de antigüedades y de comida. Estos últimos geniales para un tentempie, no podría decir exactamente que eran esa especie de galletas calientes rellenas que comí, solamente que estaban realmente buenas, tanto como para repetir.
En una de las tiendas compramos un tetera antigua y fue una de las experiencias de compras más curiosas que he tenido nunca. De esas cosas que seguramente solamente pasen en Japón….
Como el viaje de vuelta era largo, no nos demoramos demasiado en la partida y creo que gracias a ello tuvimos la suerte de un regalazo con forma de volcán. Camino de Tokio, yo iba mirando por la ventana del tren cuando de repente y sin esperarlo allí estaba el Monte Fuji, sin nubes y posando para una foto. Fue el final perfecto para un precioso día.

Fuji, Japón

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Japón

Diario de viaje Japón: Nikkó

por Cristina 14/03/2014
Nikkó, Japón

5 de Octubre – Nikkó

Hoy es el primer día que vamos a usar la JR pass, nos vamos a Nikkó. De nuevo amanece lloviendo, pero nos hemos comprado un paraguas transparente de los que venden en cualquier tienda o estación de metro. Así, aunque tengamos que ir tapados siempre podemos mirar hacia arriba y ver el cielo.

El trayecto desde Tokio a Nikkó son poco más de dos horas, pero con un mínimo de dos cambios de tren y una parte del trayecto de espaldas al sentido de la marcha. A pesar de los cambios, las conexiones entre un tren y otro están ajustadas y las esperas no se hacen largas.

Una vez en Nikkó la lluvia continúa, por lo que decidimos tomar algo calentito antes de comenzar las visitas. Justo enfrente de la estación hay una cafetería y ni cortos ni perezosos allá vamos. Un café y un té: 1000 yenes. Cosas que pasan una vez, claro, porque ya aprendimos que para tomar café a un precio adecuado hay que ir a cualquiera de las muchas cadenas tipo Starbucks que hay en Japón, y que si entras en una cafetería tradicional, el precio siempre será elevado.

Hay que ponerse en marcha, y nos vamos al bus que nos dejará en la zona de los templos. Se tarda unos díez minutos en llegar, si no hubiera llovido casi seguro hubiéramos subido andando (y sin tomar ningún café, jejejeje). El templo que tenemos más cerca es el Rinno-ji, pero en el momento de nuestra visita está en obras y el edificio principal está totalmente cubierto por una estructura que no deja ver nada del interior. Si podemos entrar a la sala principal, pero sin hacer ruido ni fotos, ya que están preparando una ceremonia.

Salimos del templo y subimos un poco más para llegar al principal santuario de Nikko, el Töshö-gü. Es un gran espacio en el podemos pasear entre lámparas de piedra más altas que nosotros, subir escaleras que llevan a puertas mágnificas o contemplar edificios con una decoración recargada que parece más china que japonesa, pero que sin duda es parte del encanto y la belleza del lugar. Este santuario es además el lugar donde está enterrado Ieyasu, el señor de la guerra, que se hizo con el control de Japón y creo el sogunato que gobernaría el país durante más de 200 años. Eso si, para llegar a la tumba hay que estar en forma, pues la escalera que lleva hasta ella no es ninguna broma.

Töshö-gü, NIkkó

Töshö-gü, Nikkó, Japón

Töshö-gü, Nikkó, Japón

Al salir de este santario continuamos por los caminos que cruzan el bosque de altísimos árboles bajo los cuales crece una alfombra de musgo. Una verdades preciosidad.

Nuestro destino en este caso es otro de los más impresionantes santuarios de Nikkó, el Taiyüin-Byö, pero antes nos encontramos con el santuario protector de la propia ciudad de Nikkó, el Futarasan-jinja, que es el más antiguo de la ciudad y entramos a dar una vuelta.

DSC_0631

Llegamos al santuario donde está enterrado el nieto de Ieyasu, el Taiyüin-byö, y enseguida comenzó a llover de nuevo. También hay que pagar entrada para visitarlo, y su estructura es muy similar a la del Töshö-gü, pero todo más pequeño, más íntimo. A su favor que en este casi no hay visitantes, no sabemos si por la lluvia o porque a los grupos tan solo les llevan a ver el santuario principal. A mi en concreto este me pareció merecedor de la visita y del pago de la entrada, sobre todo por la tranquilidad con la que pudimos visitarlo a pesar de la lluvia.

