Induruwa

Diario de viaje: de Galle a Induruwa

23 de Marzo – Induruwa, días de playa

Comenzó nuestro último día en Galle, nuestro último día de idas y venidas en Sri Lanka. Había llegado el momento del relax, y para ello nos íbamos a Induruwa, una de las playas de la coste oeste de la isla. Primero un buen desayuno con rica fruta y deliciosos zumos, luego recoger todas las cosas…. y a esperar un tuk tuk para ir a la estación de tren. Igual que el día anterior parecía que éramos los primeros en la calle, apenas veíamos gente y menos aún algún vehículo, y eso que el sol ya estaba calentando con ganas la ciudad. Finalmente pasó un tuk tuk ante nuestro hotel y nos dijo que nos llevaba por 150 rupias a la estación, aunque por el camino ofreció llevarnos hasta nuestro destino por 3000 rupias, pero yo no tenía ganas de pasar horas sin poder moverme encajada entre Arturo y el equipaje, así que declinamos su oferta y nos quedamos en la estación. Apenas había gente, apenas algún turista con su mochila y alguna familia cingalesa. Nos acercamos a comprar nuestros billetes y por 200 rupias cada uno montamos en el tren que nos iba a llevar derechos a nuestra playa.
Subimos a uno de los antiguos vagones, era segunda clase y por supuesto hacia calor dentro, el único medio de ventilación una vez en marcha sería el aire que entraría por las ventanas y los ventiladores del techo. Aún así y pese al calorazo estábamos animados y colocamos como pudimos las bolsas entre unos asientos y nosotros nos sentamos en la fila de atrás. No iba nadie más en el vagón así que tan felices por poder elegir asiento en ese tren que nos llevaría a Induruwa.

Induruwa
Durante el trayecto en tren la vegetación estaba siempre al borde de las ventanillas y entre ellas aparecían casas cada pocos metros. La velocidad no era mucho e hicimos muchas paradas en las que además tardábamos en volver a ponernos en marcha. En una de ellas, el maquinista pasó por nuestro vagón en busca de algún turista con ganas de conocer la locomotora que nos llevaba hacia el norte y al vernos nos preguntó. Yo le dije a Arturo que fuera él, claramente luego tendría que dar unas rupias a aquel hombre pero al menos podría ver algo a lo que raramente el viajero tiene acceso. Así que se fue con él y yo me quedé sola con nuestro equipaje viendo el paisaje desde mi asiento y agradeciendo que a pesar del calor que hacía el aire que entraba por la ventana resultara refrescante. Dos paradas después regresó Arturo a nuestro vagón y me dijo que no le había gustado mucho la experiencia, que había poco espacio, muy sucio (los hombres como veis también se fijan en esos detalles) y que los dos hombres que había en la máquina le preguntaban demasiadas cosas sobre dinero y lo que costaba cada cosa que llevaba. Mientras hablábamos vimos por la ventanillas al mismo hombre que se llevó a Arturo esta vez con una turista rumbo a la locomotora.
El tiempo pasaba y empezamos a distinguir el mar entre los cocoteros y en algunos casos vislumbramos incluso playas de arena dorada sin nadie en ellas. Supusimos que se acercaba nuestro destino y empezamos a prestar atención a los nombres de las paradas. Cuando vimos Maha Induruwa supimos que la siguiente era la nuestra y estábamos preparándonos para bajar del tren cuando vi por la ventana nuestro hotel. Me dio la sensación de estar tan cerca de la estación de Induruwa que le dije a Arturo que podíamos ir andando… pero claro, una cosa es lo que parece y otra la realidad, sobre todo cuando vas cargando con el equipaje. Realmente no caminamos muchos metros desde la estación de Induruwa, pero al tener que hacerlo por la calzada con coches que iban y venían no era un paseo nada agradable. Arturo protestaba y yo le decía que total tampoco había ningún tuk tuk allí así que mejor seguir andando y ya está. Igual fueron 300 metros, pero vaya 300 metros….
Entramos al hotel, el Whispering Palms , un lugar pequeño desde cuya entrada ya podíamos ver la playa que nos esperaba durante los siguientes cuatro días. Tras tres horas de viaje habíamos llegado al último lugar de Sri Lanka que íbamos a conocer. Llegaba el relax, el descanso, la lectura, los días sin horarios… y teníamos ganas de empezar cuanto antes. Queríamos ponernos el bañador, untarnos de bronceador y ponernos a no hacer nada. Así que en cuanto hicimos el check-in subimos a la habitación a sacar todo lo necesario de la maleta. Nos quedamos un poco decepcionados con la habitación, una simpleza para un hotel que se anunciaba de lujo. Eso sí, lo que eran de lujo eran las vistas del mar, de eso no había duda. Sentarse en la terraza mirando al mar era una delicia que pronto notamos que nublaba el constante ruido de la cercana carretera. Afortunadamente estando en la playa no se escucha nada, solamente el oleaje. Porque en cero coma estábamos cómodamente instalados en una tumbona bajo una sombrilla preparados para descansar, que al final es lo que nos habíamos ganado durante las palizas de los días anteriores… Es que la vida del viajero es muy dura y agotadora. Y no lo digo en broma.

