Antes de emprender mi viaje a Japón me planteaba decenas de preguntas sobre como serían las cosas en ese país.. Gracias a algunos foros conseguí aclararlas pero otras las fuimos solucionando sobre la marcha y de forma mucho más sencilla de lo que podía imaginar. Son pequeños detalles del día a día que no está de más conocer porque ayudan de antemano a viajar a Japón con más confianza y sin pensar que uno se va a quedar “tirado” a la primera de cambio.
17 de Octubre – Nara
Es el último día que vamos a poder dedicar por completo a visitar algún lugar, y el sol nos regala un cielo azul propicio para salir de excursión. Así que cámara al cuello y guía bajo el brazo regresamos a la estación de Kioto porque nos vamos a Nara, la que en su momento fue la primera capital permanente de Japón.
Tenemos que subir a un tren local y tardamos una hora en llegar a nuestro destino. Una vez en la calle tan solo hay que caminar por la avenida comercial Senjö-dori entre tiendas de antigüedades y recuerdos para llegar a un templo que cuando se fundó llegó a tener más de 150 edificios, pero debido a incendios la mayoría han desaparecido quedando ahora apenas una docena de ellos. Me encantaron las dos pagodas, una de tres pisos y otra de cinco. También fue curioso contemplar a un grupo de japoneses durante lo que supusimos una especie de rezo colectivo… pero son especulaciones nuestras, claro.
Salimos del recinto del templo por el este para adentrarnos en la zona de Nara-köen, un precioso y gran parque en el que además de poder visitar algunos de los lugares de interés de la ciudad nos encontramos con algunos de los 1200 ciervos que lo habitan. No llevábamos nada para darles de comer, tan solo una bolsa de caramelos y se me ocurrió sacarla para probar si les gustaban. Fue escuchar el sonido del plástico de la bolsa y estaba rodeada de ciervos de todos los tamaños buscando como desesperados que les diera lo que quisiera que hubiera en la bolsa. Tengo que reconocer me sentí un poco agobiada cuando vi que los caramelos les gustaban y que se iban acabando con velocidad mientras no dejaban de llegar ciervos que me terminaron “acorralando” contra el tronco de un árbol. Yo le decía a Arturo que hiciera algo, pero él en la distancia se lo estaba pasando pipa haciendo fotos mientras yo me ponía más y más nerviosa. Al final tuve que zafarme como pude los animales y propinar algún cachete a alguno. Y en eso estaba cuando llegó un macho por detrás (afortunadamente con los cuernos cortados) y me propinó un golpe en el muslo. Y fue con muy mala leche seguro que por haberle dejado sin caramelos, porque me hizo un hematoma que me duró un par de semanas….
Superado el momento de crisis nos dirigimos hacia el lugar más visitado de la ciudad, el templo Tödai-ji. Para llegar hasta él hay que caminar por una pequeña calle del parque en la que hay tiendas de recuerdos, puesto de comida y por supuesto, ciervos. Al llegar al templo lo primero que se ve es la imponente puerta Nandai-mon que da paso al recinto del templo, el cual se puede visitar en su mayor parte de forma gratuita.
Todo el templo cuenta con unos cuidados jardines, con grandes praderas verdes que cruzan algunos senderos. En un lateral también hay un bonito estanque. Se pasa una segunda puerta y al fondo se ve el muro que rodea la atracción estrella de Nara: el Daibutsu (Gran Buda). Para acceder a esa zona del templo si que hay que pagar, lo cual hicimos entrando por la parte izquierda del muro.
Una vez dentro ante nosotros estaba el edificio de madera más grande del mundo.

Es un edificio sin lugar a dudas majestuoso e imponente, rodeado de jardines y con una avenida que lleva a la entrada principal delante de la cual no faltaba gente prendiendo incienso que llenaba el aire de ese aroma especial.
Una vez en el interior lo primero que vimos fue al inquilino de tan magna construcción, una escultura de bronce que es una de las mayores del mundo de ese material. Mide 16 metros , y está hecha de 437 toneladas de bronce y 130 kilos de oro. Casi nada…. Para hacerse idea del tamaño, el orificio de su nariz es del tamaño de un agujero que hay en una de las columnas de madera que sujetan el templo y por el cual puede entrar una persona. Dicen que quien lo consigue alcanza la iluminación, así que aporto pruebas de que ese estado de gracia que ahora tengo lo conseguí allí, al pasar sin problema por el hueco, jajajajaja.