Taiyüin-byö, Nikkó

Al salir del santuario comenzamos a bajar hacia la carretera principal para dirigirnos a uno de los lugares de Nikkó que más nos llamaban la atención y que además significaba un descanso de tantos templos. Tras unos 20 minutos andando llegamos a la Villa Imperial Tamozawa, la mayor construida de madera (106 habitaciones) y en la que pasó la Segunda Guerra Mundial el emperador Hirohito. Está rodeada de jardines cuya visita está incluida en el precio (nosotros no entramos porque seguía lloviendo), y la casa es un gran espacio donde se pasa de estancia en estancia, algunas de las cuales se abren a jardines interiores y otras dan a largos pasillos. Algunas zonas de la villa tienen dos plantas y se puede subir a la zona superior, y también hay muchos paneles japoneses que demuestran como puede cambiar el tamaño de cada habitación, algunos de ellos con preciosas pinturas. Hay un par de habitaciones con el mobiliario que se utilizó en el siglo XX y tienen a la entrada una consigna para zapatos (la visita se hace descalzos) y mochilas.

Villa Imperial Tamozawa

Para ir a la estación regresamos caminando por una calle paralela a la carretera principal donde había bastantes casas tradicionales algunas de ellas convertidas en tiendas. Un poco más adelante estaba el Shin-kyö, el puente rojo sagrado que es otro de los lugares emblemáticos de Nikkó.

Shin-kyö, Nikkó

Ya poco quedaba que hacer en esta ciudad, más que regresar a la estación a tiempo para volver a Tokio. Pensamos que puesto que el camino era cuesta abajo, pues podíamos llegar paseando… y así lo hicimos, pero al final nos tocó acelerar bastante el paso pues la distancia era mucho mayor de lo que nosotros pensamos y no pudimos parar en ninguno de los lugares que íbamos viendo por el camino o de otro modo perderíamos el tren y la siguiente combinación tenía un horario demasiado tardío. Eso si, nos fuimos los únicos que llagamos casi corriendo al tren. Si es que todos queremos aprovechar el día y al final se nos viene la hora encima.

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Japón

Diario de viaje Japón: Kamakura

por Cristina 12/03/2014
Hase-dera, Kamakura

3 de Octubre – Kamakura

Salimos por la mañana hacia la estación de Shinjuku desde la cual sale tren directo que nos llevará a Kamakura, una pequeña ciudad junto al mar que en su día fue capital japonesa.

Organizamos la ruta comenzando por los lugares de interés cercanos a la primera parada de la localidad, Kita-Kamakura. Esta estación es apenas un apeadero entre casitas bajas y zonas boscosas, se respira tranquilidad y uno se siente a años luz de la modernidad de Tokio.

El primer lugar que visitamos de entre todo lo que hay que ver en Karamura es uno de los cinco principales templos zen de la ciudad, el Engaku-ji. Entre altos árboles se llega a la puerta de Sanmon, entrada al recinto y única construcción que permanece como muestra del esplendor que tuvo este lugar. Habitualmente hay que pagar por acceder a este templo, pero el día de nuestra visita había una celebración por lo que solamente había que pagar para acceder al jardín, el resto estaba abierto gratuitamente (excepto la zona donde estaba teniendo lugar la ceremonia). En este templo está la campana más grande de la ciudad.

Engaku-ji, Kamakura, Japón

Engaku-ji, Kamakura, Japón

Engaku-ji, Kamakura, Japón

Saliendo de este templo emprendimos camino a Kenchó-ji, en más importante de los cinco templos zen de Kamakura. La distancia no era mucha, unos 500 metros, pero ese día hacía tanto calor que paramos en las omnipresentes máquinas dispensadoras de todo tipo de bebidas para sacar unas bebidas fresquitas.

Kamakura, Japón

Unos metros más adelante llegamos al destino. Aunque parece ser que este templo (entrada de pago) quedó destruido por incendios en siglos pasados hoy en día tiene aún mucho que ofrecer, desde su gran puerta a la sala del Buda, sin olvidar el jardín zen al que hay que acceder descalzo y que solamente se puede contemplar desde una tranquila terraza elevada. Cerca de la entrada a este jardín hay una puerta de las más bonitas que vi en Japón.

Hay que pagar para entrar y me pareció curioso que en una zona del templo hubiese una zona para fumadores, con su sombrita y sus bancos.

