Cuando comencé a buscar información para nuestro viaje a Japón leí que de entre todos los jardines japoneses hay tres que están considerados los más bellos del país: Kenrokuen (Kanazawa) cuyo nombre quiere decir “jardín de las 6 características”, Kairakuen (Mito) que significa “jardín para disfrutar con la gente” y Korakuen (Okayama), su nombre significa “jardín para disfrutar después”.

Con los datos que encontraba era complicado decidir cual de los tres podía merecer más la pena pero yo tenía claro que no quería quedarme sin conocer alguno de estos destacados jardines japoneses. Finalmente nuestra ruta por Japón fue la que decidió cual de esos tres lugares íbamos a visitar, pues los otros dos quedaban alejados de las ciudades en las que íbamos a estar o llegar a ellos nos obligaba a invertir un tiempo que nos vendría bien para otras cosas durante nuestra estancia en Japón.
La fortuna (o el mapa de nuestro viaje) nos llevo hasta Korakuen, en Okayama, una ciudad moderna cercana a Osaka. Llegar hasta allí fue sencillo, nosotros nos alojábamos en Kioto y aprovechando la Japan Rail Pass utilizamos el tren como transporte para en una hora estar en nuestra ciudad de destino. Desde la estación hay que caminar por una amplia avenida, Momotarö-Ödöri, que lleva hasta el jardín y la otra atracción de la ciudad, el Okayama-jö o castillo del Cuervo. El paseo no son más de 20 minutos, nosotros lo hicimos caminando tanto a la ida como a la vuelta, pero los más perezosos, tranquilos: existe la opción del tranvía o el autobús.
El jardín, construido en 1700 por orden del daimyo (señor feudal) Ikeda Tsunemasa, ocupa un isla y cuenta con varios accesos, el más bonito sin duda es el que cruzando un puente une el recinto del castillo con el del Korakuen. Allí mismo compramos nuestra entrada y una vez dentro nos encontramos en un jardín con estanques, plantaciones de té, lagos, linternas de piedra, puentes, algunas edificaciones y pequeños bosques de bambú, arces y cerezos. Todo delante de nosotros era de un intenso verde y azul, varios senderos cruzaban grandes explanadas de cuidado césped, la poca gente que había en ese momento en el jardín paseaba con calma… Teníamos ante nuestros ojos ese parque por el que cada día nos gustaría poder salir a caminar.
De entre todos los jardines japoneses habíamos elegido este y no queríamos perdernos nada. Para ello nos vino muy bien un plano que nos dieron al adquirir las entradas y que dejaba claro que era cada uno de los lugares por los que íbamos pasando. Cierto es que recorrimos el jardín a nuestro antojo pero siempre buscando esos rincones destacados de un jardín que a pesar de las inundaciones y las bombas de la la Segunda Guerra Mundial se mantiene en gran parte como era en su época feudal.

El centro del jardín lo ocupa el estanque Sawa en el que pudimos ver un par de islas, una con preciosos pinos japoneses y la otra con un palacio de pesca. También en el estanque está la casa de té Shima Chaya. Sin duda es el conjunto más atractivo dentro de Korakuen y una de las mejores perspectivas del estanque se obtiene subiendo a la pequeña colina Yuishinzan que fue un añadido del hijo del hijo del daimyo para cambiar el aspecto plano de los jardines. Alrededor del lago hay casas de descanso, flores, una zona con grullas y hasta un campo de arroz que se adapta en perfecto equilibrio a todo lo que le rodea. Y por supuesto, en el agua del lago Sawa hay decenas de esas carpas japonesas que se pueden ver en todos los estanques del país.

El agua parece estar presente en Karakuen más allá del gran lago Sawa gracias a otros pequeños estanques, cascadas y riachuelos que cruzan las verdes praderas sirviendo de guía al visitante para llegar a cada lugar que merece la pena ver. Uno de esos rincones que no hay que dejar pasar estar está cerca de la Casa de té Chaso-do, desde allí hay una preciosa vista del jardín con el castillo del Cuervo al fondo.

No en todas las épocas luce igual este precioso jardín, nosotros lo visitamos en octubre, época tardía para ver las flores de loto en el estanque en el que crecen verano y un poco pronto para ver las hojas de los arces teñidas de rojo y dorado. Evidentemente no se puede tener todo, pero en Karakuen como en el resto de jardines japoneses hay un buen número de rincones que les convierten en lugares realmente imprescindibles en un viaje por Japón.



Arturo de vez en cuando se acercaba a preguntarme si no me aburría o me cansaba, pero la verdad es que me lo estaba pasando genial. Además el paisaje cada vez era más bonito, o al menos más original con aquellos campos de té que ocupaban la ladera del Hill County. Tras cinco horas de trayecto, llegamos a Nanu Oya, el lugar donde está la estación de tren más cercana a nuestro destino real ese día, Nuwara Eliya. Bajamos del tren que continuaba viaje y salimos de la estación en busca de un tuk tuk, pero en cuanto el primer taxista le dijo a Arturo que no había tuk tuk para ir a nuestro destino, ya dijo que íbamos en taxi y que me olvidará de andar regateando para ahorrarme 100 rupias. Así que como no tenía ganas de discutir me subí al taxi que había contratado Arturo y nos fuimos al hotel en el que íbamos a pasar dos noches. Cierto que el taxi no fue caro si uno hace el cambio a euros, pero yo soy de la opinión que a muchas veces no necesito gastar un euro más si me lo puedo ahorrar.

Empezaba a caer la tarde y notamos que también la temperatura. Después de todo el calor que habíamos pasado en las capitales culturales nos parecía mentira estar en el Hill County y necesitar ponernos un cazadora…. pero lo hicimos encantados mientras a la salida del parque empezábamos a caminar hacia la avenida por la que habíamos entrado en la ciudad y en la que nos habían llamado la atención algunas preciosas casas coloniales. Caminamos sin rumbo fijo, imaginando como serían por dentro las casas que encontrábamos a nuestro paso y como sería la vida tiempo atrás, cuando esta era la ciudad de veraneo de los ingleses que querían huir de calor de las tierras bajas.