Muy cerca del templo del Daibutsu y también dentro del Nara-köen hay un lugar que merece la pena visitar, sobre todo por la vistas y el ambiente relajado, son los pocos los viajeros que llegan a ese punto. Se trata de una plaza con un santuario y dos pabellones. Nosotros subimos a la terraza del Nigatsu-dö, una construcción de madera con una gran terraza sobre la ciudad y con algunos detalles en su decoración de lo más pintorescos.
Para regresar al centro de Nara bajamos por la parte posterior del Tödai-ji, bajando por la que sin duda es una de las rutas más pintorescas de la ciudad. En el camino encontramos árboles cargados de frutas y varias pintores con su caballete plasmando rincones de la calle por la que nosotros estábamos caminando.
De nuevo en Senjö-dori nos dirigimos hacia el sur donde se encuentra el barrio antiguo de la ciudad, Naramachi. Sus calles están llenas de casas tradicionales (machiya), algunas convertidas hoy en tiendas o galerias de arte. Nos vamos parando para curiosear aquí y allá, entramos en una preciosa tienda de té donde compramos un lata decorada y seguimos hacia delante buscando la Naramachi Koushi-no-le, una casa antigua que nos costó un poco encontrar. Se puede acceder a ella sin pago y observar como son por dentro estas viviendas y a la vez ir descubriendo objetos cotidianos antiguos que están expuestos en cada estancia de la casa. Al final la vivienda se convierte en una pequeña tienda donde venden muñecas saru-bobo y otros recuerdos.
Continuando con el paseo sin rumbo, descubrimos una kura (almacén de barro) restaurada que estaba sirviendo como sala de exposición de artesanía y dentro de la cual había mucha animación. Entramos a curiosear, como no… y nos convertimos durante unos segundos en centro de miradas discretas. Una japonesa de cierta edad se nos acercó y nos preguntó en inglés sobre nuestro país y nuestro viaje, y nos contó que era de Hiroshima y que algunos objetos de la exposición eran obra de su hermana. Nos despedimos al cabo de unos minutos y de nuevo nos pasó algo especial. La señora salió detrás de nosotros para darnos como recuerdo una par de apoya palillos de cerámica que se vendían en la exposición y agradecernos que hubiéramos entrado a ver sus objetos. Increíble, de verdad. No había día que algún japonés no nos sorprendiera gratamente.
Con tanto caminar por Nara y sin haber comido ya solamente pansábamos en llenar la tripa. Nos fuimos hasta la galería comercial Higashi-muki que parte de Senjö-dori. En el interior hay un buen número de restaurantes, nosotros nos decidimos por uno donde comer tonkatsu, y fue una acierto. Tuvimos una bonita y tranquila mesa junto a un jardín interior, el servicio muy amable y la comida suuuuper rica.
Con la tripa llena y de camino ya al tren nos encontramos con una tienda Daiso, lo que sería la versión japonesa de los “Todo a 1 €” españoles pero con muchas diferencias. Nada más cruzar la puerta ya es evidente que los japoneses tratan con mimo todo aunque vayas a pagar por ello solamente 100 yenes. Está todo ordenado, limpio, hay cestas para usar durante las compras… y además no se como lo hacen que todo parece práctico y atractivo. Total que nos liamos y empezamos a cargar con todo tipo de cosas, desde bolsas para la ropa hasta post-it con atractivos dibujos. Salimos con dos bolsas llenas de cosas y apenas nos gastamos 15 euros. (Y una vez en casa todo nos ha venido bien y ha dado buen resultado)
Al final se nos había hecho de noche e hicimos el viaje de regreso a Kioto con algo de tristeza, era nuestra penúltima noche y realmente ese día había sido el último que habíamos tenido completo para disfrutarlo. Ahora tocaba volver al hotel y terminar de organizar las maletas para dejar todo listo para el día siguiente.