Jardín zen de Kenchó-ji, Kamakura

Y seguimos caminando, nosotros y nuestra mania de andar jejejeje. Menos mal que aunque hace calor el camino es cuesta abajo y pocos un más abajo llegamos por la parte trasera al pricipal santuario de la ciudad, Tsurugaoka Hachiman-gú. Al contrario que los templos que hemos visitado y cuya ambiente es sosegado, este lugar está lleno de gente que viene y va, familias japonesas y grupos de turistas, es un lugar lleno de vida y de color. Este último empieza en el color rojo que destaca entre los árboles: puentes, torii, pabellones… Nos cruzamos con unas niñas vestidas de modo tradicional que vienen al santuario a celebrar su segundo cumpleaños y que posan muy serias antes la cámara.

Hay muchos caminos en el terreno del santuario que van en diferentes direcciones así como estanques de lotos.

Recorremos el lugar y salimos finalmente por la que sería la entrada principal al recinto. La verdad es que llegar por este lugar es mucho más bonito, pues se tiene la vista del edificio principal al fondo mientras se camina hacia él, mientras que nosotros teníamos que darnos la vuelta para verlo. Cosas que pasan cuando se va por primera vez a algún lugar.

Tsurugaoka Hachiman-gú, Kamakura

Tsurugaoka Hachiman-gú, Kamakura

Salimos del santuario y nos dirigimos por una amplia avenida Wakamiya llena de bonitas (y algo caras) tiendas de recuerdos y restuantes a la estación de tren de Kamakura para coger el bus para ir al Daibutsu. Preguntamos en la oficina de turismo y nos indican el autobus que tenemos que tomar y que está a punto de salir. Subimos en el último momento y descubrimos como funciona el pago en este medio de transporte. Se abona el importe al salir con el impote justo que se deposita en una máquina que contará las monedas. Qué nadie se preocupe, si no se tiene el importe justo la misma máquina te cambia previamente lo que necesites. De nuevo la boca abierta ante lo prácticos que son los japoneses. ¿Para que quieres un billete de bus que terminará tirado? Ahorro de papel y ayuda a mantener las calles limpias en un solo paso.

La parada donde nos bajamos está a un corto paseo del templo de Kótoku-in que es donde se encuentra el Daibutsu que es la segunda mayor imagen de Buda en Japón y el lugar más visitado de Kamakura. La estatua es hueca (se puede entrar a su interior previo pago de unos yenes) y se encuentra en mitad de un gran patio. La verdad es que esta imagen de Buda es impresionante y realmente bella. En uno de los laterales del patio de pueden ver una especie de sandalias del tamaño adecuado si este Buda tuviera que usarlas.

La entrada al recindo es de pago, y hasta que no se está dentro no hay forma de ver nada de la gran escultura.

Daibutsu, Kamakura

Saliendo de nuestra visita al Daibutsu retrocemos sobre nuestros pasos hasta otro de los templos más visitados de la ciudad, el Hase-dera. Este lugar, al que también hay que pagar para acceder, tiene de especial la gran cantidad de figuras Jizó que adornan alineadas como un pequeño ejército las escaleras y paredes que suben hasta la sala principal. Todo el complejo está en el lateral de una montaña y se puede subir por la escaleras pasando entre el cementerio que se eleva sobre el edificio principal.

Otra de las cosas especiales de este templo son las vistas de la ciudad con el mar al fondo.

Hase-dera, Kamakura

Al finalizar la visita a este último templo pensábamos regresar a la estación de Kamakura para volver a Tokio, pero como aún quedaban horas de luz cambiamos los planes y decidimos volver caminando a Kita-Kamakura por la ruta de tres kilómetros conocida como la del Daibutsu. Para ello tuvimos que andar otra vez hasta el templo del Gran Buda y seguir subiendo un poco más hasta una escalera que hay justo antes de un tunel de la carretera.

El paseo comienza subiendo y subiendo por la ladera de una montaña, pero no es complicado, pues el camino está bien señalado y marcado. Se pasa por algunos templos pequeños y en uno de ellos tuvimos serias dudas de por donde continuar. Un japonés muy amable pero al que no entendíamos nada finalmente comprendió lo que buscábamos y nos indicó el camino correcto. Antes de llegar al final de la ruta paramos en uno de los santuarios más curiosos que vimos en el viaje, el de Zeniarai-benten, al que se accede por una cueva que acaba en un claro entre las montañas. No es gran cosa, pero si muy curioso ya que los japoneses acuden a él para lavar el dinero en unos manantiales con el fin de conseguir éxito económico. (¿Será blanqueo de dinero al estilo japonés…?)