Induruwa

 Durante ese día y los siguientes hicimos poca cosa. Nadar en un mar cálido, dejarnos llevar por las a veces grandes olas, disfrutar del sol, perseguir pájaros, caminar por la playa, tomar cervezas, contemplar las puestas de sol,…. Es decir, lo que normalmente se hace cuando uno pasa unos días junto al mar.InduruwaDe Induruwa sin duda destacar la tranquilidad de la playa, a pesar de haber varios pequeños hoteles en primera linea (y única) de playa, en marzo había poca gente, podías recorrer la playa entera y no encontrarte con más de 10 persona. También había algún pequeño restaurante donde tomar un delicioso zumo y una tienda escondida entre la vegetación donde comprar alguna camiseta o pareo. Fue precisamente el dueño de esta tienda el que con su tuk tuk nos llevaría hasta Bentota el día de nuestra partida, pero eso es una historia que merece su propio post.
Todo lo que hicimos esos días fue disfrutar de desayunos con vistas al océano, tumbarnos bajo los cocoteros con un libro y descansar. Fuimos repasando el viaje, recordando todo lo que habíamos vivido mientras recorríamos parte de Sri Lanka, haciendo recuento de los lugares visitados y decidiendo cuales nos habían gustado más y cuales nos parecían prescindibles….
Y así pasaron los cuatro días que estuvimos en Induruwa, entre siestas y cervezas, alguna decepción con temas del hotel y muchos paseos. Pasábamos el día frente al mar esperando la temprana puesta de sol, esa que nunca nos dejó un sol que se hundía en las aguas. Supusimos que debía haber en el horizonte algunas nubes que nos privaban cada tarde de esa imagen.
Aún así pudimos contemplar como la inmensidad del Indico cambiaba de color a última hora del día, esa que anunciaba la hora de una buena ducha para irse a cenar.

Induruwa
Nuestro último día en el hotel tuvimos que dejar vacía la habitación a las doce, pero pudimos estar en el hotel sin problema pues no íbamos a salir hacia Negombo hasta las siete de la tarde. Nos prometieron un lugar para ducharnos y cambiarnos al final del día, y ese lugar resultaron ser unos baños a los que podían entrar clientes y personal del hotel, con las duchas atascadas y en el que tan siquiera tuvieron la delicadeza de dejarnos un poco de gel. A mi sinceramente después de ver como se comportaban dueños y empleados del hotel no me sorprendió nada, me duché como pude y andando, no quería acabar mal el viaje… aunque como podréis descubrir en el próximo post no pude evitar despedirme de Sri Lanka con mal sabor de boca.

Y así fue nuestro viaje por tierras de la antigua Ceilán, un cúmulo de experiencias y descubrimientos que al fin y al cabo es para lo que viajamos, para aprender y saciar la curiosidad de ver que hay y como se vive en otros lugares de este mundo.

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