16 de Octubre – Okayama
Pasado el tifón del día anterior, con el cielo cubierto y temperaturas más bajas, salimos de Kioto para ir a visitar Okayama. El viaje lo hacemos en un tren shinkansen y tardamos una hora y cuarto en llegar a nuestro destino. El motivo principal para ir a esta ciudad es visitar uno de los tres mejores jardines del país, el Köraku-en.
Al salir de la estación sigue cubierto y hace mucho aire, dudamos si subir la avenida que nos llevará al castillo y al jardín, pero parece un paseo agradable, de modo que finalmente caminamos por una amplia avenida cuyas alcantarillas muestran la cara de Momotarö, el niño héroe que derrotó a los demonios y que es uno de los cuentos infantiles más populares de Japón.
Alcanzamos la zona del castillo, el Okayama-jö, el cual está situado junto al río Asahi, en el que se refleja su imponente exterior. También se le conoce como el castillo del Cuervo. Lo que queda hoy día es solamente una parte de lo que fue uno de los castillos más grandes de Japón, y fue reconstruido a mediados del siglo XX. Para entrar hay un ticket conjunto que también da acceso al Köraku-en, por lo que nuestra intención inicial era acceder al castillo aunque no habíamos leído que fuera especialmente interesante, pero resultó que había una exposición temporal lo que hacía que hubiera que pagar un importe extra elevado, así que nos conformamos con verlo por fuera.
Tan solo hay que cruzar un puente desde el que hay una bonita perspectiva del Okayama-jö junto al río para llegar al . A la entrada de los jardines pagamos nuestro ticket y nos adentramos en un espacio cuidado en cada detalle y sin duda pensando para ser admirado. Tiene una preciosa pradera en torno a un estanque con isla y puente incluidos, en torno a la cual el jardín está divido por zonas en cada una de la cuales crece un tipo de vegetación determinado: té, lotos, pinos, bambú… Mientras se pasea por los senderos es como encontrarse en jardines distintos, todos igualmente cuidados.
También llegamos por uno de los senderos a la parte del jardín desde la que se ve el castillo sobre el río. En ese momento empezaban a retirarse las nubes dejando un cielo de un azul intenso con manchas blancas de alguna nube.
Linternas de piedra, casas de té y otras edificaciones se reparten por el recinto del jardín. En un lateral pudimos comprarnos un delicioso helado de mango (aunque no hacia mucho día de helados, la verdad) y sentarnos en un banco a hacer lo mismo que los japoneses con lo que nos cruzamos: contemplar y disfrutar de lo que había delante de nosotros.
Después subimos a una especie de mini montañita que hay en el centro de la pradera y desde donde se puede ver todo el recinto del jardín e incluso un poco más allá el castillo. Otra de esas vistas especiales de las que Japón parece querer tener un record.
Cuando terminamos de ver el jardín no podemos evitar volver al castillo para hacer alguna foto más ahora que ha salido el sol. Está tan cerca que no nos cuesta trabajo y conseguimos algunas instantáneas mucho más bonitas de las que hicimos unas horas antes.
Regresamos andando tranquilamente a la estación de tren desde donde cogeremos de nuevo el tren que nos lleve a Kioto, donde aprovechamos que no es demasiado tarde para cenar en la zona de Ponto-chö. Y coger fuerzas para nuestro penúltimo día en Jápón en el que visitaremos Nara.
15 de Octubr – Osaka
Amanece un día horrible tal y como anunciaban los pronósticos. Llueve muchísimo así que decidimos que puede ser el día perfecto para estar a cubierto. Después de un paseo por el mercado Nishiki nos vamos a la estación de Kioto para coger el tren a la cercana y moderna Osaka donde la intención es visitar el Acuario de la ciudad ya que el día no parece propicio para ninguna otra cosa.
El tren tarda apenas media hora en unir Kioto y nuestro destino, y una vez allí tenemos que coger el metro hasta la zona de Tampözan que es donde está el Acuario. Con el plano vemos que podemos ir en tren local hasta un punto y allí cambiar al metro de la ciduad, pero cuando bajamos en la estación en la que se supone hay que cambiar de linea de repenteno sabemos por donde seguir. Nos sentimos perdidos por primera vez desde que llegamos a Japón. Preguntamos y un señor nos indica un camino, pero de nuevo llegamos a un punto en el que no sabemos como seguir. Entonces se nos acerca una chica joven que no habla nada de inglés pero que está más que dispuesta a ayudarnos. La indicamos en la guía el nombre del Acuario en japonés y entonces ella y su familia (marido, hijo y seguramente suegros) emprenden camino por pasillos hasta que al cabo de un rato llegamos a la entrada del metro, nos ayudan con lo billetes y hasta que no nos ven subiendo por la escalera que lleva a al anden correcto no se marchan. Y es que solamente podemos tener más que buenas palabras para los japoneses, una gente muy especial cuya amabilidad es increíble.