Después de algo más de hora y media llegamos cansados y sudorosos a la estación de tren. Nos tocó esperar un rato pero en cuando llegó el tren nos sentamos para descansar durante la hora que iba a durar el viaje de la paliza de andar y andar del día…

La foto que se ve junto al texto es una de esas que te llaman la atención y que nosotros jamás veremos en España.

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Japón

Diario de viaje Japón: Tokio

por Cristina 10/03/2014
Tokio, Parque Ueno

Octubre 2013, nos vamos tres semanas a Japón. Primera ciudad: Tokio. Un mundo que no esperaba encontrar: modernidad y tradición conviviendo en una ciudad de más de trece millones de habitantes donde todos son capaces de caminar por grandes avenidas iluminadas por cientos de luces de neón sin tan siquiera rozarse unos a otros. En la capital de Japón descubrimos esa sociedad tan increible donde el respeto a los demás es una de las máximas de su día a día, y donde la estación de tren de Shinjuku, la más populosa del mundo, se abre a un barrio de rascacielos a cuya sombra hay templos y rincones que parecen sacados de un libro de historia que cuenta como era Tokio hace décadas.

30 DE SEPTIEMBRE

Aterrizamos en Narita a las diez de la mañana tras 17 horas en aviones. Estábamos de los primeros en tierra con los formularios que nos habían entregado a bordo correctamente cumplimentados, por lo que para nosotros el tema de control de pasaportes fue muy rápido: entrega documentación, intento de sonrisa a la cámara que te registra, un sayonara… y a por las maletas. Todo rápido y bien organizado. Como íba a ser durante todo el viaje.

Una vez fuera de la zona restringida a viajeros, lo primero fue cambiar moneda. A la izquierda había un oficina y el cambio nos pareció muy correcto, de modo que nos abastecimos de yenes para unos cuantos días.

Lo siguiente el transporte a Tokio. Frente a la puerta de llegadas, un poco a la derecha, están las oficinas de venta de billetes. Hay varias opciones, pero nosotros, cansados y deseando llegar al hotel, elegimos la más rápida: el Narita Express. Era la opción más cara pero con ella llegábamos directos a Shinjuku que es el barrio donde estaba nuestro hotel. Una vez con nuestro billetes en la mano solamente tuvimos que bajar que las escaleras que hay justo al lado del mostrador donde compramos el billetes y buscar el andén donde subir a nuestro tren. En él todo muy cómodo: zona donde dejar las maletas y asientos confortables, con grandes ventanas para no perder detalle de como es Japón. Ya en Shinjuku nos tocaba subir a metro, dos paradas más bajo tierra (uf… esto suena un poco mal, jejejeje) y podríamos tumbarnos un ratito.

Una vez en el hotel (Citadines Shinjuki Hotel) enseguida estuvimos instalados en la habitación y mejor que tumbarnos pensamos que lo más sensato sería dar una vuelta por la zona de Shinjuku cercana al hotel y no dejar que el jet-lag pudiese con nosotros, de modo que nos acercarmos a visitar el santuario Hanazono-jinja. Al organizar el viaje aprendimos que los japoneses son a la vez sintoistas (bodas, nacimientos… todo lo que tenga que ver con la vida se celebra en los santuarios) y budistas (esto lo reservar para la muerte y lo que con ella tiene que ver).

Cerca de Hanazono están los callejones de Golden Gai con su callejones llenos bares y el barrio rojo de Tokio, Kabukicho, un lugar llenos de clubes de alterne, hoteles del amor, cabarés y salas de pachinko pero en el que nos pareció que al igual que nosotros la mayoría de la gente que por allí paseaba no se dirigía a ninguno de esos lugares. Incluso nos cruzamos con algun grupo de turistas con su correspondiente guía paraguas en mano explicando las curiosidades de la zona.

Tokio Sala de Pachinko

El primer día en Tokio nos llamaron la atención infinidad de cosas: no se puede fumar en la calle, la bicicletas (algunas de ellas fantásticas) duermen en las amplias aceras, nadie cruza un semáforo en rojo, en el metro hay un orden y silencio realmente sorprendentes, no hay papeleras en las calles ni en los pasillos del metro y sin embargo la limpieza es increible… Es como una ciudad del futuro donde a nadie le importaría vivir y en la que cualquier persona estará siempre …dispuesta a ayudar a quien lo necesite.

Otra cosa que nos resultó curiosa es la frecuencia con la que uno se cruza en el camino con pequeños cementerios en medio de la ciudad; son lugares tranquilos y sobrios donde algunas flores dan un ligera nota de color a unas lápidas en las que se aprecia el deseo de no querer ser nunca ni más ni menos que el resto…

Tokio Cementerio

También en la zona de Shinjuku hay una zona de rascacielos, siendo visita obligada la subida a las Oficinas del Gobierno Metropolitano: las vistas son memorables. Subes en ascensor hasta la planta 45 en pocos segundos y además es gratuito. Las dos torres tienen mirador, en la web están todos datos.

Tokio Oficinas del Gobierno Metropolitano

Anochece pronto en Japón, a las seis ya empiezan a lucir más los neones y farolas que el sol, así que era el momento de parar y celebrar la llegada al pais del sol naciente con una cerveza. Paramos en un local de Kabukicho de estilo europeo donde nos tomamos dos cervezas bien fresquitas y perfectamente tiradas, el precio 500 yenes cada una.
Y llegó el momento de la cena. Cientos de locales de todo tipo nos mostraban escaparates con réplicas perfectas de lo que se podía comer en su interior. Udon, sushi, tofu, tempura… pero nosotros nos decidimos por el tonkatsu, una chuleta de cerdo empenada y frita que se acompaña con una salsa especial y una guarnición de verdura. Totalmente recomendable..

Tokio, Tonkatsu, Japón

Con la tripa llena es el momento de volver al hotel para un merecido descanso. Nos costó mucho decidirnos entre la gran oferta hotelera de Tokio, pero tras muchas vueltas el hotel Citadines nos pareció la mejor opción por precio, ubicación, críticas y espacio de la habitación. Creo que no nos equivocamos. Un hotel con unas camas realmente cómodas y un espacio que en Japón es un tesoro.

1 de Octubre
Segundo día en Tokio y nos toca salir del hotel con paraguas, el cielo está gris y el pronóstico es lluvia. Nos dirigimos al metro para enfrertarnos de nuevo a uno de esos momentos temidos: utilizar el transporte público. Para nuestra sorpresa todo era más sencillo de lo que se podía esperar. Encima de los las máquinas de los billetes un gran plano con los nombres de las estaciones en japonés pero también en alfabeto latino indicando el precio que hay que pagar desde la estación en la que estás comenzando el viaje. Lo más barato 210 yenes y es muy sencillo tener claro si hay que pagar más. En cualquier caso y ante la duda siempre se puede comprar el billete más barato y luego pagar en destino la diferencia.
Dentro de los pasillos, andenes o en los propios vagones llama la atención el orden con el que los japoneses se mueven, lo limpio que está todo y el relativo silencio a pesar de la cantidad de gente que nos rodea. No se oye un móvil (todos los llevan en silencio) y si alguien va conversando lo hace en un tono realmente bajo.

La primera parada del día fue en el tan grande como controvertido santuario Yasukini-Jinja. Está dedicado a los caidos en actos de guerra, y el Estado fue tan hábil como para incluir en la lista a criminales de guerra por lo que las protestas no ha.n parado, principalmente por los paises vecinos de Japón, quienes sufrieron la mayor parte de las agresiones de los japoneses.
A la salida nos fuimos a los Jardines del Palacio Imperial, otro de esos lugares a los que se entra gratuitamente. Están muy cuidados, pero para mi gusto resultan un poco sosos, no se si sería por el día gris que nos acompañó. Muy curiosa la forma de controlar las visitas: te dan una ficha a la entrada que hay que devolver a la salida. Cuando recuperan todas ya saben que no queda nadie dentro…

Tokio, Jardines del Palacio Imperial

Desde los jardines nos fuimos dando un paseo hasta la plaza del Palacio Imperial. Hay que rodear todo el perímetro exterior y caminar junto al foso que cierra el recinto para llegar a una enorme y tirando a fea plaza, todo hay que decirlo. Además no se puede ver nada más que lo que la vista alcanza a distinguir sobre el muro. Hay un par de días al año que se puede visitar por dentro, pero hay que solicitar cita y supongo que debe ser algo realmente complicado. Por lo tanto, teniendo tiempo, pues no está de más acercarse y ver la zona, de otro modo dar prioridad a otras visitas. Mencionar que lo que más me gustó de la plaza es la vista del puente Nijubashi.