Una vez en nuestro destino tenemos que salir del metro y caminar bajo una intensa lluvia durante unos cientos de metros. Por fin antes nosotros vemos el Acuario y nos dirigimos a la entrada esquivando charcos. Pagamos nuestra entrada (cara) y entramos al recinto. Dejamos todas nuestras cosas en una taquilla (de pago) y nos adentramos en el mundo de las profundidades marinas.
El espacio del acuario está dispuesto en torno a tanque gigante que el visitante va rodeando, y según bajas de nivel te encuentras con la fauna que habitaría cada zona de océano o del mar. Desde los mamíferos como las nutrias arriba, hasta extraños peces abisales en el nivel inferior.
En la zona donde están los delfines o las focas a ciertas horas los cuidadores entran en los tanques para darles de comer y se convierten en el centro de atención de todos los visitantes, aunque seas mayor te sientes como un niño viendo como los animales juegan con las personas que les están dando de comer, hay un complicidad entre ellos increíble.
Un poco más adelante entramos en al Ártico y nos encontramos con los pingüinos, los más pequeño muy inquietos entrando y saliendo del agua. Pero ahí estaba el imponente pingüino rey, elegante e indiferente a todo lo que pasaba a su alrededor. Nada que ver con el resto de pingüinos que yo había visto hasta ese momento.
En el gran tanque central mientras se va bajando puedes disfrutar de tiburones y mantas nadando a su antojo ajenos a los boquiabiertos visitantes. La verdad es que es increíble tenerlos tan cerca. En las enormes peceras que hay alrededor de la rampa se ven desde peces tropicales a enormes y horribles cangrejos que parecen prehistóricos.
Ya hacia el final de la visita hay una gran sala muy oscura llena de pequeños tanques con medusas. Decenas de tipos diferentes, tanto en la forma como en el color.
Y una de las cosas más divertidas para el visitante es la piscina que hay justo antes del final de la visita, donde si previamente te lavas las manos puedes tocar pequeños tiburones y rayas que nadan en ella. Una delicia para niños… y grandes.
Hemos pasado horas en el Acuario de Osaka, hemos perdido casi la noción del tiempo, tanto que cuando salimos ha oscurecido y sigue lloviendo más aún que por la mañana. Por supuesto la idea de visitar el castillo queda descartada por el tiempo y por la hora, así que volvemos al metro para ir a cenar a la zona de Dötombori, donde además tenemos claro que iremos a un sitio que se llama Chibö para volver a comer okonomiyami.
Mientras intentamos hacer una foto de las luces de neón de Osaka, se nos acerca un grupo de estudiantes cargados con paragüas y gran cámara y me dicen que me quieren entrevistar. Hace un tiempo terrible, lluvia y mucho aire. Pero ellos están dispuestos a grabar su entrevista sea como sea. De modo que no me puedo negar y respondo a sus preguntas (una chica las hace en japonés y otra las traduce al inglés…) y consigo que se vayan encantados sabiendo que lo que más me gusta de Japón son ellos, los japoneses.
Después de cenar, intentamos pasear un poco por Osaka, pero es imposible con tanta lluvia y tanto charco. Lo mejor es volver al metro y regresar a Kioto. Es un viaje rápido.
Contar que cuando llegamos al hotel y pusimos la tele fue cuando nos enteramos que ese día había pasado sobre nosotros un tifón… y no lo supimos hasta que nos estuvimos tranquilos de vuelta en el hotel. Suponemos que no debió ser muy fuerte y que lo peor sin duda fue la lluvia que hubo durante todo el día.