El siguiente destino del día uno de los lugares de Tokio más conocidos: el cruce de Shibuya. Salimos del metro y nos encontramos en una zona comercial llena de anuncios y pantallas gigantes donde las calles se pueden cruzar de lado a lado o… en diagonal. Y funciona a la perfección: en el momento en que los semáforos indican cruzar todos los peatones se ponen en marcha, hay gente en todos caminando en todas direcciónes y nadie choca ni empuja, todo fluye. Verlo para creerlo.
También en Shibuya hay un escultura muy especial, la dedicada al perro Hachiko, conocido ahora en occidente gracias a la película protagonizada por Richard Gere donde se cuenta la historia de un perro y su dueño.

Tokio, Hachiko

Empezaba a caer el sol y nos quedaba visitar el santuario más importante de Tokio, el Meiji-jingu. Se encuentra en el centro del Yoyogi Park y se llega hasta el claro donde se encuentra a través de amplias avenidas en cada de una de las cuales hay un torii enorme. El santuario fue destruido totalmente durante la segunda guerra mundial pero la reconstrucción dicen que es perfecta y fiel al original. Está construido con madera de ciprés y hay una jardín que se puede visitar (la única zona de pago del recinto) pero debido a la hora nosotros ya no pudimos entrar.

Tokio, Santuario Meiji

Nuestra última visita del día estaba en la zona de Harajuku, de modo que de nuevo al metro para llegar a una de las puertas de los jardines Yoyogi. Allí está el puente Jingu-bashi conocido por ser lugar de reunión los fines de semana de las Cosplay-zoku, chicas ataviadas y maquilladas de las formas más llamativas, originales y subversivas que podamos imaginar. Pero nosotros tuvimos suerte y a pesar de ser martes había un grupo de jovencitas encantadas de posar para la cámara de todo el que quisiera llevarse una foto suya a casa.

Tokio, Harajuku

Cenamos una riquísima pizza en la increible y animada Takeshita-dori, en un local grande donde a la derecha del cartel luminoso que anuncia la calle. Y de postre un crep. Es para ver los puestos donde los hacen y como te enseñan todas las posibilidades en réplicas perfectas para que solamente tengas que pedir por el número. Estos japoneses lo tienen TODO pensando.

2 de Octubre

Nuevo día en Tokio… y más lluvioso que el anterior. Cae agua como si no hubiera un mañana, paraguas y chubasqueros son imprescindibles así que decidimos que lo que mejor que podemos hacer es tomar el metro para ir al Parque Ueno y sus museos y de eso modo intentar estar bajo techo el mayor tiempo posible. Antes de entrar en el Parque, nos acercamos a curiosear un poco por el mercado de Ameyoko sobre el que había leído que era más similar a los típicos mercados ruidosos de otros paises asiáticos pero la verdad es que había poca gente seguramente debido a la lluvia, y estaba todo tan limpio y colocado como es habitual en Japón.

A continuación nos adentramos en el verde y frondoso Parque Ueno. Allí se esconden varios templos, estanques y museos. Muy bonito el detalle de la farolitas que bordean los caminos. Hicimos un par de paradas, una en un pequeño templo y otra en el estanque Shinobazu que está practicamente cubierto de hojas de loto (dicen que hay flores todo el año, pero puedo garantizar que en octubre solamente hay hojas)
Desde allí ya rumbo al Museo Nacional de Tokio haciendo antes una parada en la plaza que el precede para tomar algo caliente en un Starbucks y descansar de tanta lluvia y tanto charco.

Una vez en el recinto del Museo Nacional de Tokio (hay que pagar entrada) encontramos en las escaleras de acceso al edificio paragueros con llave donde dejar los incómodos y empapados paraguas y ya dentro del edificio principal taquillas para dejar mochilas y todo aquello que te incomode en la visita. También tienen desinfectante de manos. Los japoneses y la higiene…

El museo tiene un tamaño perfecto y la colección es de esas en la que no enseñan ni mucho ni poco. Escultura, antiguedades, telas, armas… Vas pasando de sala en sala pero nunca tienes esa sensación de empezar a aburrirte porque hay demasiados objetos y si de ir descubriendo según avanzas algo más de la cultura y la historia de este enigmático país. Al finalizar la visita merece la pena dar una vuelta por la tienda del museo, hay todo tipo de detalles y recuerdos con precios para todos los bolsillos.

La siguiente parada fue en un pequeño y poco visitado museo, el Shitamachi. Esta muy cerca del parque Ueno y desde su puerta se ve el gran estanque lleno de lotos de ese parque. Al entrar nos recibieron unas encantadoras señoras que se encargaron de guardar nuestras bolsas y nos ofrecieron una prenda tradicional para vestirla durante la visita. También nos hicieron fotos de recuerdo en las estancias que recrean la vida en el periodo Edo. Se pueden ver casas por dentro con su mobiliario e incluso una reproducción de como era una calle en aquella época. En la planta superior te puedes pasar horas jugando a cada uno de los juegos que hay allí, todos requieren meditar para conseguir el objetivo. En dicha planta también se exponen fotografías de época y diversos objetos de la vida cotidiana.

Al salir las mismas señoras nos mostraron varias bandejas con diferentes objetos hechos con la técnica del origami y nos obsequiaron con el que más nos gustó a cada uno. Un detalle encantador por su parte.

Tokio, Museo Shitamachi

Cuando salimos del museo Shitamachi seguía sin llover e incluso vimos algunos claros así que decidimos ir al templo Sensö-ji, el más importante de los recintos budistas de Tokio. Está consagrado a la diosa de la misericordia, Kannon y es otra de las interesantes visitas gratuitas a lugares destacados que ofrece la capital nipona.

Desde la salida del metro de Asakusa multitud de gente iba en la misma dirección, nosotros nos limitamos a sumarnos a ellos y alcanzamos la puerta del Trueno que en el momento de nuestra visita estaba siendo restaurada. Una vez atravesada un amplio paseo nos llevó hacia la siguiente puerta del templo pero antes tuvimos que cruzar la zona comercial de Nakamise-dori llena de tiendas de recuerdos, parafernalia religiosa y puestos de comida (una locura, comas lo que comas está bueno y querrás más).

Antes de subir las escaleras del templo hay un gran caldero donde los budistas colocan incienso y luego se restriegan el humo por el cuerpo (dicen que da buena suerte). Merece la pena pasear por todo el recinto, pues se puede ver una pagoda y unos pequeños jardines.

En las horas diurnas el templo es un hervidero de gente, pero cuando cae la noche se convierte en un remanso de paz por el que merece la pena pasear.

Tokio, Templo Senjo-ji

Tokio

Tokio

Saliendo del Senso-ji por la parte trasera hacia la izquierda pasamos alguna calle con preciosas tiendas donde se venden artículos tradicionales como peinetas o calzado. Avanzando vimos lo que en España denominamos feria: un pequeño espacio con algunas atracciones como la noria. Y en una avenida encontramos un buen número de locales tipo taberna con asientos compartidos en la calle donde sentarse a tomar una cerveza y unos pinchos a la brasa. Los locales no tienen nada especial, pero es el lugar perfecto para sentarse rodeado de japoneses y disfrutar de una rato alejado de la modernidad de Tokio.

Poco más quedaba hacer este día salvo regresar al hotel con la tripa llena pasando por el super para comprar el desayuno del día siguiente.

3 de Octubre

Hoy nos vamos a Kamakura, luce el sol y camino a la estación de Shinjuku desde tomaremos el tren a la estación de Tokio resulta mucho más agradable que el día anterior.

4 de Octubre

El plan inicial para este día era una excursión para visitar la zona de los cinco lagos con la intención principal de ver el monte Fuji. Antes de viajar a Japón contacte con Augusto, él organiza unas excursiones muy recomendadas a la zona y aunque no es barato permite ver diferentes lugares en un solo día. No tuvimos que pagar nada por adelantado y desde el principio nos dijo que si el pronóstico era malo se cancelaba la salida o se cambiaba por otro día.

Y justo eso es lo que pasó, que el tiempo fue malo y dejamos la excursión para la vuelta de Kioto a Tokio, pero ese día también estaba muy cubierto y las posibilidades de ver el Fuji eran muy malas. De modo que nos quedamos con las ganas, pero os dejo aquí la página de la empresa por si alguien estuviera interesado:
http://www.rutafujitours.tk/

¿Qué podíamos hacer en vista del mal tiempo? Pues decidimos empezar el día con una visita la lonja de pescado de Tsukiji, la más famosa de Japon y puede que del mundo. Tocaba chubasquero, paraguas y metro hasta las cercanías del lugar.

Dando un paseo llegamos a la zona del mercado externo donde multitud de puestos nos mostraban todo tipo de pescado y algas (en muchos casos era la primera que mis ojos veían muchos de aquellos alimentos). Turistas curioseando y japoneses haciendo la compra nos íbamos cruzando por las calles, y cuando nos parábamos delante de algún puesto intentando adivinar que podía ser lo que allí vendían el dependiente tardaba poco en ofrecernos algo a probar. Y casi todo estaba bueno, la verdad….