12 de Octubre – Hiroshima
El viaje desde Kioto a Hiroshima es muy cómodo y lo hicimos en shinkansen, en el que tardamos dos horas en llegar de una ciudad a otra. Una vez en Hiroshima tuvimos que subir a un tranvía que nos llevó (junto a un montón de visitantes más) hasta el Parque de la Paz, donde se encuentran los principales puntos de interés de la ciudad, todos ellos relacionados con la explosión de la primera bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial.
Nada más entrar en el parque lo primero que vimos es la Cúpula de la Bomba Atómica, sin duda el recuerdo más desolador de lo que ocurrió aquel 6 de agosto de 1945. En aquel momento el edificio era el Pabellón de Fomento de la Industria, y todas las personas que había dentro murieron. Se decidió conservar el armazón tal y como quedó en homenaje, y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Cruzando el puente sobre el Motoyasu-gawa se llega al Parque de la Paz, en el que se pueden ver el Cenotafio y la Llama de la Paz, la cual no se apagará hasta que no haya desaparecido de la Tierra la última arma nuclear. También en esa zona están la Campaña de la Paz y el Monumento infantil de la Paz, homenaje a Sadako Sasaki, una niña que falleció como consecuencia de una leucemia provocada por los efectos de la bomba. Esta niña se propuso hacer mil grullas de papel convencida de que si las hacía se salvaría, pero no puedo acabar su proyecto. Fueron sus compañeros de clase quienes acabaron las que faltaban, y desde entonces continúa la tradición de hacer esas grullas.
Un poco más adelante se encuentra el Museo de la Paz, en el que cobran una entrada prácticamente simbólica de 50 yenes. Una vez dentro se pasa por toda la historia de aquel fatídico 6 de agosto de 1945, cuando a las 8:15 de la mañana la primera bomba atómica lanzada sobre una ciudad caía en Hiroshima. Hay maquetas y fotos de como era la ciudad y en que se convirtió. También hay algunos vídeos e incluso objetos personales, como ropas o relojes, e incluso las tarteras de niños que jamás regresaron a sus hogares. Todo es realmente sobrecogedor, y me llamó mucho la atención como los japoneses no se quitan responsabilidad ni culpan a nadie, ni tan siquiera entran en el juego de “pobrecitos nosotros, lo que nos hicieron”. Todo el museo es un llamamiento a la Paz y a que estos horrores no vuelvan a ocurrir. Por desgracia en el museo también hay que ver como los humanos hemos seguido creando armas aún más destructivas con el paso de los años. Ojalá llegue una generación para quien las guerras sean solamente parte de los libros de historia y de museos como este.
Volviendo sobre nuestros pasos cruzamos las vías del tranvía para caminar hasta el castillo de la ciudad. Quedó destruido totalmente por la bomba, y lo que se puede ver ahora es una reconstrucción. Se le conoce también como el castillo de la Carpa. Nosotros vimos el recinto solamente desde el exterior pues teníamos que continuar viaje hacia Miyajima, pero la verdad es que nos pareció un lugar agradable que estando en la ciudad bien merece la pena el pequeño paseo para contemplarlo.
Tenemos que regresar de nuevo a la parada del tranvía, el cual tenemos que coger hasta la parada del tren de la linea JR San-yö. Antes hacemos una parada para tomar un tentempie en uno de esos sitios japoneses donde coges la comida expuesta con unas pinzas, la depositas en un bandeja y cuando lo tienes todo pasas por caja. Ya sin hambre nos vamos en tren hasta el muelle desde el que sale el ferry de la compañía JR (no tenemos que pagar al tener el JR pass) que nos va a llevar a nuestro destino final del día: Miyajima.
12 de Octubre – Miyajima
Subimos en el ferry que hemos cogido en Hiroshima para llegar a la pequeña isla de Miyajima, que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El barco va hasta arriba de turistas y muchos esperamos emocionados en cubierta el momento en el que pasemos cerca del torii rojo del santuario principal de la isla. Es uno de los lugares más fotografiados de Japón, y con razón. Ver esa gran estructura de madera emerger del agua con su brillante color rojo merece más de un disparo de la cámara.