También entramos en la zona interior donde a esas horas ya no quedaba nada que ver de todo lo qué había pasado por allí a primera hora del día. En un lateral dentro de esa zona había un gran número de pequeños restaurantes de sushi y fuera de todos ellos colas de gente esperando a poder degustar sus platos. Nosotros no hicimos ganas, eran las once de la mañana y no nos apatecía comer nada y menos pescado…

Tokio

Al abandonar el mercado exterior nos acercamos a Kachidoki bashi, uno de los puentes sobre el río Sumida. Probablemente las vistas sean geniales con sol, pero ese día definitivamente el tiempo no acompañaba. Lo que nos llamó la atención fue el detalle decorativo a la entrada del puente… una preciosidad esos pajaritos que parecen listos para salir volando.

Tokio, Kachidoki bashi

Regresamos al metro para ir hasta Ginza. Podíamos haber ido andando, realmente no está muy lejos, pero la lluvia estaba decidida a no abandonarnos. No tardamos nada en salir a unas calles con anchas avenidas, edificios de cristal y espejos, escaparates de diseño… el lugar perfecto para no gastar nada porque todo estaba fuera de nuestro presupuesto. Así que nos limitamos a pasear un rato aprovechando que por un rato el agua había dejado de caer.

Sin duda es un barrio muy elegante, y los japoneses que por allí pasean están a la altura de las tiendas.

Tokio, Cupido de Ginza

¿Y ahora que más hacemos? Arturo quería subir a la torre de Tokio, y aunque yo insistía que era tontería porque no íbamos a ver nada, al final terminamos subiendo al metro y luego caminando para llegar a un torre roja enorme rodeada de bruma. Nos tuvimos que desplazar bastante para nada, pero son cosas que pasan. Hicimos un par de fotos para recordar que habíamos pasado por allí y nos marchamos a Akihabara, el distrito de la electrónica en Tokio.

Un lugar curioso, con multitud de tiendas de videojuegos y accesorios que yo no podía ni imaginar que iban a existir. También locales con máquinas de esas que pones una moneda para intentar sacar con unas pinzas un muñeco…. y cantidad de adultos delante de ellas intentado llevarse un regalo a casa. Son como niños.

Tokio, Torre de Tokio

Entre tanto ir y venir se nos acababa el día, así que decidimos regresar a “nuestro barrio” y cenar en alguno de los muchos locales de la zona. Shinjuku tiene tal oferta de restaurantes que siempre encuentras uno que te apetezca. Eso si, recomendarlos es complicado, en la mayoría de los casos el nombre está solamente en japonés… como para acordarse.

5 de Octubre

Nikkó nos espera, es uno de los lugares que queremos conocer en los alrededores de Tokio. Es un viaje un poco pesado, y a pesar de que ese día también llovió, sin duda merece la pena.

Al regresar paramos a cenar en un lugar de esos curiosos y anclados en el paseo que aún se pueden encontrar en tierras japonesas. Se trata de Omoide-yokochó, también conocido como “el calléjón de las meadas”. Con ese nombre no parece muy apatecible parar allí a comer o cenar, pero justo para eso se va a ese lugar. Se trata de un par de estrechos callejones donde uno tras otro se apiñan locales donde tomar otra de las comidas japonesas, los pinchos de carne, alga y verduras (kushiage y kushikatsu).

Es una comida muy popular entre los trabajadores al terminar la jornada, y con ellos llenando los locales es con lo que nos encontramos en la mayoría de los locales. Buscamos el que más nos gustaba pero al entrar nos preguntaron que si hablábamos japonés y al decir evidentemente que no, pues nos invitaron amablemente a marcharnos…. Con cierta decepción buscamos otro lugar y finalmente lo encontramos. Y la verdad es que tras tanto mirar en uno y otro tengo que decir que cenamos tirando a mal, ni nos gustó la comida ni el local. Pero había que probar, estaba claro.

Tokio, Omoide-yokochó

6 de Octubre
Hoy nuestro destino es Matsumoto y su castillo negro, y por fin vuelve a lucir un precioso sol y el cielo está azul.

Por la noche de regreso a Tokio decidimos ir a por nuestra última cena en la ciudad a la zona de Takeshita-dori. Nos gustó un local que conocimos y nos apetece repetir… y por supuesto acabar con un gran y dulce crep.

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