Una vez en la isla todos desembarcamos para dirigirnos en primer lugar a la pequeña bahía donde se encuentra el Itsukushima-jinja, el santuario al que pertenece el símbolo de Miyajima: el torii rojo que ya habíamos visto desde el ferry. Parejas, familias y grupos de amigos caminan por la zona esquivando a los atrevidos ciervos que no tienen ningún reparo en acercarse a cualquiera que sospechen que puede tener comida. Nosotros paramos una y otra vez a disfrutar de las vistas y contemplar como algunas piraguas pasan alrededor de la puerta del santuario, pues en ese momento la marea está muy alta.
La verdad es que uno no se cansa de pasear por la zona, el ambiente es alegre, todo el mundo parece tener ganas de pasarlo bien y nosotros nos somos menos. Rodeamos la bahía hasta el lado opuesto y bajamos a la zona de arena donde en ese momento no llega la marea. Hacemos algunas fotos más y disfrutamos del cielo azul y el sol que aún calienta.
Aún tenemos que encontrar nuestro alojamiento, el , que es uno de los ryokanes de la isla. Después de algunas vueltas damos con él, y es lo que imaginábamos: un casa tradicional como tantas que ya hemos visto en otros lugares de Japón. Sale a nuestro encuentro la dueña del establecimiento que nos atiende en un perfecto inglés (mucho mejor que el mio….), y nos invita a descalzarnos, pues dentro del ryokan solamente se puede caminar descalzo o con unas zapatillas que ellos te dejan. Nos lleva a nuestra habitación y nos enseña todas las instalaciones del lugar, entre las que hay una sala de estar en la parte superior. La habitación tiene aseo, pero no ducha, por lo que nos enseña donde podemos bañarnos o ducharnos. De nuevo un pequeño onsen del que tomamos buena nota para utilizar esa misma noche.
Instalados en nuestra habitación, llega la hora de salir a cenar. Se ha hecho de noche y Miyajima parece otra. Los turistas han desaparecido y la calma se ha adueñado del lugar. Con un plano en la mano que nos han dado en el ryokan vamos buscando los lugares que nos recomiendan, y terminamos en uno muy sencillo pero donde probamos una de las comidas más ricas que se pueda imaginas: el okonomiyami. Es un plato que admite cualquier cosa, como si fuera una pizza pero sin masa. También se podría decir que es algo así como una tortilla, pero tampoco es exactamente eso. Lo único que puede decir es que si vas a Japón, tienes que probarlo.
Con la tripa llena salimos rumbo al ryokan pero por supuesto haciendo una parada delante del torii sobre el agua y verlo iluminado. Es un lugar alucinante, da igual que sea de día o de noche, que hay más o menos agua. Siempre es bello y por desgracia no son muchos lo lugares de los que podemos decir eso. Al llegar al ryokan subimos para cambiarnos y bajar con la yukata al onsen. Nos damos un baño totalmente reparador, y dormimos estupendamente en nuestras camas sobre el suelo.
13 de Octubre
La noches en Miyajima ha sido tranquila, hemos dormido y además descansado, estamos como nuevos. Solamente nos falta desayunar para tener energía suficiente para patear Miyajima, así que en cuanto lo hacemos recogemos nuestras cosas y dejamos la mochila en recepción para pasar a por ella más tarde.
Por supuesto que lo primero que hacemos es ir a ver el torii flotante que nos muestra una imagen totalmente diferente a la del día anterior: la marea a bajado y podemos caminar hasta su base. Nos parecía que era temprano, pero vemos que no tanto como habíamos pensado, pues ya hay un montón de japoneses por la zona. Bajamos pisando sobre la arena mojada pero firme, y nos acercamos al que visto de cerca es un torii realmente enorme. Su color destaca sobre el cielo azul cuando miras hacia arribe. Es de esos lugares que uno no se cansa de mirar y me siento afortunada de haberlo podido conocerlo.
Después de mirar, tocar y rodear el torii de Miyajima, nos vamos de nuevo a la isla para visitar otros lugares. En primer lugar pasamos por un pequeño pero importante templo budista, el Daigan-ji, situado muy cerca del paseo que hay sobre la bahía. Sin ser nada excepcional resulta agradable por su banderas de colores y la cercanía al mar. Rodeamos a continuación el Itsukushima-jinja para llegar hasta el Senjö-kaku, un pabellón enorme y sin paredes que se eleva sobre una ladera de la isla y junto al cual hay una pagoda colorida de cinco alturas. Para entrar en el pabellón hay que pagar entrada y descalzarse, personalmente y después de haber entrado creo que no merece especialmente la pena.
Y ahora nos toca ascender al Monte Misen. Existe la opción de subir andando (mejor nos la saltamos), subir hasta casi la cima y bajar en teleférico (para los muy vagos) y la de subir en teleférico y descender andando (esta será la nuestra, ni mucho ni poco). Para llegar hasta la estación donde se coge el teleférico se puede utilizar el servicio de un mini bus, cerca de cuya parada está el lugar donde comprar los tickets para el transporte que nos subirá montaña arriba. Como el paseo no es muy largo pasamos del bus y decidimos adentranos en el bosque donde además nos encontramos con algunos ciervos. En pocos minutos llegamos al lugar donde coger el primero de los teleféricos que tendremos que utilizar, es de cabinas pequeñas, para unas seis personas y las vistas desde él son realmente preciosas. Aunque no tanto como las que tendremos cuando subamos en el siguiente teléferico (una cabina mucho más grande que la anterior, donde caben un puñado de personas de pie). Según ascendemos empezamos a divisar vistas del Mar de Aki que rodea la isla.
Una vez bajamos del teleférico y vamos ascendiendo las vistas son increíbles. Merece la pena sin lugar a dudas llegar hasta allí. Un mar de un intenso color azul salpicado de islas se muestra antes nosotros. Es una de esas vistas que unos es quedaría mirando sin esperar que pase nada, solamente por el placer de la contemplación.
En el mirador más cercano al lugar donde hemos bajado de nuestro transporte hay una serie de carteles con nombre de diferentes islas y encima un agujero por el que si miras localizarás exactamente la isla.
Aún tenemos que caminar unos 15 minutos para llegar a la cima del Misen, donde una vez más lo que vemos nos recompensa con creces el calor que estamos pasando. El mar azul nos sigue rodeando resplandeciente. Pasamos allí un rato, tomando fuerzas y disfrutando del lugar antes de comenzar el descenso.
Comenzamos a bajar, y de camino pasamos por un templo en el que encontramos a un montón de gente descansando (normal, es como para descansar la subidita que hemos tenido que hacer, no quiero ni pensar en el que sube andando desde el pueblo). A partir de ahí ya es todo bajada por un camino muy cómodo que discurre dentro del bosque. En algunos puntos se abre un claro con una vez más maravillosas vistas, y en otros aparece una señal que indica que hay algún templo o santuario. Nosotros no nos desviamos, encontramos por el camino gente que sube andando (valientes) y también algún pequeño ciervo que no sabe si confiar en nosotros o no. Cuando ya llevamos andando cerca de una hora vemos entre los árboles el famoso torii de Miyajima que a esa hora ya emerge de las aguas.
Antes de alcanzar el pueblo pasamos por el Daishö-in, un imponente templo construido en la ladera de la montaña. En sus escaleras hay muchos rodillos de oración y sus jardines están llenos de estatuas de pequeños monjes. Además hay una gruta con imágenes de 88 templos de peregrinación. Desde luego es la visita perfecta para acabar el descenso (aproximadamente hora y media hemos tardado) del Monte Misen.
Llegamos al pueblo y nos acercamos a un puesto de comida que vimos el día anterior y donde nos llamaron la atención unos pinchos de ostras que vendían. Nos compramos uno… y uf, está tan bueno que no podemos evitar repetir. En otro lugar compramos una de esa especie de galleta rellena de queso o chocolate que venden por todas partes en Japón. Creo que podría vivir de ese tipo de comida varios días, está bien bueno todo.
Y antes de marcharnos al ferry para regresar a Hiroshima y luego a Kioto nos despedimos del famoso torii de la isla de Miyajima.
El camino de vuelta es a la inversa que el día anterior, primero el ferry, luego un tren local hasta la estación central de Hiroshima, y desde allí un shinkansen a Kioto. Llegamos tarde y un poco cansados, así que comemos en un local cerca del hotel donde la cena como casi siempre en Japón está deliciosa.
Y a dormir en la nueva habitación del hotel, que tiene unas camas cómodas y llenas de almohadas. Felices sueños.
